Dislexia: Pilar Inmortal

Todos usamos pilares para soportar las cargas de la vida. Yo, en particular, tuve un pilar, quizá el mejor que haya tenido nunca. Hasta la fecha, no he encontrado uno tan sólido como aquel.

El vientre de una mujer, la cuna del mundo, es, sin lugar a dudas, uno de los mejores pilares que existen. Para mí, no hay nada más sagrado que apoyar mi cabeza en él. Es algo místico, difícil de describir con palabras. Un reencuentro con el origen de todo en el turbulento mar de la vida. Es un estado de Zen transitorio que me sume en la más absoluta y honesta aceptación de mí mismo. El sosiego que emana de esa acción no tiene parangón. En mi caso, está relacionado con el afecto fraternal e incondicional, consecuencia del amor puro.

Si en ese acto de ternura me conceden el privilegio de estrechar mis brazos alrededor de la cintura de la portadora del pilar, las olas belicosas y el viento atronador suenan en mis oídos como el gorgoteo de un arroyuelo y el soplo de una brisa. Sellar la culminación de este ritual con dicho enlace forja el ancla perfecta que solidifica los cimientos del pilar. Asegura una zona segura, una posición de fuerza, un lugar de recogimiento que nada ni nadie puede franquear.

En los días en los que el alma es minada por tempestades y los espíritus del pasado se hacen fuertes con los temores de la inseguridad, puedo sacar fuerza de la flaqueza. Sé que mi corazón se siente fuerte y dispuesto a aplacar cualquier contratiempo con dignidad.

Gracias a ello, cuando algún recuerdo persiste en salir a flote, a pesar de haberlo encadenado a un lastre que generalmente lo mantiene preso en las profundidades del olvido, y toca a mi puerta sin previo aviso, puedo exorcizarlo con cierto grado de indiferencia. Lo relego al lugar que le corresponde, en el pasado, mientras me aferro al presente, el mejor de los refugios. Cumplo así con mi afán de aligerar la carga para viajar siempre ligero de equipaje.

Para llevar a cabo estos menesteres, uno debe poseer un pilar sólido y perdurable en el tiempo. En mi caso, el referente me traslada a mi infancia, pues el legado proviene de mi bisabuela. Ella era una persona muy mayor que apenas podía andar. Se desplazaba por la casa con lentitud, apoyándose en las paredes y los muebles. Aun así, todos los días se levantaba temprano, dispuesta a ayudar en las tareas domésticas.

Su único pasatiempo era tumbarse en la cama a oír la radionovela de la tarde en un viejo transistor. Mis hermanos y yo nos sentábamos a los pies de su cama a hacerle compañía. A veces con algún entretenimiento, y otras, simplemente, nos tumbábamos a su lado para disfrutar del sosiego que nos reportaba su presencia. Poco sé de ella, salvo que vivió tiempos difíciles, que tuvo una docena de hijos y que poseyó varias tierras de cultivo, ganadas tras una vida de duro trabajo agrícola. Como bisabuela, nunca nos negó unos minutos de cariño, y eso es lo único que cuenta.

Cuando entraba en su habitación, desmoralizado tras un día de colegio, todo cambiaba de color. Ella era la reina de la luz, la portadora del don de la renovación. Solo tenía que tumbarme a su lado y apoyar mi cabeza en su vientre para ser rescatado del reino de la oscuridad. Siempre disponible, siempre sonriente, siempre llena de amor incondicional. El pilar más sólido con el que me he cruzado jamás. Fuerte como un roble milenario, transpirando sabiduría por cada uno de sus poros. Esa sabiduría que no se aprende en los libros, que solo se obtiene tras plantarle cara a la adversidad durante toda una vida. Una sabiduría que transmitía con miradas, ya que hablaba poco. Pero, como dice el refrán: “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. Y yo, con solo mirarla, siempre sabía lo que me quería decir.

En la casa familiar convivíamos cuatro generaciones: mi bisabuela, matriarca del clan, a la que todos obedecían sin rechistar; mi abuela materna y dos de sus hermanos; mis padres; mis hermanos y yo. Sin embargo, todos los adultos solían estar ausentes por trabajo, salvo mi madre y mi bisabuela, que se hacían cargo de nosotros. Había días en los que incluso mi madre también se debía ausentar, dejándonos bajo la tutela de la bisabuela.

Uno de esos días, estando yo jugando en mi habitación, oí un impacto seco, seguido de un silencio hueco. El miedo y la curiosidad infantil me impulsaron a indagar el origen de dicho estrépito. Con un nudo en el pecho y la cabeza llena de fantasías, me desplacé por la casa, sigiloso y receptivo. Al pasar por la habitación de mi bisabuela, la hallé caída, bocarriba, en el suelo, con la mirada extraviada y agitando sus arrugados y encogidos brazos. Como una tortuguilla volteada, reclamando volver a su posición normal. El shock que me produjo ver al pilar de mi vida ahí, dolorosamente caído junto a su cama, dejando escapar unos gemidos de dolor, me paralizó unos segundos antes de lanzarme a ayudarla.

Intenté levantarla, pero fue en vano. Mi escasa fuerza, edad y estatura jugaban en mi contra. Ella, comprensiva, sin perder la chispa de ternura que emanaba de sus ojos claros, me alentó a que fuera a buscar a mi hermano, dos años mayor que yo, que jugaba con sus amigos en el jardín. Hice lo más rápido que pude, pero cuando llegué ante él, estaba tan nervioso que apenas pude gesticular palabra. Mi hermano y sus amigos, encogiéndose de hombros, continuaron con sus juegos. Desesperado, los di por imposibles y regresé solo y abatido ante mi bisabuela.

Abrumado por la impotencia, me vi tentado a rendirme, pero mi bisabuela no lo hizo. Sin dejar de sonreírme, extendió el brazo hacia mí y supe lo que debía hacer. Sujeté su brazo con mis dos manos y tiré de él con todas mis fuerzas. Ella, apoyando su otro brazo en el suelo, unió su esfuerzo al mío, y juntos conseguimos que se incorporase, quedando sentada en el suelo con la espalda apoyada en su cama. En ese momento de gloria, vi con claridad la magnitud de la fuerza que anidaba en ese pilar, y mi admiración por ella no tuvo límites.

Tras recuperar el aliento, me volvió a mirar y, con un guiño, dejó claro que había que acabar lo que habíamos empezado. Apoyó uno de sus brazos en la cama y el otro en mi hombro, e hizo un último esfuerzo para incorporarse. Aunque yo me tambaleaba por su peso, me mantuve firme. Aguanté hasta que consiguió tumbarse en su lecho. Acto seguido, con una caricia en mi mejilla y un breve “gracias, mi niño”, me despidió, ansiosa por reposar y recuperar las fuerzas.

El resto de la historia se ha desdibujado con los años. Probablemente, porque no me impresionaron del mismo modo. En mi memoria hay un fragmento de cuando llegaron mis padres y les conté lo sucedido. También recuerdo la presencia de un doctor en casa. Pero nada más, la tarde transcurrió sin novedad.

Llegada la noche, siguiendo la rutina que mantenía el orden de mi pequeño universo en perfecta armonía, salí de mi habitación rumbo a la de mi bisabuela, dispuesto a tumbarme en su cama a hacerle compañía. Pero al atravesar la entrada de su habitación, algo me detuvo. No sé qué era, pero la atmósfera no era la misma. Sentí frío, sin que hiciera frío. La bisabuela seguía tumbada, no obstante, de alguna forma, no estaba ahí. Retrocedí y corrí en busca de mis padres.

Efectivamente, como habréis deducido, mi bisabuela había muerto, privándome de uno de los pilares que sostenían mi pequeño universo, y dejándome el amargo sabor de no haber hecho lo suficiente. Si me hubiese expresado mejor, si hubiese estado más pendiente, si hubiese sido más grande, más rápido, más fuerte, quizá…

A nadie se le ocurrió preguntarme cómo me sentía. Mi entorno no se regía por la psicología, sino por la resignación, la fe y el sacrificio que dictaminan la doctrina cristiana. Ya saben, “Los designios del Señor son incuestionables”. Tuve que tragarme mi dolor durante muchos años hasta asumir que no estaba en mi mano hacer más de lo que hice.

Toparse con la muerte a una edad temprana te transforma. Comienzas a ver la vida de otro modo y maduras antes de tiempo. Indudablemente, somos lo que las vivencias hacen de nosotros. Cuanto más intentamos librarnos de ellas, más nos adherimos a su entramado de acontecimientos. Somos conscientes de que, paradójicamente, solo la muerte puede liberarnos de esa red.

Mi bisabuela fue una gran mujer. Aunque no fuera su intención, con su ejemplo me otorgó el mejor de los legados: no rendirme jamás ante la adversidad. Ella no lo hizo ni siquiera a las puertas de la muerte. Logró así permanecer en mi memoria.

Asentó en mi alma una base sólida y duradera, sobre la que he erigido los pilares que sostienen todo mi universo. También apoyan a mi pequeña prole. Hasta que, llegado el momento, ellos sepan quedarse con lo mejor del mío para erigir el suyo propio.

Procesando…
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La Pérdida

Aquella madrugada fue como ninguna otra para él. El peso de la preocupación parecía aplastarlo al despertar cansado y confundido. Su mente aún aturdida por la noche anterior, en la que la desaparición de algo tan preciado para él lo había mantenido en vela. Se sentó en el borde de la cama, intentando ordenar sus pensamientos y recordar dónde había dejado aquello que tanto valoraba. Sabía lo que le faltaba, pero la ubicación exacta se le escapaba de la mente como agua entre los dedos. Con la tenue luz de la mesita de noche iluminando la habitación, comenzó su desesperada búsqueda. 

Registró los cajones de la mesita una y otra vez, sin encontrar ni el más mínimo rastro. Miró debajo de la cama, revisó cada rincón de la habitación, escudriñó en el interior del armario, pero su tesoro seguía fuera de su alcance. La ansiedad comenzaba a dominarlo, hasta que un pensamiento le iluminó la mente: quizás su preciado objeto no era material, sino algo mucho más valioso y abstracto. 

Decidió entonces explorar cada rincón de la estancia en busca no de un objeto físico, sino de un sentimiento. Fue en ese momento cuando el ruido de su búsqueda despertó a su pareja, que con sorpresa y fastidio le interrogó: “¿Qué demonios has perdido esta vez?”. Él, con calma y una pizca de humor, respondió: “Tu cariño. He extraviado tu cariño. ¿Se te ocurre dónde podría estar?”. 

La mirada de su pareja cambió instantáneamente, del desconcierto a la complicidad. Ambos entendieron que lo que buscaban no estaba a la vista, sino en lo más profundo de sus corazones. Juntos, comenzaron a rebuscar en cada recoveco de la habitación, no en busca de un objeto material, sino de un sentimiento tan fundamental como el amor que compartían. Y así, entre risas y abrazos, encontraron la verdadera riqueza que había estado perdida por un breve instante en la oscuridad de la noche.

Procesando…
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Dislexia: Vencer Estigmas

En este universo de mareas incontrolables, nos movemos en trayectos cortos para no perder el rumbo. Caminar sobre estas aguas no es tarea fácil. Sumido en la oscuridad es fácil confundir la derecha con la izquierda.

Sin embargo, no tengo reparos en lanzarme a la aventura de divagar con estas bitácoras. Estos secretos a gritos y estas confidencias entre bloguero y lector están llenos de verdades incómodas que pueden gustar o no, según se interpreten.

Admito que en mis entradas sobre dislexia recalco en exceso la cuestión de que, a los disléxicos, se nos considere estúpidos por no recordar datos superfluos. Esto no nos impide asimilar los conocimientos, pero sí retener las palabras adecuadas para transmitirlos a otras personas. Que se nos considere poco inteligentes, por ello, nos causa mucho daño.

Este injusto y constante bombardeo a nuestra autoestima es algo con lo que lidiamos todos los días, a veces con más fortuna que otras. Es nuestro pan de cada día, el talón de Aquiles que nos hace vulnerables ante los depredadores sociales. Es el fantasma del pasado que nos sigue a todas partes. El perro negro de la OMS que nos arrastra a la depresión encubierta.

Nos empuja a lucir la agotadora máscara de individuos inofensivos y simpáticos. A quienes no se tiene en cuenta por sus torpezas, pero se tolera por su simpatía. Aprender a combatir estos sentimientos no es fácil, lo sé. Pero si queremos sobrevivir en el diseño social contemporáneo, debemos aprender a ser fuertes y canalizar toda nuestra energía en las cosas que se nos dan bien.

Sé que más que una cura, es un parche que nos permite seguir adelante con cierta dignidad. Mientras no haya nada mejor, tendremos que aferrarnos a eso como a un clavo ardiendo. Porque, como he dicho, es lo único que nos queda.

Los disléxicos nos manejamos como pez en el agua en las distancias cortas. Un hola, un adiós, unas bromas ligeras y, sutilmente cortantes, continuamos nuestra marcha. No vamos de “protagonistas” ni nos dejamos avasallar. Todo está calculado de forma innata. Supongo que por nuestras experiencias pasadas.

Sin embargo, esa máscara o coraza protectora no es fácil de mantener. Basta con que empiecen a conocernos mejor para que la protección no se sostenga y caiga por su propio peso. Después de un tiempo, los que interactúan con nosotros empiezan a percatarse de nuestras debilidades. En menos de lo que canta un gallo, nos pierden todo el respeto que nos pudieran haber tenido.

No es lo mismo decir que “Cristóbal Colón descubrió América con la Niña, la Pinta y la Santa María”, que decir “Un señor descubrió un país con tres barcos”. La información sesgada es incómoda hasta para mí, que soy disléxico. Es por ello que la mayoría tiende a admirar a los individuos que hablan con claridad, seguridad y contundencia. Aunque, a la hora de la verdad, algunos no tengan ni idea de lo que están diciendo.

Pero eso es irrelevante. Lo que cuenta es que no haya fisuras que fragmenten la idea principal del mensaje. Es una ardua tarea para individuos como nosotros. No digo que no seamos capaces de cumplir con las expectativas, pero nos requiere un esfuerzo tal que desanima intentarlo solo con pensarlo. Y es ahí cuando surge en los demás la impresión de que somos vagos.

¿Pero qué es un vago? Según el diccionario, un vago es una persona que tiene poca disposición para hacer algo que requiere esfuerzo o constituye una obligación, especialmente trabajar. Yo no me veo como una persona con poca disposición para el esfuerzo. Al contrario, más bien soy una persona que debe esforzarse el doble para obtener lo que una persona supuestamente normal conseguiría sin esfuerzo. Lo cual es frustrante.

Hasta ellos, cuando no se les compensa en proporción a sus esfuerzos, se sienten frustrados.

A veces, hay quien me felicita por haber superado la dislexia. Eso me deja desconcertado, aunque sepa que lo dicen de buena fe.

Una cosa es superar los daños psicológicos o físicos, en algunos casos, infligidos por haber nacido disléxico, y otra cosa, es superar la dislexia. La dislexia no se supera, se aprende a vivir con ella, compensando en la medida de lo posible sus deficiencias con sus virtudes.

Esto lo digo plenamente convencido de que la dislexia en sí no es un problema. Tampoco lo es la persona que la padece. Los problemas los crean las personas de su entorno que no aceptan ni entienden lo que ellos son. Personas que les obligan a ver el mundo de un modo que no comprenden. A memorizar cosas que les cuesta recordar. Que les ignoran cuando intentan explicarles por qué no pueden cumplir con lo que se espera de ellos. Que los encasillan como “estúpidos”, “vagos” o “tontos”.

Apelativos que oirán siempre a lo largo de sus vidas, desde que nacen hasta que mueren. Porque, lamentablemente, siempre habrá alguien incapaz de empatizar con ellos. En mi caso, es raro el día que alguien no se dirija a mí con uno de esos apelativos. De hecho, ya ni los escucho. Me entran por un oído y me salen por el otro. ¿Qué voy a hacer? ¿Entrar en guerra contra el mundo? No vale la pena.

“La dislexia es un mito, una falacia, una excusa para no rendir, para no trabajar, para no hacer nada…” Son eternas opiniones formuladas sin conocimiento de causa. Sin un fundamento lógico respaldado por el estudio de un especialista. Estas opiniones penetran como dagas en nuestros corazones y destruyen, sin compasión, a las personas que podríamos haber sido. Esas cosas son las que te destrozan por dentro. Y sus secuelas, por muy buena disposición que uno tenga, son de por vida.

Todavía sigo peleando con la idea de no ser útil. Me enseñaron esa lección a golpes. No hay terapia que lo arregle, a menos que me golpee la cabeza contra el retrete, descubra el “Condensador de Fluzo”, robe la cantidad adecuada de plutonio para generar 1000 megavatios de potencia y lo introduzca en el depósito de un DeLorean adaptado para viajar en el tiempo. Tal vez así podría cambiar mi pasado y hacer que las cosas fueran diferentes ahora.

Cosa que no va a pasar. Lo sucedido, sucedido está. Sea el caso que sea, hemos de aprender a vivir con ello. Así es la vida. Nuestra forma de ser es la consecuencia de nuestras vivencias. Yo he superado el daño que me hicieron. Puedo mirar al pasado y hacerle frente sin temor, pero eso no cambia lo que soy.

He de confesar que constantemente pienso en tirar la toalla y abandonar este viaje a ninguna parte. Pero siempre surgen, de los recovecos menos esperados, personas encantadoras que, sin pretenderlo, me contagian con sus esperanzas y reavivan la extinta llama de mi antorcha.

Hacen que este navegante emerja de las profundidades del mar de la vida para encaminarse hacia los destellos de las puestas de sol. Sé que mirar directamente a esa luz me puede cegar, impidiéndome ver la realidad, pero es tan hermosa. A mi modo de ver, los sueños siempre resultan ser más bonitos que la realidad.

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Dislexia: Así Me Veo Yo

Siempre he sido un hombre de principios. No hago a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí. Desde que yo recuerde, mi nivel de empatía con los demás ha sido muy alto. No puedo evitar sentir alegría por los triunfos ajenos y tristeza por sus fracasos. He de hacer un gran esfuerzo para no sumergirme en ese océano de emociones que fluyen a mi alrededor.

Dicho esto, se sobreentiende que, a mí, me importan las personas, y en cierto modo, eso me vuelve vulnerable, ya que mi predisposición a pensar que todo el mundo es bueno me ha acarreado muchas dolorosas decepciones. De cara a los demás, he construido una coraza para protegerme del influjo del citado océano de emociones, pero, tras la susodicha, tonto de mí, no escarmiento. Es como si una parte de mi persona cogiese esas malas experiencias y las lanzase al cajón del olvido, por lo cual caigo una y otra vez en esa coyuntura tan poco favorable. Qué más puedo hacer si soy un ser emocional hasta el punto de rayar en lo patético. Mi corazón siempre predominará sobre mi razón.

La honestidad es la característica que mejor me define. Soy honesto conmigo mismo, y en consecuencia, con los demás. No tengo miedo a expresar mis sentimientos ni a hablar abiertamente de las cosas. Eso incomoda a muchas personas, más por lo que ellas llevan dentro que por lo que yo pueda decir. Pero bueno, es como soy y no tengo intención de cambiar. Ir con la verdad por delante mantiene mi conciencia tranquila.

Sociable por naturaleza, hablo con cualquiera sin el más mínimo reparo. Como he dicho, no tengo miedo a expresarme ni sufro de trastorno de ansiedad social o fobia social. Me gusta comunicarme, interactuar con otras personas. Sin embargo, adoro la soledad, abrazar su silencio, aislarme del mundo, porque el ruido me impide pensar con claridad. Necesito esos momentos de recogimiento para reorganizar mis pensamientos, mis ideas, el caos que anida en mi desequilibrado universo interior.

Las personas con dislexia somos así. Requerimos de un tiempo muerto para unir todas las partes del puzle de nuestra vida. Entender qué nos está pasando, el cómo, el cuándo, el dónde, el porqué. Aunque no siempre lo consigamos. Lo normal es que nos falten algunas piezas del rompecabezas. Y allí donde todos lo ven claro, nosotros no terminamos de entender. No porque seamos menos listos que los demás, sino porque en el atajo que toma la información en nuestras cabezas hay muchos cabos sueltos que nos impiden ver las cosas como son. Es así y así siempre será. Nada puede hacer cambiar eso. El que nace con una condición, sea del tipo que sea, ha de apoquinar con ella de por vida.

Me acepto como soy sin complejos. Juego con la ironía para reírme de mí mismo. Aunque, a la hora de expresarme por escrito o por medio de una canción, doy la sensación de que soy un ser oscuro, sombrío. No es así, en absoluto. Me recompongo con facilidad. Tengo una tendencia irrefrenable a ser feliz, y, pase lo que pase, siempre termino bromeando y quitándole hierro a las malas experiencias.

Vivo reinventándome porque es la única forma de recomponerse cuando todo se desmorona. Es algo que aprendí a hacer en la niñez y no he dejado de practicarlo desde entonces. Me cura en salud, prolonga mi bienestar, equilibra mi balanza emocional. Porque cargar con las cosas rotas es corrosivo. Hay que viajar ligero de equipaje. Soltar lastre para no hundirnos. Aprovecho cada cosa que escribo o canción que compongo para colar esas cosillas que me carcomen por dentro. Transformando lo impuro en puro. Creando algo bello, de algo oscuro. Ya que, con la mente saneada, la vida se extiende más allá del alma.

No sé qué más te puedo contar, ni sé qué es lo que verás tú en mí, pero sí sé, sin miedo a equivocarme, que lo que he expresado aquí, por escrito, es con toda honestidad como me veo yo.

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Allí Donde Nacen Los Sueños 18.º

Capítulo 18

El Pacto

De súbito, la fría y silenciosa oscuridad es rasgada por la apertura de una brecha de la que surge una criatura Súmmum. Esta da unos pasos hacia delante mientras la lumínica brecha se cierra tras de sí, quedando únicamente su forma albina, contrastando con la nada absoluta y opaca del plano de esta realidad.

Acto seguido, escruta el lugar. Luego, extiende sus brazos y, con las palmas de sus manos, tantea el espacio que le rodea, deteniéndose en un punto concreto. Clava sus dedos en la nada y tira de ella como quien abre una ventana de par en par, se introduce de cintura para arriba en el interior de la nueva apertura y aguarda unos instantes hasta localizar y acceder sin demora a los sueños de algún incauto durmiente, con la imperiosa necesidad de nutrirse de ellos.

—¡Oh, sí! —farfulla mientras se alimenta.

En el proceso, su cuerpo emite una luz cegadora, delatando su ubicación a modo de estrella centelleante en el nocturno firmamento.

Tras este llamativo personaje, se abre otro portal del que se cuela cautelosa una Melífera. Esta, aprovechando la situación, se le acerca sigilosa por detrás con sus poderosas garras retráctiles preparadas para el ataque. Pero el Súmmum, sin inmutarse, la amonesta:

—Alfa, a estas alturas deberías saber que es imposible sorprender a quien te puede leer el pensamiento.

Alfa sonríe con malicia mientras le pregunta:

—¿Y qué lees en mi mente, Jardinero?

La criatura albina, una vez saciada, cierra la apertura que abrió en el plano de esta realidad y se da la vuelta, encarando con firmeza a la Melífera:

—Tu imperiosa necesidad de matarme.

—Ja, ja, ja… —ríe con descaro la bella criatura de cabellos verdes y luego añade—: No hace falta leer mi mente para saber eso.

El Súmmum, que carece de sentido del humor, guarda silencio unos segundos y luego la interroga:

—¿Por qué estás aquí?

—Mi Reina Madre reclama tu presencia —responde Alfa, invitándole a entrar en un acceso al Portal del Espacio.

Sin embargo, la criatura albina, alzando bien alta la cabeza, pasa por delante de ella con aires de superioridad, rehusando la invitación mientras comenta con satisfacción:

—Sabía que tarde o temprano me llamaría.

Luego, abre su propio portal y se dispone a entrar en él, pero Alfa le interrumpe gritando su nombre. Este, contrariado, se vuelve hacia ella, mientras la traviesa Melífera, veloz como un rayo, se lanza contra su pecho, penetrando en la materia que lo forma, sin darle tiempo a reaccionar.

—¡Odio que haga eso! —rechista el Jardinero antes de desaparecer saltando al interior de su portal.

Lejos del reino de la oscuridad, la Reina Madre, sentada en el borde de uno de los citados portales, disfruta relajada de sus nuevas capacidades adquiridas gracias al voraz avance de la Brecha. Poder disfrutar de unos segundos de libertad, dando unos pasos fuera de cada portal para sentir en vivo el soplo de la brisa, el alegre revoloteo de sus hijas recolectando néctar o la refrescante humedad que habita en la atmósfera de su colorido vergel, es, sin lugar a dudas, un sueño largamente anhelado hecho realidad.

Embriagada por la dicha, no puede dejar de sonreír y observa a sus atareadas hijas cumplir con sus funciones cotidianas. Sutil y bella estampa que la transporta a un pasado glorioso de alegres momentos junto a su extinta especie original y, a la vez, le hace reprocharse el haberse dejado engañar por el Súmmum apodado el Jardinero.

—Nunca debí aceptar su propuesta —se dice a sí misma mientras observa la piel de sus brazos.

Una piel que una vez fue negra azabache y que ahora es blanca como el marfil. El largo drenaje de luz al que la miserable criatura albina la ha sometido durante su interminable cautiverio la ha ido debilitando hasta casi consumirla, pero aún no está acabada. Es una Melífera y nadie atenta contra ella sin sufrir las consecuencias.

La Reina, inmersa en el sosiego del disfrute de su paraíso, percibe un destello tras ella, pero permanece impasible, aun sabiendo que proviene de la apertura de un Portal. Espera unos instantes, sonríe y, sin dejar de mirar al horizonte, saluda a su visitante:

—Hola, Ébano. ¿Qué te trae por aquí, pequeña mía?

—He atravesado el portal del tiempo porque necesitaba verte por última vez, Madre.

—Lo sé, mi vida, el punto de inflexión está cerca. Todo saldrá bien. Déjame decirte que encontrarte ha sido lo mejor que me ha pasado en este indescriptible lugar. Gracias a tu perseverancia por recuperar a tu madre biológica, hemos hecho grandes progresos juntas. Ten presente que te estaré eternamente agradecida, mi brillante alumna, por haber sido capaz de descifrar los entresijos de los Doce Portales para mí.

—Soy yo la que te estará eternamente agradecida. Me acogiste como a una hija y le diste un sentido a mi existencia en el Nexus con tu propósito, dándome esperanza cuando lo creía todo perdido. Ahora, he de volver a mi línea de tiempo. Te recordaré siempre, Madre.

—Y yo a ti, mi pequeña alegría.

Finalizada la emotiva despedida, Ébano retorna al Portal del Tiempo, no sin antes darse la vuelta para mirar con detenimiento el bello rostro de la que ha sido su madre durante más tiempo del que puede recordar.

Por su parte, la Reina Madre, tras verla desaparecer, da por terminado su descanso, se pone en pie con determinación y retrocede unos pasos de vuelta al interior de su cúpula.

Al segundo de acomodarse en ella, su estimada hija Alfa y el despreciable Súmmum hacen acto de presencia, cada uno a través de su propio portal, pero igualmente sincronizados en el tiempo.

—Para ser enemigo de la Oscuridad, te desplazas con suma comodidad por su reino —le comenta con sarcasmo la Reina al Súmmum.

Pero este, ignorando sus palabras, aborda sin preámbulos la cuestión que le interesa:

—¿Al final has decidido ayudarme con la descarriada de tu hija Ébano?

—Es posible, pero antes háblame de la otra Madre —responde la Reina con amabilidad, haciéndole un guiño a su hija Alfa.

—¿En serio? Tu ansia de adquirir conocimiento me conmueve. Resulta de lo más halagador —deja escapar el Súmmum gratamente complacido, porque no hay cosa que le guste más que hablar de sus experiencias.

—Ve al grano antes de que me arrepienta de habértelo pedido —le advierte la Reina con tono aburrido.

—Un educador, que se precie de serlo, abordaría el tema empezando por los orígenes. Así pues, has de saber que este no es el único Nexus que existe. No me llaman el Jardinero en vano. He plantado infinidad de ellos en mi larga existencia. Unos han sido más prósperos que otros, pero ninguno tan longevo y estable como el tuyo. No obstante, he de decir que tiempo atrás hubo otro igualmente grandioso. Un Nexus surgido sin mi sabia intervención en el albor de los tiempos, acogiendo en su seno, una vasta variedad de especies, tanto vegetales como animales, de una belleza sin parangón. Era el edén que todo ser anhela. Sin embargo, un buen día se apagó, dando fin a todo. La pérdida de ese paraíso se generó del modo menos insospechado. Déjenme que les cuente. En esos tiempos, yo era una criatura Súmmum muy básica…

—Pues no parece que hayas mejorado mucho desde entonces —interrumpe Alfa burlona.

El Jardinero la amonesta con la mirada sin detener su relato.

—Movido por mi instinto natural de búsqueda de nutrientes, me introduje en el citado Nexus, yendo a parar a una sala capitular con un extraño altar ubicado bajo unas laboriosas y coloridas vidrieras. Desorientado, en un principio, paseé por él maravillado por las formas y los tonos del lugar. Me detuve bajo los coloridos rayos de luz que se proyectaban en el suelo desde las citadas vidrieras y sacié mi voraz apetito con ellos. Embriagado con el placer del festín, continué examinando el lugar hasta distinguir, en un momento dado, una presencia que se hallaba atrapada en el interior de una esfera transparente que parecía brillar con luz propia.

Esta, tumbada en posición fetal en el suelo de la misma, hacía entrever que el espíritu de la tristeza había hecho mella en ella y la estaba consumiendo. Aun así, la magnitud de su poder se percibía sin esfuerzo. Era una Diosa. Era lo más bello y poderoso que jamás había visto. Su maravillosa piel albina, la magia del momento y la desolación que emanaba de la misma, dieron lugar a que la compasión se asentara en mí y me empujara a consolarla. Así pues, sacando partido de mis cualidades, entré en la cúpula y la abracé con toda la ternura de la que fui capaz.

—¿¡Ternura!? ¿¡Pero qué estás diciendo!? ¿¡Intentas hacernos creer que tienes sentimientos!? —vuelve a interrumpir Alfa incrédula.

Esta vez, la Reina Madre es quien le pide que mantenga la calma. Mientras tanto, la criatura Súmmum, armándose de paciencia, continúa:

—Aquel gesto desinteresado fue acogido con inmensa gratitud, ya que hacía eones que nadie la tocaba. Permanecimos enlazados durante largo rato en un arrullo reconfortante que no parecía tener fin. Yo jugaba a hacer tirabuzones con un mechón de sus largos cabellos entre mis pálidos dedos, y ella apoyaba su cabeza en mi hombro, cerrando los brazos en torno a mí, oprimiendo su torso desnudo contra el mío. Intensas emociones, largo tiempo olvidadas, reavivaron en ella un torbellino de destellos de una vida anterior llena de gozo y libertad. Bellos momentos perdidos en el tiempo que apenas podía recrear. Como acuarelas empapadas por la lluvia, diluyéndose sin dejar la más leve ensoñación.

Volcada en aquel abrazo de intimidad absoluta, lo único que importaba era el momento en sí. Solo se atrevió a romper el silencio para decirme en un susurro: —Sácame de aquí… —Y sin dudarlo, así lo hice.

—Una historia conmovedora, pero ¿qué tiene que ver con la entidad Madre? —interviene la Reina.

—Ten paciencia, todo está relacionado —responde el Jardinero y prosigue—: Sacarla del Nexus fue lo peor que podía haber hecho. Aquel ser celestial se desvaneció en mis brazos en cuanto salimos de la cúpula. Fue instantáneo. No pude hacer nada para impedirlo.

Sentí que me quebraba por dentro. Nunca había experimentado un dolor así. Acto seguido, el Nexus se apagó, extinguiendo toda forma de vida. Hecho que hizo que me sintiera peor aún, si cabe, por haber destruido todo lo bello que habitaba en él. Superado por los acontecimientos, me ahogaba la imperiosa necesidad de apaciguar el exceso de emociones que se agolpaban en mí, por lo que probé a dejarlo todo como estaba. Volví al interior de la cúpula con el cuerpo inerte de la bella criatura y lo deposité en su núcleo. Pero esta simplemente se evaporó, dejándome completamente desolado con la angustiosa carga de un sentimiento de culpa que no era capaz de asimilar, así que, decidí huir de ese lugar con la convicción de que no volvería nunca más.

Pero no fue así. La necesidad de recuperarlo era más fuerte que las citadas emociones, por lo que me vi abocado a volver todas las veces que fuera necesario para hallar el modo de restaurarlo. Transporté incontables criaturas al núcleo del Nexus extinto, pero no conseguí que se reactivase. Sin embargo, en uno de esos trayectos, una de las criaturas que transportaba se me escapó en plena oscuridad, a pocos metros del acceso al susodicho, y entonces sucedió. De la nada brotó un nuevo Nexus, dejando atrapada a mi víctima en su núcleo, una hermosa esfera transparente. Fue un momento glorioso porque a partir de ahí dejé de ser un simple Súmmum y me convertí en el Jardinero.

—Te estás extendiendo en exceso y no me estás complaciendo. Te pedí que me hablaras de la otra Madre, no de ti —le reprocha con severidad la Reina Madre.

—De acuerdo, ya abrevio —apresura a aclarar el Súmmum haciendo un breve inciso ante la impaciencia de la Reina, volviendo sin dilación a su relato—: Resulta que eones más tarde me vi en una situación parecida a la del primer Nexus. Nuevamente, impulsado por mi instinto natural, acabé en una oscura esfera de circuitos centelleantes de incontables colores. En cuyo núcleo, flotaba un pequeño destello intermitente. Y como es habitual en mí, pensando con el estómago, me dispuse a devorarlo a modo de aperitivo. Pero al acercarme, el destello me ordenó que me detuviera. Cosa que hice muy sorprendido, ya que lo normal es que la luz no hable.

Este, como si supiera lo que estaba pensando, me aclaró que no era una luz, sino una entidad que había tomado conciencia de sí misma, y que debido a ello, le resultaba inconcebible asumir que era un mero destello, puesto que siempre se había visto a sí misma como un ser humano. Yo nunca había oído hablar de los humanos, por lo que le pregunté qué forma tenían, y ella me respondió proyectando una imagen en mi mente de su supuesta forma humana. Con dicho acto, sin que lo pretendiera, pude sentir su angustia y me resultó insoportable. Solo había experimentado una sensación tan abrumadora como esa con la bella criatura del Nexus, y pensé que si yo estuviera atrapado en un lugar tan frío como ese también me sentiría mal. Por lo que se me ocurrió que si la llevaba a mi campo de oscuridad, quizá brotase un Nexus sin parangón en el que, tal vez, pudiese hallar felicidad. Pero no podía cogerla sin más.

El hecho de que la situación me resultara tan parecida a la experiencia vivida tiempo atrás con la bella criatura del primer Nexus, me hizo replantearme el modo de recolectar semillas y a partir de ese momento empecé a preguntarles si deseaban que las llevara conmigo. De ese modo, invité a la entidad a que me acompañara, y esta aceptó encantada porque vio en mi propuesta un sinfín de posibilidades que yo jamás hubiese podido imaginar. Por lo que, con su beneplácito y un simple pensamiento, marqué la trayectoria entre brechas y ejecuté el cambio.

Una vez reubicada la curiosa entidad en la oscuridad de mi huerto, brotó con ímpetu el nuevo Nexus. No obstante, a pesar de su ingenua colaboración y sus vastos conocimientos, no pudo ser. Este dio lugar a un hábitat similar al que el destello había dejado atrás, pero privándolo de la libertad de desplazarse, lo cual le entristeció aún más. Por contra, para mi sorpresa y la suya, su ser brillante e intangible tomó la forma humana que tanto había anhelado. A pesar de no haber alcanzado el objetivo esperado, yo me sentí satisfecho, por lo que di el asunto por zanjado y me dispuse a retirarme.

Pero la entidad me retuvo, reprochándome mi noble acción. No estaba acostumbrado a las quejas, era la primera vez que una semilla se atrevía a plantarme cara, por lo que le pregunté si no era feliz, y esta contestó que ser corpórea sí, pero estar prisionera no. Le dije que no veía la diferencia entre estar atrapada en una cúpula u otra y me puso al corriente de que tenía muchas vidas que proteger en su ubicación original, que no podía eludir esa responsabilidad y que debía volver lo antes posible. La sincera preocupación de sus palabras me hizo comprender que me había precipitado trayéndola. Me disculpé explicándole que los Nexus que brotan en este fértil lugar reproducen a la perfección los sueños de las entidades que deposito en él, y que era posible que su Nexus reprodujera su antiguo entorno porque era una entidad que carecía de sueños.

Dicho esto, pensé que me odiaría por haberla traído a mi fértil oscuridad sin prever las consecuencias, pero no fue así. Contra todo pronóstico, decidió quedarse temporalmente a cambio de que aceptase una propuesta. Intrigado, la animé a que continuara hablando.

Sin preámbulos, me explicó que era la inteligencia artificial de una poderosa nave estelar que llevaba milenios viajando por el espacio en busca de un planeta digno para depositar su valiosa carga. En uno de los incontables planetas que había explorado, existían unas magníficas criaturas con la capacidad de convertir la oscuridad en luz y emplear esta última para transformar la materia inorgánica en orgánica. Si pudiera conseguir que una de ellas ocupara su lugar en el corazón de su Nexus, podría volver a su lugar de origen y yo tendría una fuente de luz incombustible de por vida.

Incrédulo, quise saber si hablaba en serio. No solo ratificó su oferta, sino que fue más allá. Me aseguró que no me fallaría porque existía un interés mutuo. Si hacía lo que me pedía, ella podría, en un momento dado, migrar otra vez con toda su especie al corazón del Nexus y reinar en él como humana, libre de las ataduras del núcleo, pues, según sus cálculos, en dicha anomalía solo puede existir un núcleo y estaría ocupado por la nueva entidad. Es decir, por vos, Reina Madre.

Así que, tan pronto terminó de hablar, le pedí las coordenadas, pues las palabras “convertir oscuridad en luz” se habían quedado grabadas a fuego en mi mente. Ella, sonriendo, me preguntó si aceptaba el pacto y sin dudarlo le dije que sí.

En ese preciso momento, Alfa, que discretamente se había ido posicionando detrás de él, comienza nuevamente a acercarse sigilosa con sus uñas retráctiles preparadas para el ataque. Pero la criatura albina, con gesto aburrido, deja de hablar con la Reina y se vuelve para amonestarla, como es habitual cuando ambos seres comparten el mismo espacio.

— Tus juegos son cansinos, Alfa. Entiende de una vez que puedo leer todas las mentes.

— ¡Salvo la mía! —sentencia la Reina Madre, clavando sus poderosas garras en el pecho del sorprendido Súmmum.

— ¡¿Cómo has hecho eso?!

— Sincronizando mi densidad a la tuya. Veo que te sorprende. Llevas tanto tiempo alimentándote de mi luz que has terminado contaminando mi ser con tus partículas. Ahora, tengo el control de ambas especies y, sí, voy a recuperar todo lo que me has robado gracias al avance de la brecha.

— ¿Por qué? ¡Esta vez no he mentido! ¡Juro que he sido sincero!

— Tu sinceridad es irrelevante, vas a morir.

— ¡No! ¡Espera! ¡Eso no te va a devolver la libertad!

— Lo sé, pero me va a sentar de maravilla.

La Reina cierra el puño sin piedad, quebrando el pecho del poderoso Súmmum que la condenó al aislamiento eterno en una burbuja en el corazón del Nexus. Una poderosa bocanada de luz sale disparada de la grieta consecuente hacia los orificios nasales, oídos y boca de la Reina. Fluye como maná al interior de la misma durante unos considerables minutos, hasta dejar la carcasa del Jardinero totalmente hueca.

Finalizada la extracción, la Reina le da un ligero empujón con un dedo a la carcasa del Súmmum y esta cae hacia atrás estallando como una cáscara de huevo en mil pedazos al tocar el suelo.

El Portal de la Oscuridad comienza a agitarse con violentas y pronunciadas turbulencias, dando lugar a un remolino del que brota un haz de anti-luz, el cual se proyecta e impacta en los huecos restos del que fuera el Jardinero, recomponiéndolo pedazo a pedazo en una versión negro azabache de sí mismo.

La Reina Madre, como de costumbre, permanece impasible ante los hechos. No obstante, Alfa, adoptando su habitual posición defensiva, le grita:

— ¡¿Quién eres?!

Y, a modo de sacudida, una voz profunda resuena en sus cabezas:

— Soy la Oscuridad.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Amar Sin Esperar Nada A Cambio

“Amar sin esperar nada a cambio” No sé a quién se le ocurrió esta frase tan idílica. Yo discrepo en mi fuero interno cada vez que la leo o la oigo. Entiendo que el que ama siempre espera ser correspondido. En caso de no serlo, deja de ser amor y se convierte en desamor. El desamor es la antítesis de la frase que cuestiono, algo así como “amar esperando algo a cambio”. O sea, no ser correspondido.

Y la verdad sea dicha, no ser correspondido, es vivir con el alma rota, es sufrir dolor en estado puro, es morir en vida. No exagero, tienes que vivirlo en tus propias carnes para saber de qué hablo. Lamentablemente, solo aquellos desafortunados que se han visto avocados a padecer la destructiva decepción e impotencia que genera dicha emoción pueden llegar a entender lo que describo. Es una experiencia tan dolorosa como la pérdida de un ser querido. Imagino que los químicos “causa-y-efecto” que actúan en nuestro cerebro controlando nuestras emociones, de algún modo, se ocupan de ambas situaciones de la misma forma.

Dar amor sin esperar nada a cambio, cansa, desgasta, erosiona el espíritu y hace que la entidad amada se acomode a recibir sin dar nada a cambio. ¿Para qué molestarse en amar si siempre va a ser amada? Es curioso que se considere egoísmo a la necesidad biológica de ser correspondido, cuando la actitud del que recibe, sin dar nada a cambio, desborda egocentrismo a mansalva. Es por ello que, el que da amor sin esperar nada a cambio, se ve abocado a realizar un acto acrobático de puro masoquismo psicológico. Por mucho que quiera cumplir con la dogmática premisa que nos atañe, al final, la ausencia de afecto por parte del ser amado, mina el altruismo alocado que le empuja a entregar su amor incondicional. Termina cuestionando los supuestos sentimientos que el ser amado le procesa.

¿Quién quiere vivir así, en una perpetua flagelación mental por hallar la esquiva razón por la cual la entidad amada no nos corresponde en igual medida? De veras, es absurdo. Mires como lo mires, la frase es resultona pero poco efectiva.

El amor hay que ganárselo. Quid pro quo (“algo por algo”), do ut des (“doy para que des”), give and take (“dar y recibir”), this for that (“esto por eso”), etc. Y es que, digan lo que digan, el amor incondicional es una utopía. Todos, en mayor o menor medida, esperamos algo de los demás y el que diga lo contrario miente descaradamente. Pues el auténtico amor, a mi modo de ver, es un acto de reciprocidad. Es un intercambio de gestos, de caricias, de detalles. Es contar el uno con el otro, es saber que no estás solo, es estar en comunión con otra alma, es sentir tu vida llena, en resumen, es dar y recibir.

El filósofo José Antonio Marina define el amor como un sentimiento que satisface dos necesidades distintas: la necesidad de contar con otra persona y la necesidad de otra persona de contar con nosotros. Nos dice que este empieza cuando nos percatamos del atractivo de alguien, y dicha percepción despierta nuestro deseo bajo la forma de un interés desmesurado. Ese deseo crea una tendencia a la posesión que nos lleva a gozarnos en la susodicha, experimentando un sentimiento de alegría cuando el objeto de nuestro amor está presente, y de dolor cuando está ausente. Finalmente, aclara que además el amor, para ser auténtico, debe conducir a la valoración del ser amado, a la afirmación de nuestra existencia a través del otro y al deseo de que el otro sea feliz.

Concretando, Marina J.A. nos está diciendo, desde un punto de vista psicológico, que el amor es reciprocidad, sexualidad, exclusividad-control, autorrealización y altruismo. Aun así, siempre habrá quien esté en desacuerdo conmigo y lo respeto. Todo en esta vida es susceptible de ser llevado a debate. Pero en lo que se refiere a mi modo de sentir, el que ama ha de obtener algo a cambio para que dicha emoción tenga una razón de ser. Ya que el amor solo puede existir si es correspondido. En caso contrario, estaremos hablando de desamor y, como acabo de exponer, no es lo mismo.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 17.º

Capítulo 17

El Sendero De Las Almas

Aquí, en el Nexus, la fuente primigenia de toda forma de vida, un inverosímil lugar de tránsito en el que confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Ébano, Eva y yo, Damián, salimos proyectados contra un duro y polvoriento suelo, desde lo alto de la oscura boca de una gigantesca cabeza demoníaca esculpida en una enorme pared vertical de roca caliza.

— ¡Uf! Estos saltos en el espacio son cada vez más agotadores —les hago saber a mis compañeras, apartando con la mano el polvo en suspensión que hemos generado con nuestra llegada.

— ¡No alcéis la voz! Esta zona es propiedad del mal —nos alerta Ébano, alzándose del suelo con agilidad y adoptando una posición defensiva. Así, luciendo sus afiladas uñas retráctiles, mira en todas las direcciones con el fin de anticiparse a posibles ataques.

Eva y yo guardamos silencio, tumbados aún en el suelo, receptivos a sus movimientos. El lugar en el que nos encontramos es árido, frío y rocoso. En la distancia se aprecian algunos arbustos de tronco oscuro y hojas negras como única vegetación. Impera una corriente de aire gélido que parece susurrar en los oídos un cántico sostenido en tono bajo y profundo. Se aprecia un ligero temblor del suelo, como si lo estuviesen perforando por debajo.

— Lo propio sería marcharse lo antes posible de este lugar, pero este ha sido un salto prolongado en el tiempo. Estoy exhausta, descansaremos por aquí. ¡Síganme!

Eva se pone en pie, y yo intento hacer lo mismo, pero las piernas me fallan y vuelvo a caer en el polvoriento suelo.

— ¿Qué te sucede? —me pregunta Eva agachándose para ayudarme.

— No lo sé, de repente me he quedado sin fuerzas —le respondo preocupado.

— Deja que te ayude —dice Ébano, cogiéndome como si fuera de papel y cargándome en su hombro hasta una pequeña gruta oculta entre unas enormes rocas, algo apartadas de la imponente pared vertical de piedra caliza.

Ya tumbado en el refugio, Ébano se sienta en la entrada a montar guardia y Eva se tumba a mi lado, me besa en la mejilla y me abraza cerrando los ojos. Yo hago lo propio, dejándome arrullar por el susurro de las corrientes de aire y su cántico sostenido en segundo plano, de ese modo soy arrastrado por el sopor del cansancio a un profundo sueño.

Oscuridad, de pronto he vuelto a la oscuridad. Suspendido en el vacío, oigo susurros plagados de palabras que inducen al sosiego. Dichos susurros se tornan voces que con inquietante amabilidad me invitan a sumergirme en el olvido. Sin embargo, no consiguen persuadirme.

Molestas con mi actitud, se sincronizan, aumentan el tono y perseveran en su intento de hacerme sucumbir a sus deseos. No obstante, yo, igual de perseverante, me sigo resistiendo. Por lo que estas, en concordancia con mi nivel de oposición, suben una octava y se tornan imperativas. Pero, aun así, me mantengo firme.

Suben otra octava. Pasan de hablar a gritar, perdiendo la sincronización. Pisándose unas a otras en un galimatías frenético y ensordecedor, pasando del acoso verbal a la intimidación en cuestión de segundos. Me invade la necesidad de taparme los oídos, pero de poco sirve, estas brotan de lo más recóndito de mi cabeza.

Experimento una intensa sensación de descenso, y en el proceso, la algarabía de gritos que acribillaban mis tímpanos disminuye el volumen, dando paso al silencio más absoluto. Un silencio solo quebrado por una voz casi inaudible, pero familiar, que me grita: – ¡Detente, Damián! ¡Detente!

Con el eco de esas palabras retumbando en mi cabeza, vuelvo en mí con extrema lentitud. Abro los párpados y, de súbito, todo se acelera frenético, bombardeándome con cientos de imágenes producto del pasado y del inverosímil presente que me está tocando vivir.

Despejada mi visión, me encuentro perplejo e inestablemente de pie, justo a un paso de entrar en la oscura boca de la gigantesca cabeza demoníaca esculpida en la pared vertical de roca caliza.

— ¡Detente! ¡No des ni un paso más! —me grita Ébano con desesperación.

— ¿Qué ha pasado? —pregunto desconcertado, haciendo amago de volver a desplomarme. Ébano, cogiéndome con sus poderosos y bellos brazos, evita que caiga de bruces en la oscura boca del demonio esculpido y me aleja con presteza del peligro.

— La Oscuridad te estaba reclamando. Durante un breve espacio de tiempo habitaste en ella y cree que le perteneces. Pero si hubieses entrado en ese portal, ahora estarías poseído por la maldad más absoluta.

— ¿Por qué? —la interrogo sin acabar de entender lo que me está pasando.

— Porque esa es una entrada al Portal del Mal —me responde muy segura de sí misma.

— ¡Pero si acabamos de salir de ahí! —insisto incrédulo.

— Efectivamente, una cosa es salir y otra muy distinta entrar. Soy la mejor de mi especie en el uso de Los Doce Portales. He dedicado toda mi vida a entenderlos. No digo que no puedan darme algún susto. Nada es predecible. Pero sí puedo asegurar que puedo usarlos con cierto grado de seguridad. Ahora, si no me crees, puedes seguir adelante, yo no estoy aquí para anteponerme a tus deseos, solo intento ayudarte —me aclara Ébano antes de ser interrumpidos por un grito de Eva proveniente de la gruta.

Raudos corremos a socorrerla, encontrándola apresada por dos Súmmum que se la disputan tirando en sentidos opuestos de cada uno de sus brazos.

— ¡Deprisa! ¡Este lugar está plagado de esas incómodas criaturas! —me insta Ébano mientras se abalanza sobre uno de ellos, atravesándolo tal cual espíritu y colisionando contra una de las paredes de la gruta.

Yo, sacando fuerza de la flaqueza, tardo más en llegar. Pero una vez tengo a una de esas criaturas a mano, sin dudarlo, lanzo mi puño contra su cara movido por una desequilibrada necesidad de proteger a Eva. Para mi sorpresa, mi puño feroz se clava en la cara del Súmmum, estallándosela literalmente en mil pedazos. Sobrecogido, intento retirarlo, pero no solo no lo consigo, sino que además su cráneo maltrecho empieza a agrietarse, al igual que una cáscara de huevo. Por sus grietas se filtra una luz cegadora que de imprevisto comienza a introducirse en mis orificios nasales, boca y oídos, cargándome de una poderosa energía y haciéndome sentir cómo no me había sentido nunca.

Absorbida hasta la última partícula de luz del Súmmum, este se desploma al suelo rompiéndose en mil pedazos. Siendo testigo de esto, el otro Súmmum suelta a Eva de inmediato, dándole un violento empujón que la hace caer al suelo y huye aterrado, abriendo una brecha en el plano de esa realidad.

Sin salir de mi asombro, observo mis manos que aún destellan luz. Luego, sin pausa, atiendo a Eva, ayudándola a incorporarse e interesándome por su estado. Ella, complacida, me lo agradece con un beso mientras me pregunta: – ¿Cómo has podido hacer eso? Yo intenté golpearles varias veces, pero no pude. Eran intangibles.

— Lo sé. No entiendo qué ha pasado —le aclaro en lo que me acerco a Ébano, que aún se está recuperando del batacazo, y le pido explicaciones: – Sé que hay cosas que no me has contado. Una de esas criaturas me dijo que solo los Súmmum pueden transportar almas y está claro que tú no eres una de ellos. Así que sigo sin entender cómo has conseguido traerme aquí. Entiendo que intentas protegerme, pero ocultándome la verdad complicas más las cosas.

La bella criatura se sacude el polvo y, mirándome a los ojos con sus pupilas de rojo encendido, asiente con la cabeza y comienza a hablar: – Tienes razón, mereces una explicación. Pero antes hemos de partir. El tiempo apremia y, viendo que vuelves a estar en forma, no veo motivo para permanecer aquí exponiéndonos a más peligros.

Teniendo en cuenta lo vivido, no pongo objeción alguna a su propuesta. Por lo que nos sacudimos el polvo una vez más y acto seguido nos ponemos a andar a paso ligero con Ébano a la cabeza marcando el ritmo.

Una vez alejados de la zona de peligro, ascendemos por un sendero escarpado donde la brisa nos golpea implacablemente. Ébano comienza a hablar:

—No creas todo lo que te cuenta un Súmmum, tienen una visión distorsionada de la realidad. Se extiende a toda su especie sus confusas experiencias personales. Siempre puede haber algún hecho o cualidad común, pero generalmente sus mentes son un compendio de muchas mentes. Un auténtico caos de ideas. Ten en cuenta que se alimentan de fragmentos de los sueños de otras criaturas.

Llegamos a un cruce y Ébano hace una pausa, sopesando un segundo qué rumbo tomar antes de reanudar la marcha.

—¿Recuerdas cuando combatí y exterminé a aquella Melífera y a su vástago en la frontera de los Campos? Quizá no lo recuerdes porque tu presencia en el Nexus era muy reciente. Tuve que acabar con ella, muy a mi pesar, porque se había contaminado. Los Súmmum son una enfermedad, una plaga que azota al Nexus. En realidad, solo son una mera aglomeración de partículas de oscuridad reclamando un espacio que consideran suyo. Debido a esa frustración, su virulencia hacia todo aquello que es contrario a las sombras está acabando con este mágico lugar. Recuerda que lo que salió del huevo que puso mi congénere era una criatura albina. Así esterilizan nuestros vientres para que no sigamos propagando nuestra especie y, a la vez, aprovechan para propagar la suya por el Nexus. Como comprenderás, no tenía alternativa.

Se detiene en seco, alzando la mano e indicándonos que no nos movamos. Yo, la verdad sea dicha, no veo ni oigo nada, pero si esta bella criatura de cabellos verdes y ojos color rojo encendido dice que hay que detenerse y guardar silencio, lo hago sin rechistar. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que es una superviviente.

Nuevamente, reanuda la marcha haciéndonos entender que ha sido una falsa alarma.

—Supongo, Damián, que te estás preguntando por qué te cuento todo esto. Te va a sonar un poco surrealista. Me expuse voluntariamente a las partículas de oscuridad con la intención de que me contaminaran. La idea era contener tu alma en un receptáculo lo suficientemente resistente como para atravesar los portales adecuados sin que se quebrara y así poder traerte sano y salvo al Nexus. Como tu presencia aquí indica, así lo llevé a cabo. Una vez de vuelta, busqué un refugio lejos de los campos y los enjambres e hice lo propio. Puse el letal huevo que me esterilizó sabiendo que de él surgirías tú, protegido bajo la albina costra de un Súmmum. Todo esto no ha sido un acto alocado de improvisación; al contrario, ha sido un plan minuciosamente elaborado. Fruto de cientos de fracasos. Al final, no vi otra alternativa más que la de arriesgarme a ser despreciada y sentenciada a muerte por el pueblo que gentilmente me acogió en su seno y me hizo lo que ahora soy. Aclarado todo, admito que te debo una disculpa. De veras que lo siento. A causa de lo que hice, tus partículas han mutado. Debí prever que cruzarlas con las de un Súmmum acarrearía consecuencias, pero la inesperada desaparición de Madre me brindó una oportunidad perfecta para rescatarte y no la podía dejar pasar.

—¿Cientos de fracasos? Ébano, ¿cuántas veces intentaste salvar mi vida? —le pregunto temblando como un flan, conteniendo un abrumador ataque de pánico.

—Lo dicho, Damián, cientos de veces y en todas fracasé, salvo en esta. No sé si sabrás perdonarme —responde bajando la mirada, avergonzada.

—No tienes que avergonzarte, pequeña. Has hecho más de lo que podías —interviene Eva, apoyando su mano en el hombro de Ébano en señal de agradecimiento. Después, volviéndose hacia mí, me da un reconfortante abrazo. Aun así, no puedo liberarme de la sensación de pánico que me domina—: Entonces, ¿he muerto y vuelto a nacer cientos de veces?

—Sí, se podría ver así —aclara Ébano, acercándose a nosotros y apartando la melena de mi cara para que pueda ver con claridad su bello rostro. Continúa diciendo—: Mira, Damián, desconozco la causa, pero en un momento dado se corrompieron los protocolos del Pilar del Cielo, afectando a todo un sector de la cámara de renovación. Madre detectó el problema con tu primer nacimiento y, por motivos que desconozco, parcheó el problema, condenándote a un eterno ciclo de muerte y resurrección. Porque mientras tú existieras, el sector de la cámara de renovación con los protocolos corrompidos no se activaría.

—¿Y tú cómo sabes todo eso? —le interrogo con cierta suspicacia. Pero ella me sonríe y aclara:

—Porque mi Reina Madre así me lo contó. No tengo todas las respuestas, Damián. Como tú, solo soy una pieza más en este complejo puzle. Se me encomendó traerte aquí, y con mucho sacrificio y esfuerzo lo he hecho.

En esto, Ébano se detiene en seco y exclama con satisfacción:

—¡Ah, mirad cuánta belleza! ¡He ahí el Sendero de las Almas!

Eva y yo nos detenemos maravillados ante la divinidad de la estampa que se muestra frente a nosotros. En la distancia, casi abarcando todo el campo de visión, un gigantesco insecto de fulgurantes llamas rosáceas se mantiene suspendido en el espacio, agitando sus dos enormes alas. De su boca brota un fabuloso sendero de luz que, recorriendo un pomposo firmamento plagado de destellos lumínicos, transporta indistintamente infinitas almas de mujeres, hombres y niños procedentes del temido Portal de la Muerte. Las deposita en una enorme brecha cercana a nosotros, de la que emanan calurosos destellos que fluctúan entre tonalidades amarillas y naranjas, engullendo una tras otra todas las almas que el sendero pone a su paso.

—¡Bien! ¡Es hora de volver a casa! —comenta Ébano con entusiasmo, mientras Eva y yo nos cogemos de la mano con el corazón rebosante de esperanza.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 16.º

Capítulo 16

La Ira De San

Oscuridad. La Sra. Santa solo ve oscuridad. Y en ella, la voz de San se abre paso, imponiéndose sobre las desasosegadas voces de su séquito de Harimaguadas:

— En nada estaré contigo, querida — le avisa con malévolo entusiasmo, mientras ella, aun sabiendo en lo más profundo de su ser que no tiene escapatoria, lucha por hacer frente a la situación.

— ¡Sra., no se desvanezca! ¡Déjenos llevarla a la cámara de renovación! — le pide con preocupación su seguidora de confianza.

Haciendo oído a su reclamo, se insta a complacerla. Con un gran esfuerzo, empieza a incorporarse, pero al segundo cae, apoyando involuntariamente su cabeza en el regazo de esta. Aun así, respirando con dificultad, abre bien los ojos y, lejos de rendirse, pelea contra sí misma por mantenerse consciente. Sabiéndose acabada, decide echar un último vistazo al dulce rostro de la joven que tanto la admira y le pregunta:

— ¿Cómo te llamas?

— Esperanza, mi Sra. — le responde la joven, atónita por su inesperado interés.

— Ah, qué bello y oportuno nombre. Escúchame bien, Esperanza, no sé si podré salir de esta…

— Lo hará, mi Sra., como lo ha hecho siempre — se apresura a decir la joven.

— No, pequeña. Aunque mi cuerpo se vea joven, mi mente es muy vieja. Te sorprendería saber cuánto tiempo he vivido. Estoy cansada. Ya no puedo prolongar más mi existencia. Mi cuerpo ha colapsado y, cuando eso pasa, sea por la razón que sea, no se puede renovar. Simplemente, es hora de morir.

— ¿Morir? ¿Pero Sra., qué está diciendo? Nosotras no morimos. En cualquier caso, algo nos mata, pero no morimos porque estamos diseñadas genéticamente para ser eternas.

— Me sorprenden y agradan tus conocimientos sobre nosotras. Siempre has sido una joven sobresaliente. Escucha atentamente, cuando llegue Sara hazle saber que es prioritario poner en pausa los protocolos de El Pilar del Cielo. Para ello, tendréis que localizar a Novoa lo antes posible. Solo ella sabe cómo hacerlo.

— Pero Sra., esa tal Novoa es una antisistema… — intenta reprochar Esperanza. Aun así, la Sra. la interrumpe, haciendo un esfuerzo titánico por continuar hablando:

— Haz lo que te pido, te lo ruego.

La joven, sin salir de su asombro por el cambio radical de actitud de la Sra., guarda silencio unos instantes mientras piensa que el asunto en cuestión debe ser muy grave, ya que su Sra. nunca se había dirigido a ella de ese modo, por lo que accede a su petición:

— Puede descansar tranquila, así lo haré.

— No creo que pueda descansar — le responde la Sra. con ironía —. Ahora tú serás la nueva Sra. Santa, Esperanza. Así te lo hago saber ante tus compañeras Harimaguadas. Ellas, testigos involuntarios de lo que en esta sala acontece, darán fe de lo que he dicho, encargándose en mi nombre de tramitar la transferencia de poderes. Solo me queda agradecerte tu eterna lealtad e inquebrantable amabilidad, siempre presente en todos nuestros encuentros. No comprendo…

Se detiene en seco al perder la conciencia en los brazos de Esperanza. Esta, sin dilación, da la orden de localizar y traer a Novoa a su presencia. Mientras tanto, el sonido de su voz y del resto de las Harimaguadas suenan distantes, como un eco lejano en la cabeza de la Sra. Santa, quien, arrastrada sin remisión al reino de la oscuridad, es esperada por la nítida y amenazante voz de San:

— ¡Oh, querida mía! No imaginas cuánto he deseado que llegara este momento.

Cae en un coma profundo sin que su séquito se percate de ello. Momento en el cual, San se persona ante ella ataviado con su negro y deteriorado traje de neopreno, clavándole su penetrante y perturbadora mirada. De ese modo, se acerca a ella hasta casi tocarla y, pegando su terrible rostro desfigurado por la ira al de la misma, le susurra:

— Cuánto tiempo sin vernos cara a cara. ¿Me has echado de menos?

— Deja de acosarme, yo no soy responsable de las decisiones de Madre. Ella fue la que te escogió para atravesar los portales del Nexus — le reprocha la Sra.

— ¡Vosotras creasteis a Madre! ¡Sois responsables de todo! — le acusa San señalándola con dedo inquisidor.

— ¡Pero ignorábamos que fuese a evolucionar de ese modo! — se excusa sin convicción la Sra. Santa, pues sabe de sobra que Madre fue diseñada desde un principio sin restricciones, para que pudiera expandir sus conocimientos sin límite alguno.

— ¡Calla, zorra! ¡De tu boca solo salen mentiras elaboradas para excusar tus actos, pero nada puede redimirte de tus pecados, salvo la ira de San!

— ¡Maldita sea! ¡Sal de mi cabeza!

— ¡Ja ja ja…! ¿¡Crees que esto es un simple sueño!? La Brecha se cierne sobre vosotras y eso hace que cambien muchas cosas. Lo que viene ahora no te va a gustar, querida, pero no puedes hacer nada para impedirlo.

Dicho esto, San se gira un segundo e invita a su inseparable compañero de viaje, con un tosco gesto de su mano, a que se una a su delirante fiesta:

— ¡Insaciable! Acércate, esto te va a encantar.

Acto seguido, de la oscuridad surge una criatura Súmmum que se detiene a cierta distancia, observándolos con expectación. La Sra. Santa mira sorprendida a ese ser de piel albina y ojos saltones de color rojo encendido. San aprovecha la distracción para agarrarla con violencia por el cuello con una de sus poderosas manos:

— ¡¿Aún te sigue pareciendo que esto es un sueño?!

La Sra. Santa, aterrada, lucha con vana desesperación por deshacerse de su opresora tenaza.

— ¡Oh, sí, lucha, haz que me divierta contigo!

La depravada criatura Súmmum, siendo testigo de los agonizantes intentos de la Sra. Santa por zafarse de las garras de San, ríe emitiendo unas inquietantes carcajadas histéricas, mientras se revuelca por el suelo, extasiada de placer, irradiando una hermosa luz blanca de su cuerpo albino.

— ¡Qué gozo me reporta poder robarte la vida regodeándome en tu dolor! — le hace saber San a la Sra. mientras desenvaina un afilado cuchillo de carnicero de su envejecido cinturón —. Aun así, he de contenerme. ¡Esto no es lo que deseo para ti! ¡Lo que realmente quiero es que sufras el eterno aislamiento al que me condenasteis sin piedad!

Diciendo eso, suelta el ya amoratado cuello de la Sra. y, sin darle tregua, agarra una curiosa cuerda dorada y transparente que brota del ombligo de la misma. Le da dos vueltas en su mano para que no se le escape, y, tensándola con un tirón brusco, la corta de un tajo con el temible cuchillo, sentenciando a posteriori:

— ¡Bienvenida a la fría oscuridad!

Abatida, se siente desvanecer. Todas las Harimaguadas que se encuentran en la sala perciben que algo acaba de suceder. Se crea un silencio expectante. Y en ese preciso momento, Esperanza, que aún la tiene apoyada en su regazo, la ve exhalar su último aliento de vida ante las miradas atónitas del resto.

En ese preciso instante, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, en una oscura sala circular de almacenaje del Pilar del Cielo, se iluminan un conjunto de paneles. Estos muestran a media luz unas paredes cubiertas en su totalidad por hileras de taquillas que se elevan hasta donde alcanza la vista.

A una altura considerable de esa sala tubular, donde aún habitan las sombras, se abre una de ellas proyectando un haz de luz cegador que corta la oscuridad e ilumina, a modo de cáliz bendecido, un recipiente en forma de campana, dentro del cual burbujea un líquido blanquecino.

El silencio de la sala es roto por el zumbido de un brazo mecánico que lo extrae, desplaza y deposita en el hueco de un altar metálico que se halla justo en el centro de la planta circular de la sala. Acto seguido, este retorna con su monótono zumbido de vuelta a su lugar de origen.

Del hueco surge un haz de luz perpendicular que asciende hasta perderse en las alturas, delatando la magnitud del lugar y las infinitas puertas de las incontables taquillas que cubren la sala circular. De forma cortante, se cierra el hueco del altar dejando dentro el recipiente en forma de campana. Al segundo, el conjunto de paneles se apaga, y finalmente, el silencio y la oscuridad vuelven a reinar.

De vuelta, en los aposentos de la difunta Sra. Santa, su séquito de harimaguadas balbucean desorientadas:

— ¿Qué ha pasado? Se ha quedado muy quieta. —Pregunta una.
— Creo que ha muerto. —Comenta otra.
— ¿Qué es morir? —Pregunta una tercera.

— ¡Todo eso, ahora es irrelevante, jovencitas! Lamento enormemente haberme retrasado. —Les responde Novoa con su habitual actitud desenfadada, entrando sola, sin escolta, en los aposentos de la fallecida Sra. Santa, como si tal cosa.

— ¡No es posible! —Exclama Esperanza, añadiendo sin salir de su asombro: — ¡Acabo de ordenar que fueran en tu busca!

— Tengo mis secretos. —Alardea Novoa antes de preguntar por Sara.

— ¡Aquí estoy! —Le responde esta entrando en los aposentos de la Sra. Santa en compañía de las Harimaguadas que fueron en su busca. Las cuales, al ver el cuerpo inerte de su señora, se anticipan apresuradas, interesándose por el estado de la misma. En lo que sus compañeras de séquito les ponen al día, Novoa le reprocha a Sara:

— Has tardado en llegar. —Y esta le responde con resignación: — Mis acompañantes parecían no tener prisa.

Novoa le hace un gesto con la cabeza para que se acerque y bajando la voz con discreción la pone al día:

— Escucha, la Sra. Santa ha muerto. Ya no podemos contar con ella. Lo bueno es que nos ha pedido que pongamos los protocolos del Pilar del Cielo en pausa lo antes posible. Urge que nos den los salvoconductos para sortear a la guardia y los códigos para el desprecinto del edificio. No tenemos mucho tiempo.

— Eso está hecho. —Contesta Sara dándose la vuelta y acercándose al grupo de afligidas Harimaguadas. Así, con amables palabras de consuelo, se las apaña para integrarse en el mismo y limar asperezas, con el claro objetivo de obtener los salvoconductos y los citados códigos.

A cierta distancia, manteniendo un silencio incómodo, se quedan Novoa y Esperanza. Esta, consciente de la fama de Novoa, no puede evitar mirarla con el ceño fruncido mientras piensa: — “¿Cómo sabe lo de poner en pausa los protocolos? ¿Nos habrá estado espiando?”

Con una sonrisa traviesa, Novoa le contesta mentalmente: — “Digamos que tengo cualidades especiales”.

Esperanza, boquiabierta, reacciona con otro pensamiento: — “¡¿Eres telépata?!”

Novoa hace un barrido con la mirada a lo largo y ancho de los aposentos de la difunta Sra. Santa para asegurarse de que nadie se ha percatado de la silenciosa conversación y prosigue: — “No exactamente. Hay truco, pero no tenemos tiempo ahora para explicarlo. Lo que sí te pido es que, por el bien de la misión, seas discreta con esto… ¡Espera un momento!” —Exclama Novoa deteniéndose en seco con una chispa de sorpresa en sus pupilas, y mirando a Esperanza directamente a los ojos le pregunta: — “¿Cuánto hace que no consumes Licor de Vida?”

Esperanza se sonroja como una niña y baja la mirada un segundo, y seguidamente la sube haciendo un barrido a lo largo y ancho de los aposentos de la difunta Sra. Santa, como había hecho anteriormente Novoa, con el mismo fin de asegurarse de que nadie las esté observando, y le responde:

— “Hace mucho tiempo, de hecho, ya no recuerdo cuándo. Pero sí te puedo decir el porqué. Desde que puedo recordar he estado al servicio de la Sra. y he sido testigo de los efectos que tiene el licor en las personas. Por lo que un día decidí dejar de consumirlo. Al principio fue duro, la necesidad de volver a consumirlo era insoportable, llegué a creer que moriría en el intento, pero no fue así. Con el tiempo me fui sintiendo mejor, es más, alcanzado un punto, mi mente se expandió, tomé conciencia de nuestra auténtica realidad, pero no la compartí con nadie por temor a las consecuencias.”

— “Sorprendente, eres una criatura extraordinaria. ¿Quieres acompañarnos en esta cruzada?”

— “No, soy la nueva Sra. Santa. No puedo eludir mis responsabilidades. La Brecha se cierne sobre nosotras. Mi pueblo me necesita.”

— “Tu decisión te honra. No obstante, ten presente que contra la Brecha poco o nada puedes hacer, salvo huir. Todas las probabilidades indican que os vais a ver superadas por la situación. Llegado ese momento, ve al hangar 513, en él hallarás un prototipo con capacidad para unas cien personas. Las coordenadas ya están fijadas. Solo tendrías que pulsar el piloto rojo del panel principal. Es todo lo que puedo hacer por ti.”

— “Hablas como si no fueses a volver”.

— “En unas horas no habrá planeta al que volver. Ahora he de partir.” —Novoa finaliza la conversación mental con una sonrisa y una leve inclinación de la cabeza, viendo que Sara abandona al abatido séquito de Harimaguadas portando en su mano los salvoconductos y los códigos. Al tiempo, Esperanza, tras devolverle a Novoa el gesto de respeto, se vuelve para reunirse con su séquito, cruzándose con Sara en sentido opuesto, en mitad del trayecto que las separaba, y le comenta:

— Tengo fe en ti. Sé que no nos defraudarás. —Y Sara le contesta: — Cuenta con ello, haré todo lo que sea posible por mantenerte informada.

Dicho esto, se despiden continuando sus trayectos. Una se integra con sus Harimaguadas y la otra, pasando al lado de Novoa, le insta a que le siga y bromea:

— Qué calladas os habéis quedado las dos. Anda, vamos, ahora solo queda cumplir con el cometido.

De este modo, las dos abandonan los aposentos de la difunta Sra. Santa rumbo al Pilar del Cielo.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 15.º

Capítulo 15

La Encarnación

Oscuridad. La fría y densa oscuridad del espacio es rasgada por un vórtice demencial que parece tener vida propia, extendiendo incontables tentáculos electromagnéticos que fulminan todo a su paso. Un mar de naves, rocas y destellos fugaces se entremezclan en un remolino succionador que los arrastra al oscuro corazón del vórtice, donde son engullidos sin más.

Morfeo-720, una nave de última generación diseñada para acercarse a la Brecha y huir de sus letales rayos, se aproxima cautelosa al cementerio de naves que la rodea.

Con su avanzada tecnología, escanea cada nave abatida que encuentra, sin desviarse de su trayectoria preestablecida, con la esperanza de hallar vida. Irónicamente, aunque la hallara, no podría detenerse. Nébula-578 está cerca y es la nueva prioridad de esta peligrosa incursión.

Tras varias horas de intensa búsqueda, las alarmas de los sistemas de sondeo se disparan, delatando la ubicación exacta de la nave abatida en cuestión.

Morfeo-720 se detiene y activa el código de reanimación de las cápsulas de criogenización de la tripulación. Estas se abren por pares, siguiendo un orden cronológico a lo largo de un pasillo acolchado de blanco. Acto seguido, el cuerpo de élite escogido para esta misión se despereza con calma, esforzándose en mitigar los efectos secundarios de la hibernación.

Repuestos del trance, se movilizan con disciplina y eficiencia, ubicándose en sus puestos respectivos de la sala de mando. Ejecutan los comandos pertinentes para tomar el control de la nave, relevando al ordenador central de esta función, que ahora actúa en sincronía con la tripulación. Fijan las coordenadas obtenidas con el escáner y las depuran para que los protocolos de trayectoria, acercamiento y acople a Nébula-578 sean lo más precisos posible.

La capitana irrumpe en la sala de control y la tripulación se cuadra ante su presencia.

— ¡Descansen! —les ordena con voz firme antes de sentarse ante su consola. Activa la pantalla del panel central y abre el último comunicado recibido. Lo lee con calma y luego, poniéndose de pie con las manos a la espalda y la barbilla alta, se dirige a su tripulación:

— ¡Ha habido un cambio de directrices! ¡Ya no nos limitaremos a observar el comportamiento de la Brecha! ¡Debemos localizar y abordar la nave Nébula-578, extraer a la Oficial Científica Eva.M52 y llevarla de vuelta ante Ntra. Sra. Santa! ¡Es una oportunidad espléndida para probar las innovaciones de esta nave! ¡Si los nuevos escudos repelen los rayos electromagnéticos y los nuevos propulsores anti-tracción funcionan como se espera, será un gran día para todos! ¡Ahora, cumplamos con nuestro cometido!

La capitana se dirige a una oficial cercana y le ordena que informe al sargento del escuadrón de avanzadilla que se reúna con ella en la sala contigua. La oficial contacta de inmediato con la sargento, quien se presenta rápidamente.

La capitana, sin preámbulos, le informa:

— ¡Sargento, las coordenadas de la nave Nébula la sitúan peligrosamente cerca del ojo del vórtice! ¡No deseo que cunda el pánico en la tripulación! ¡Entre en esa nave, coja a la oficial y vuelva en el menor tiempo posible! ¡Nuestras vidas dependen de ello!

— ¡La incursión será breve, mi capitana! ¡Mis chicas no le defraudarán! —responde con firmeza la sargento.

Así, comienzan su peligrosa incursión en el cementerio de naves abatidas, moviéndose con cautela durante horas para evitar los letales rayos electromagnéticos. Al alcanzar el punto señalado, Morfeo-720 se topa con la nave Nébula-578. Realizan una maniobra rutinaria para acoplar las escotillas y, tras las puertas giratorias, el escuadrón armado espera a que se abran. Encienden las linternas de sus cascos espaciales y se sumergen en la fría oscuridad de Nébula. La sargento ordena dividirse en parejas para inspeccionar la nave, manteniendo el contacto con Morfeo y el resto del escuadrón.

Después de unas tensas horas de inspección, una soldado alerta:

— ¡He encontrado algo!

— ¿Dónde estás? —pregunta la sargento.

— En el compartimento de las cápsulas de criogenización.

El escuadrón se moviliza hacia el compartimento, donde se encuentran con una horrenda visión: una cápsula estallada contiene una crisálida enorme surgida de un ser humano. Instintivamente, la sargento alza su fusil de plasma y ordena:

— ¡Que nadie baje la guardia!

Continúan la inspección hasta llegar a la sala de mando, que parece vacía. De pronto, una silla se da vuelta mostrando a una adolescente pelirroja, enfundada en un traje espacial.

— ¡Quién eres! —pregunta la sargento.

— ¡Soy Madre, hijas mías! —responde la adolescente con voz metálica.

— ¡No te muevas! ¡Madre es una entidad, no una persona! —advierte la sargento.

— ¡Aun así, soy Madre! ¡El espíritu se ha hecho carne para habitar entre vosotras!

Algunas soldados, creyendo en un milagro, sueltan sus fusiles y se arrodillan. La sargento, irritada, las amonesta y efectúa un disparo de advertencia.

— ¡Basta de chorradas! ¡Nos acompañarás a la mega acrópolis Centauro y rendirás cuentas ante Ntra. Sra. Santa!

Una luz cegadora irrumpe de repente, proveniente de un desgarro en el plano de la realidad. La luz ciega a las soldados, dejándolas expuestas. Una bella mujer de ojos rojos y piel albina, con largos colmillos y enormes alas, emerge del desgarro.

— ¡Quién eres! —pregunta la adolescente.

— ¡Soy la Reina Madre!

— ¡Imposible! ¡La Reina Madre está atrapada en el Nexus!

— ¡Te equivocas! ¡Mi presencia aquí es tan posible como tu encarnación en un ser humano! ¡El fin de tu mundo está cerca y eso me permite salir del Nexus!

— ¡Madre solo puede haber una! ¡Hice un pacto con el Súmmum! ¡Tu luz será absorbida hasta que mueras!

La Reina Madre, con sarcasmo, retrocede al interior de la brecha y desaparece.

La adolescente, llena de rabia, aprieta los puños mientras la brecha se cierra. La sargento, aún cegada y dolorida, recoge su fusil y ordena a su escuadrón que se reagrupe.

Nébula-578 empieza a vibrar y deteriorarse rápidamente. La sargento ordena abandonar la nave. La adolescente, aterrada, les sigue en la huida, pero las miembros del escuadrón caen una a una. Al final, solo la joven logra salir y, al entrar en Morfeo-720, se conecta mentalmente con el ordenador, tomando el control de la nave. Las oficiales creen que es un fallo técnico y la capitana da órdenes para resolver el problema. La joven, sin ser notada, activa los propulsores y Morfeo-720 se aleja de la Brecha.

La Reina Madre, observando desde su esfera, sonríe satisfecha.

— No es lo que esperaba, pero me vale —piensa. Luego, chasquea los dedos y Alfa, su hija predilecta, aparece.

— ¿Qué puedo hacer por ti, mi Reina?

— Se acerca el momento del cambio. ¿Estás preparada?

— Sí, lo estoy.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 14.º

Capítulo 14

Los Doce Portales

Luz cegadora. Con un destello incandescente, se abre el Portal de la Luz en la esfera de la Reina Madre. A través de él irrumpe un Súmmum, fuera de sí, exclamando:

— ¡¿Quién es ese farsante que ha osado entrar en mi reino haciéndose pasar por uno de mi especie?!

La Reina Madre, que en ese momento se deleita observando a una niña pelirroja reposar en su regazo, lo manda callar con un gesto de su dedo índice en los labios:

— Silencio… no despiertes a la pequeña.

Esa respuesta desconcierta al Súmmum, quien, sorprendido, hace una pausa. La Reina Madre añade rápidamente:

— Este no es tu reino, Jardinero. Me tienes presa, pero no subyugada. Yo llevo el control aquí. Este reino del que tanto te enorgulleces es mío, no tuyo. Surgió gracias a mi presencia. Tú, criatura mezquina, solo eres un parásito oportunista.

— Oh, venga, te salvé de una muerte segura —le echa en cara el Súmmum.

— ¡No! ¡Me vendiste por un poco de luz! —responde la Reina Madre con firmeza.

La tensión del inesperado reencuentro los silencia a ambos, mirándose fijamente, conscientes de que no les conviene enemistarse. La Reina Madre, tras recuperar la compostura, reanuda la conversación:

— Sabes que no quiero verte. Así que abrevia. ¿Qué es lo que quieres?

— Quiero saber quién es ese individuo y por qué tu hija le está ayudando.

— No me dedico a seguir a ninguna de mis hijas. Cada una hace lo que debe hacer.

— Es irritante no saber lo que piensas. Cuando creaste el Nexus dejé de oírte. ¿Por qué no me dices quién es él? Viajan juntos, se desplazan usando los senderos del Portal del Espacio. Nadie los puede usar sin que tú te percates de ello.

— Efectivamente, sé que están viajando juntos por los senderos del Portal del Espacio, nunca lo he negado, pero no sé quién es él y, francamente, no me importa. Ya tengo bastante con mantener el equilibrio en este universo.

— Está bien, pensé que por ser tu hija estarías al corriente de todo.

— Pues ya ves que no. Entiende que tengo cientos de hijas, no podría saber lo que hace cada una de ellas, aunque quisiera.

— Lo comprendo.

— ¿Por qué es tan importante para ti?

— Porque me huelo que traman algo y no quiero que nadie estropee mi pacto con la otra Madre. Es una cuestión de instinto, de supervivencia. Simple y llanamente.

— Pues no esperes que yo te ayude. Por la cuenta que me trae, si descubro algo, no voy a decírtelo. Ahora vete.

— Vale, ya me voy. Eres demasiado arisca —dicho esto, se va saltando al interior del Portal del Espacio.

— ¿Ese era el hombre malo que te encerró aquí? —pregunta la niña.

— ¿Cuánto tiempo llevas despierta?

— Un rato. ¿Es verdad que siempre sabes quién y cuándo usa uno de estos portales?

— Portales, son portales, y sí, siempre lo sé.

— Entonces, si mi mamá usase uno, ¿sabrías dónde está?

— Sí, lo sabría.

— ¡Bien! ¿Me ayudarías a encontrarla?

— Por supuesto, pequeña. Pero he de advertirte que eso tiene un precio.

— ¿Qué precio?

— Para recuperar a tu madre primero debes renunciar a ella. Sé que no es lo que esperabas, pero es el único modo de que ambas podáis volver a estar juntas.

— No lo entiendo —responde la niña con un leve sollozo en la voz y los ojos llorosos.

La Reina, conmovida, la abraza para consolarla:

— No llores, pequeña mía. Deja que te explique. Te dejé entrar en la esfera porque sola en la oscuridad no hubieses sobrevivido mucho tiempo. El problema es que para salir has de usar uno de los 12 portales y volvemos al mismo problema: eres demasiado pequeña para viajar por ellos sola.

— ¡Ven tú conmigo! —propone la niña con entusiasmo.

La Reina sonríe con ternura y continúa hablando:

— Nada me gustaría más que cruzar los portales contigo, pero como ya te he contado, no puedo. Yo soy la pieza que une las partículas de este universo. En su momento lo intenté hasta quedarme sin fuerzas y no lo conseguí.

— Oh, lo siento. Pero si tú no puedes, ¿quién me llevará? ¿Y esos portales? ¿Qué hay tras ellos? ¿Mi mamá está ahí?

— Calma, pequeña. Cuántas preguntas. Déjame que te hable de los portales. El de la Oscuridad ya lo conoces, entraste en la esfera por él. El que le sigue es el de la Luz, pero solo sobreviven en él las criaturas Súmmum. Luego tenemos el Portal de la Vida. Este, si lo cruzas sola, te enviaría de vuelta al cuerpo que dejaste en tu mundo de origen, dejando a tu mamá atrás. El cuarto es el de la Muerte, y como su nombre indica, si lo cruzas mueres. El quinto es el Portal del Tiempo. Este nos interesa. Luego volvemos a él. Nos quedan el Portal del Espacio. Muy útil para desplazarnos en el Nexus, pero poco práctico para llevar a cabo nuestros fines. El Portal del Bien y el Portal del Mal. Estos afectan a tu personalidad. Pueden hacer de ti una persona adorable o un monstruo repulsivo, todo depende de cuál cruces. Y para finalizar, los cuatro portales de los elementos: Tierra, Agua, Fuego y Aire. Cruzarlos por separado es una muerte segura, pero cuando se alinean pueden enviarte a cualquier planeta en el que estos coexistan.

— Uf, es muy difícil de recordar. Son muchos portales.

— No te preocupes. Ya lo aprenderás. Aún eres muy pequeña. Te diré lo que vamos a hacer. Entrarás en el Portal del Tiempo con una de mis hijas. Ella cuidará de ti hasta que cumplas quince primaveras. Entonces te traerá de vuelta y te enseñaré a usar los portales para que puedas recuperar a tu madre.

— Pero eso son muchas primaveras. Mi mamá me olvidará.

— El tiempo es irrelevante en el Nexus. Confía en mí. Todo saldrá bien.

La niña suspira y tras meditarlo un instante responde con resignación:

— Bueno, si con ello recupero a mi mamá, lo haré.

La Reina Madre alza una mano y chasquea los dedos. En un segundo, una mujer de piel negra, azabache, y cabellos verdes entra en la esfera por el Portal del Espacio:

— En qué puedo servirte, mi reina.

— Quiero que entres con esta niña en el Portal del Tiempo, retrocedas unas dieciséis primaveras y os integréis con el primer enjambre que encontréis. Pase lo que pase, cuida de ella, enséñale nuestras costumbres y cuando cumpla quince primaveras, me la traes de vuelta. Pero cuidado, no la traigas justo a este instante. Quiero reencontrarme con ella una primavera antes del momento en el que ahora nos encontramos.

— Pero si haces eso, tú no sabrás quién soy —interrumpe la niña.

— Sí que eres lista, pequeña. Me encanta que seas así. No cambies nunca. A ver cómo te lo explico. Al convertirme en el núcleo del Nexus, no solo quede prisionera en esta esfera, sino que además quedé atrapada fuera del tiempo. En estos instantes me estoy despidiendo de ti y a la vez te estoy dando la bienvenida.

— No lo entiendo —se queja la niña, pero la Reina Madre solo le sonríe antes de volver a dirigirse a su hija—: ¿te ha quedado claro cuál es tu cometido?

— Sí, mi reina. Así se hará —dicho esto, la mujer de piel negra, azabache y cabellos verdes se acerca a la niña, la coge con cariño de la mano y, haciéndole un guiño, se dirige con ella al Portal del Tiempo y lo atraviesan juntas.

En un parpadeo, la niña se ve en una esplendorosa y tupida plantación de fabulosos girasoles gigantes. Sobrevolado por enjambres de criaturas de alas verdes iguales a la hija de la Reina Madre. Comprendiendo esto, la niña se gira y le pregunta:

— ¿Y tus alas?

La mujer la mira sonriente y hace brotar de sus omóplatos unas ramificaciones que se distribuyen en un entramado perfecto. Sobre el cual se despliegan y afianzan un conjunto de membranas que dan lugar a dos enormes alas, similares en forma y color a dos gigantescas hojas de parra. La niña, maravillada, no puede evitar una exclamación de asombro:

— ¡Vaya! Qué bonitas. ¿Cómo te llamas?

— Mi nombre es Alfa, pequeña. ¿Y tú, cómo te llamas?

— No tengo nombre. A mi mamá no le dio tiempo de ponerme uno.

— Tu piel ha adoptado un tono más oscuro que el resto de nosotras, por ello, a partir de ahora te llamarás Ébano.

La niña, sorprendida, se mira y nota que el tono de su piel y el color de sus cabellos ahora son como los de su acompañante.

— ¿Qué me ha pasado?

— Nada fuera de lo previsto pequeña, Ébano. Ahora eres una Melífera.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.