Allí Donde Nacen Los Sueños 13.º

Capítulo 13

El Reencuentro

Oscuridad. Hasta ahora, en mi mente solo había oscuridad. Pero, tras descubrir que no soy una criatura Súmmum, sino un ser humano joven y bien formado, las barreras del olvido empiezan a desmoronarse, dando paso al cegador destello de la verdad. Una verdad que lo abarca todo, golpeando contundente mi psique cuando la mujer pelirroja, surgida de una brecha en el plano de esta inverosímil realidad, grita mi nombre:

—¡Damián! Eres Damián Beta 0.1, el experimento de Madre. ¿Cómo has llegado aquí?

—¿Madre? —susurro, atónito, intentando asimilar el aluvión de recuerdos que se superponen en mi memoria—. ¡Sí! ¡Te recuerdo! Eres Madre.

—No, Damián, no soy Madre. Soy Eva. Lamento decirte que Madre no es una persona; es una entidad. No tiene cuerpo. Se introducía en mí para acceder a ti. Para ella, no eras nada. Te utilizaba. Nos utilizaba a ambos. Éramos su experimento. Pero nunca me explicó cuál era la finalidad de dicha investigación.

—Pero ella me amaba… —arguyo, con poca convicción.

La mujer pelirroja no responde. Me mira conmovida, se acerca y, sin perder el contacto visual, me coge las manos. Se esfuerza en hacerme entender con sumo tacto:

—No, ella no te amaba, pero yo, el cuerpo utilizado para yacer contigo, sí te amo. Y aunque no comprenda este alocado frenesí, me dejo llevar porque me llena de gozo poder estar junto a ti siendo quien soy, no una marioneta de una entidad abstracta.

—¿Me amas?

—Así es. Si Madre no hubiese tomado el control de mi cuerpo, nunca te habría abandonado.

—Si no deseas que te llame Madre, no lo haré. ¿Cómo deseas que te llame?

—Eva, llámame Eva.

—De acuerdo, Eva. Debo serte sincero. Seas quien seas, has de saber que has tardado tanto en corresponderme, que ya no sé si creerte.

—Lo comprendo. No esperaba que te lanzases a mis brazos de inmediato. Solo quería aclarar quién soy y cuáles son mis sentimientos hacia ti. Escucha, ¿qué te parece si olvidamos todo lo sucedido hasta ahora y empezamos desde cero? Solos tú y yo. Ya nada puede impedir que nos amemos.

La miro en silencio mientras pienso en su propuesta. Dejar atrás el pasado es lo mejor, sin duda. Estoy cansado de arrastrar esa pesada carga. El ahora es lo único que importa. Justamente aquí, frente a esta bella mujer que me mira con tanto amor.

—Vale. Hagamos eso —le respondo complacido.

—No sé qué pasará a partir de ahora, Damián, pero tengo claro que lo afrontaremos juntos.

—Así será, Eva. Pero dime, ¿cómo has abierto ese portal en la nada?

—No lo abrí yo. Deja que te cuente desde el principio: cuando aún vivía en El Pilar del Cielo contigo, tuve un desmayo en mis aposentos. Al despertar, seguía mareada y con náuseas, por lo que me hice un control médico de urgencia. El resultado fue sorprendente. Estaba embarazada. ¿Te lo puedes creer? Hace tanto tiempo que una de nosotras no está en cinta que ya nadie recuerda que, como hembras, tenemos esa facultad. Pero claro, sin hombres en nuestra sociedad, es normal. El caso es que Madre se apoderó de mi cuerpo nada más saberlo y, de inmediato, se embarcó en la primera nave estelar que salía en ese momento para investigar un peligroso agujero negro surgido cerca de nuestro planeta. Yo luché por impedirlo, créeme; sin embargo, ella poseía un control superior al mío. Ya en la nave, activó una cápsula de animación suspendida y nos metió en ella. Desperté en la peligrosa boca del agujero. Madre había desaparecido. Volvía a tener el control de mi cuerpo, pero estaba atrapada en la cápsula, sin forma alguna de salir, predestinada a una muerte segura. Milagrosamente, cuando todo parecía perdido, una de esas desagradables criaturas, Súmmum, apareció, me ofreció su ayuda y, acepté. Así acabé en este desconcertante universo…

Fascinado con su historia, no puedo evitar interrumpirla como un niño exaltado para contarle la mía:

—¡Vaya! A mí me sucedió algo parecido. Tras la desaparición de Madre, todo empezó a cambiar. Unas mujeres de sotanas blancas irrumpieron en mis aposentos, expulsaron a Sara, mi cuidadora, y pusieron en su lugar a una chica inexperta que desconocía los protocolos de seguridad. Gracias a ello, pude escapar de El Pilar del Cielo. Pero al llegar a la calle, tomé conciencia de las consecuencias de dicha acción. Descubrí que yo era el único hombre vivo y que las mujeres nos odiaban a muerte. Estaba atrapado. Una de ellas se compadeció de mí y me sugirió que me suicidara. Le tomé la palabra, eché a correr y me precipité al vacío. Mi destino era morir. Pero una criatura oscura de alas verdes me rescató, trayéndome aquí. Desde entonces, no he hecho otra cosa más que huir de sus compañeras y seguir sus consejos de supervivencia. El Súmmum con el que me has visto es el primero con el que me cruzo. No sabía nada de ellos hasta hoy. Por cierto, si estás embarazada no deberías tener el vientre hinchado. Madre me enseñó mucho de la antigua sociedad de los dos sexos, entre otras cosas. Era una gran maestra. Sus conocimientos parecían no tener límites.

—No lo sé. Nunca había estado embarazada. Yo también he leído mucho sobre la sociedad de los dos sexos. De hecho, Madre me escogió por ser la mejor en ese campo. Pero jamás me habló ni facilitó información sobre las consecuencias.

—¿Y el padre? ¿Quién te lo engendró?

—¿Es una broma, Damián? ¿Quién crees que podría haber sido? ¿Cuántos hombres vivían en El Pilar del Cielo?

—¡Oh, vaya! ¡Yo soy el padre!

—Pues sí que has tardado en darte cuenta.

—Lo siento, no se me ocurrió… ¿Puedes sentirlo?

—La verdad es que al llegar a este lugar dejé de sentirlo. Quizá lo haya perdido. Recuerdo que me sucedió algo curioso antes de llegar aquí. El Súmmum que me rescató se detuvo en la oscuridad a observar a un terrible individuo que se hacía llamar San y que iba a matar por placer a unos niños. Yo impedí que eso pasara liberándolos de su prisión. Pero, para mi sorpresa, una adorable niña pelirroja como yo me llamó madre y quiso quedarse conmigo, pero le pedí que huyera cuando San nos pilló. Casi nos mata. Lo más irritante es que a esa horrible criatura Súmmum no le importaba. Nos habría dejado morir. Encolerizada, me lancé contra ella queriendo golpearla, pero en vez de eso, caí dentro de ella y acabé aquí, contigo.

—¿Y la niña?

—Huyó. La vi correr hasta perderse en la oscuridad.

—¿Crees que podría ser nuestra hija?

—Algo me dice que sí, no obstante prefiero no pensar en ello…

—¿Os vais a pasar todo el día hablando? El tiempo apremia. Hemos de llegar al sendero de las almas. —Como es ya costumbre, Ébano vuelve a aparecer sin más y con apremio nos incita a seguir adelante—. ¡Hay que llegar al Sendero de las Almas!

Al oír a Ébano hablar del Sendero de las Almas, no puedo evitar pensar que las suposiciones del Súmmum no iban mal encaminadas:

—¿Por qué quieres que vayamos a ese lugar?

—Es el único modo de salir del Nexus.

—¡¿Se puede salir de aquí?! —pregunta Eva, gratamente sorprendida.

—Sí, es algo complicado, pero se puede. Ahora síganme.

Esta curiosa criatura se mueve de maravilla por este extraño lugar. Está claro que este es su entorno. Eva y yo la seguimos sin rechistar por un nuevo portal oculto en la base de dos enormes árboles trenzados. Y como era de esperar, vuelvo al reino de la oscuridad. Pero esta vez es distinto. Ahora ya no viajo solo.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 12.º

Capítulo 12

Novoa

Los canales de las numerosas pantallas repartidas por la mega acrópolis Centauro compiten por la audiencia emitiendo repetidamente imágenes de la aparición y muerte de la criatura Damián, captadas por las cámaras de seguridad del emblemático edificio El Pilar del Cielo, mientras narran en directo sus versiones de los hechos. Sin lugar a dudas, el revuelo causado por este suceso es la noticia más relevante del día. Pero no por mucho tiempo. Sin previo aviso, las emisiones son interrumpidas para dar una nueva e inquietante noticia: un agujero negro de proporciones descomunales se acerca peligrosamente al planeta, devorando todo a su paso.

“¡Vaya! Ciertamente, está siendo un día atípico. Primero la muerte de Damián y ahora este repentino agujero negro. Me pregunto qué será lo siguiente”, piensa Sara mientras se relaja cómodamente en un discreto dispensador de licor de vida en la Vía Celestial, justo frente a su antiguo lugar de trabajo. Desde allí, observa a las fuerzas del orden y a un equipo forense encargándose de la situación, interrogando a los testigos y retirando los restos de Damián de la calzada, depositándolos meticulosamente en frigoríficos portátiles para su posterior análisis. Un tumulto de curiosos se agolpa alrededor de la zona acordonada, observando expectantes.

No lejos de ella, dos agentes uniformadas con trajes de neopreno blanco con refuerzos en codos y rodillas interrogan a una mujer de melena negra ondulada, sentada en el mismo dispensador de licor de vida que Sara. Las agentes toman notas en unas pequeñas tabletas electrónicas mientras la mujer habla alegremente, gesticulando con los brazos.

Una vez termina de hablar con las agentes, la mujer se levanta con su licor de vida en la mano, recorre la corta distancia que la separa de Sara y se sienta junto a ella: “¿Te importa que compartamos mesa?”.

Sara, sin girarse para mirarla, responde: “¿Qué te trae por esta zona de la mega acrópolis, Novoa?”.

“Lo mismo que a ti, supongo”, aclara Novoa, sin cambiar su estado de ánimo y contraatacando con otra pregunta: “¿Debe ser frustrante fracasar en un proyecto de tanta envergadura?”.

“Lo cierto es que no”, dice Sara, haciendo una pausa antes de continuar, “mi responsabilidad en él era casi nula. El peso del proyecto recaía sobre la oficial científica Eva.M52, quien debía ser reverenciada como si fuera Madre. Una auténtica psicótica incompetente que se extralimitaba en sus funciones y que, de la noche a la mañana, decidió embarcarse en un vuelo estelar, dejándonos a todas boquiabiertas, sin conocer los pormenores de su decisión. En resumidas cuentas, esta catástrofe era predecible”.

Novoa, sin dejar de observar el pálido y fino rostro de Sara, escucha atentamente cada una de sus palabras. Cuando Sara calla, Novoa frunce el entrecejo con suspicacia y le dice socarrona: “Sabes cosas que no deberías saber”. Sara no responde, pero un leve rubor en sus mejillas la delata. Novoa se percata de ello, pero no lo menciona. Mirando a Sara con la admiración que despierta una alumna aventajada, le advierte con severidad: “Ten cuidado, jovencita. Sé que has visitado a Nra. Sra. Santa y, aunque admito que tienes valor, apuestas demasiado alto. No es sabio jugar con fuego. Si Eva te parecía inestable, no sabes nada de la Sra. Santa”.

“¿Y tú?”, interrumpe Sara, algo envalentonada, “¿cómo es que sabes tanto? Si no fuera por mi escepticismo, juraría que puedes leer el pensamiento”.

“¡Uy! Qué cosas tienes. Soy más vieja de lo que crees, pero no te diré mi edad, es de mal gusto”, responde Novoa, aclarándole: “Por azares del destino me he convertido en la más antigua del lugar. Condenada a portar una verdad incómoda que no me es permitido transmitir. No obstante, si hubiese una interesada, lo suficientemente perspicaz y perseverante, quizá, podría liberarme de dicha carga”.

Sara, que hasta el momento no había dejado de observar el revuelo en la Vía Celestial, siendo testigo de la partida de las fuerzas del orden y de la llegada de los servicios de limpieza, finalmente gira su rostro hacia Novoa y, mirándola fijamente a los ojos, pregunta: “¿Qué me estás proponiendo?”.

“Nada que no se te haya ocurrido ya”.

“No eres de fiar, Novoa. Activista, terrorista, mercenaria, tu fama te precede”.

“No creas todo lo que oyes, jovencita. Si yo estuviera en tu lugar, cuestionaría más las cosas. Teniendo en cuenta todo lo que posiblemente hayas visto y oído en El Pilar del Cielo, no creo que seas de las que aceptan sumisas todo lo que acontece. ¿Acaso no te has preguntado alguna vez por qué ésta arteria de la mega acrópolis se llama la Vía Celestial o por qué somos una sociedad solo de mujeres? Estoy segura de que tanto tú como tus compañeras de El Pilar del Cielo se han planteado estas cuestiones”.

“¿Compañeras? No tenía compañeras en el estricto sentido de la palabra. Las pocas que accedíamos al edificio teníamos funciones exclusivas, ajenas unas de otras, y rara vez coincidíamos. Al margen de la oficial científica Eva.M52, yo era la única que accedía a los aposentos de Madre para cuidar de su experimento, la criatura Damián. El resto del personal desconocía su existencia”.

“Pero supongo que conocerás perfectamente el edificio”.

“Qué va, solo conozco la sala de acceso, los dispensadores de licor de vida, la sala de ascensores y los aposentos de Madre”.

“Y si te dijera que ese edificio en concreto no tiene secretos para mí y que estoy dispuesta a compartirlos contigo a cambio de que me ayudes a entrar en él, ¿qué me dices?”.

“Que teniendo en cuenta todo lo sucedido en las últimas horas, me encantaría escudriñar cada una de sus salas. Sin embargo, no veo cómo vamos a hacerlo, ya que con la muerte de Damián he perdido mi salvoconducto para entrar en él”.

“Eso déjamelo a mí. Solo necesito que me acompañes y ratifiques mis credenciales”.

Sara guarda silencio y se toma su tiempo para sopesar los pros y los contras de la propuesta de Novoa. Bebe un sorbo de su licor de vida y echa un vistazo al edificio desde su privilegiada ubicación en el dispensador. Vuelve a mirar a Novoa a los ojos y acepta: “De acuerdo, hagámoslo”.

“Bien, no esperaba menos de ti, jovencita. Ahora, si me disculpas, he de partir. Hay cuestiones que reclaman mi presencia”.

Dicho esto, Novoa se pone en pie y se dispone a marchar, pero Sara, poniendo en práctica sus habituales tácticas indagatorias, le deja caer: “¿Realmente era necesario sacrificar a Damián?”.

Novoa le sonríe complaciente y responde: “Es indudable que he escogido acertadamente. Una lástima lo del chico, lo admito, era una criatura adorable, pero a veces es necesario el sacrificio de uno para salvar al resto”.

“¿¡Al resto!? ¿Es que su libertad nos ponía en peligro?”, exclama Sara, desconcertada.

“Su libertad no, su existencia. Por cierto, esas Harimaguadas están haciendo demasiadas preguntas a las chicas de los servicios de limpieza”, advierte Novoa, señalando la escena con un movimiento de su cabeza. “¿No te parece curioso que no interrogaran a las fuerzas del orden?”.

“Pues sí que es raro”, susurra Sara, estudiando la situación con detalle, hasta que Novoa la interrumpe: “Espabila, jovencita. En breve vendrán a por ti y espero que no me decepciones. Con la Sra. Santa no se puede bajar la guardia nunca”. Y sin más, se aleja cruzando la arteria con elegancia y regalando una coqueta sonrisa a las Harimaguadas, que al verla partir, se giran para mirarla con sus pálidos e inquietantes rostros inquisidores. Acto seguido, vuelven sus frías miradas hacia el discreto dispensador de licor de vida y centran toda su atención en Sara, que, indiferente, permanece aún sentada en una de sus sillas. Ignorando a las seguidoras de la Sra. Santa, apura el último trago de su licor de vida y deja su recipiente vacío junto al de Novoa, percatándose de que está intacto: “Nadie deja la sagrada bebida sin consumir”, piensa, poniéndose en pie para marcharse. Pero las Harimaguadas se interponen en su paso: “Nra. Sra. Santa exige que se persone en el Santuario”.

Sara, imperceptible, saca de una funda de su cinturón una agenda electrónica y responde: “Por supuesto, comuníquenle que será un placer visitarla después de cumplir con mis nuevas funciones en la Sede Capitular”.

— ¡Quizá no nos ha entendido bien, ha de acompañarnos ahora! —insisten amenazantes las Harimaguadas.

— Lo comprendo, pero si eludo mis responsabilidades, ¿asumiréis vosotras las consecuencias de lo que pudiera pasar en mi ausencia? Conocéis de sobra la inflexibilidad de Nra. Sra. Santa.

— ¡Precisamente por ello, ha de acompañarnos!

— Sea, pues, cumplamos con su demanda.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 11.º

Capítulo 11

Ntra. Sra. Santa

Oscuridad. Solo ve oscuridad. No obstante, sabe que San está ahí, en alguna parte, vigilándola, sigiloso como un depredador acechando a su presa. Todos sus sentidos la alertan de su presencia, aunque no pueda verlo. Así, con la frente empapada en sudor y alguna que otra gota recorriendo su semblante, se achica por momentos ante esa certeza, para luego remontar más fuerte de espíritu, en un extraño comportamiento bipolar que la arrastra ineludiblemente a la locura.

Pero no, ella es la Sra. Santa, elegida por la entidad Madre para mantener el orden en su mundo. A pesar de los momentos de debilidad, no va a rendirse nunca. Por mucho que San la acose desde lo más profundo de su psique, jamás cederá a sus reclamos. Inflada de cólera, le desafía:

—¡San! ¡San! ¿Dónde te escondes? ¡Sé que estás ahí! ¡Muéstrate!

La alta y oscura bóveda de la Sala Poligonal le devuelve el eco de sus gritos, pero no cesa. Grita y grita con la voz desgarrada y la mirada extraviada hasta ser interrumpida por su Harimaguada de confianza:

—Mi señora, han llegado los últimos informes sobre la brecha.

La Sra. Santa se vuelve hacia ella y la observa en silencio durante unos incómodos segundos, con una estúpida expresión de terror dibujada en el rostro, como si no la hubiese visto en la vida. Sin embargo, su subordinada actúa con naturalidad, haciéndole creer que no se percata del deterioro mental que la consume. Sin inmutarse, permanece paciente en una posición semi-inclinada, esperando a que su Sra. se recomponga.

—Los informes… —susurra la Sra. Santa, rompiendo su mutismo y volviendo, en un inesperado giro radical, a su despotismo habitual—. ¡Cuéntame! ¡Deprisa! ¡He de saber cuánto tiempo nos queda! —apremia a su seguidora.

—Poco, mi Sra. Tras sucesivos fracasos en nuestro empeño de obtener datos fiables, lamento comunicarle que en cuestión de días el planeta será arrastrado al interior de la brecha, como todas las naves que hemos enviado allí.

—¿De dónde proviene esa información?

—De Nébula-578. Los datos fueron cotejados en su ronda número 7499 y son cien por cien fiables. Sin lugar a dudas, es una de nuestras naves más eficientes. Es lamentable haberla perdido en la incursión junto con la excelente brigada de élite que la tripulaba.

—¡Una gran pérdida! ¡Cierto! ¡Tanto humana como material! Pero a veces el sacrificio es inherente al objetivo, mi leal Harimaguada.

—También sabemos por ella que todas las cápsulas de criogenización se hallaban abiertas en el momento en el que los reactores de la nave explotaron, salvo una. La cual, sorprendentemente, aún nos envía señales que inducen a creer que alberga vida.

—¿Sabemos quién ocupaba esa cápsula?

—Sí, mi Sra. La ocupante es la oficial científica Eva.M52.

—¡La favorita de Madre! ¡Magnífico! ¡Quiero que recuperen esa cápsula de inmediato! ¡Estoy convencida de que ella es la causante de la desaparición de Madre!

—Así se hará, mi Sra. No obstante, me veo obligada a recordarle que nuestra flota se ha visto notablemente mermada con nuestros reiterados intentos de recabar información sobre la brecha. No nos podemos permitir el lujo de perder más naves. De seguir así, no vamos a poder evacuar a toda la población.

—¡Ya he dicho que el sacrificio es inherente al objetivo! ¡La prioridad ahora es recuperar la cápsula! ¡No me aburras con nimiedades! ¡Haz lo que consideres necesario para resolver esa cuestión, pero quiero recuperar la cápsula! ¡Ya!

La Sra. Santa hace ademán de retirarse a sus aposentos, dando por terminado el parte del día, pero por el rabillo del ojo se percata de que su Harimaguada de confianza no se retira.

—¿Hay algo más que deba saber?

—Así es, mi Sra.

—¡Pues a qué esperas! ¡No dispongo de todo el día!

—La criatura Damián ha muerto. Tras fugarse del pilar del cielo y dejarse ver por cientos de hermanas que transitaban por la Vía Celestial, se ha precipitado voluntariamente al vacío por el barandal más cercano de la misma. Las fuerzas del orden ya están allí haciéndose cargo de la situación.

Al oír la noticia, la Sra. Santa no puede evitar dejar escapar una amplia sonrisa de satisfacción.

—¡Bien! ¡Un problema menos! Sabía que si sacaba a la mosquita muerta de Sara del proyecto y ponía en su lugar a una jovencita inexperta, todo el proyecto se desmoronaría. Evacuad sobre la marcha todo el edificio y precintad todas las vías de acceso. ¡Hasta nueva orden, que nadie entre en ese edificio! Oh sí, me satisface mucho haber acabado con ese experimento sacrílego. Ahora, retírate. He de visionar algunas mini-cápsulas.

Dicho esto, ambas dan por finalizada la reunión y abandonan la Capilla Poligonal en sentidos contrarios por los dos únicos y opuestos portales góticos de la estancia.

Refugiada en la intimidad de sus aposentos, la Sra. Santa se sienta ante su consola y, abrumada por el escepticismo, inserta la mini-cápsula que le entregó Sara. En nada, se empiezan a proyectar una sucesión de vídeos cortos tridimensionales que se repiten una y otra vez en un bucle sin fin. Parecen ser pequeños fragmentos de una vida pasada, pero no acierta a adivinar de quién es esa vida. Al principio los mira con indiferencia, pero pasados unos segundos se siente abducida por ellos. Llegado un punto, la proyección se acelera paulatinamente, acompañada por destellos lumínicos entre escena y escena, dificultando el visionado. Así permanece absorta hasta que el parpadeo lumínico que se proyecta en su cara despierta en ella una terrible verdad que hasta ese instante había estado sumida en un oscuro letargo. Mientras los destellos lumínicos profundizan más y más en sus pupilas, la expresión de su rostro va cambiando al compás, de la indiferencia absoluta al pánico desmedido:

—¡No! —grita descompuesta llevándose la mano al pecho. Siente que el corazón le va a estallar. Le falta oxígeno—. ¡Esto no puede estar pasando! —piensa mientras todo le da vueltas. Fatigada, vomita sobre la consola y se levanta tambaleándose en busca de auxilio. Cegada por el dolor, alza el otro brazo y golpea con la palma de la mano un interruptor cercano antes de desplomarse al suelo como un tronco sesgado.

Al instante, su séquito de Harimaguadas irrumpe en sus aposentos, con su preferida en primera línea. Esta se lanza de rodillas ante su soberana y la sujeta firmemente de la mano, mientras trata de entender lo que la Sra. Santa balbucea.

—¡Silencio! —implora angustiada, y el resto de las Harimaguadas callan—. La escucho, mi Sra.

La Sra. Santa, haciendo un esfuerzo supremo, le ordena con un hilo de voz que traiga ante su presencia a Sara, mientras oye en su cabeza con toda claridad la voz de San que le dice:

—¿Me llamabas, juguetito?

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Dislexia: Ahí Estaba Yo

Ahí estaba yo, trepando por el muro, buscando meticulosamente los puntos de apoyo, abriéndome paso con mis manos desnudas y adhiriéndolas a cuanto saliente encontraba. Como un escalador de rocas, aprovechaba mi físico robusto para hacer contrapeso en este ascenso vertical, como una araña vespertina ansiosa por extender su tela en el lugar más elevado, donde la caza es más propicia que a ras del frío suelo. Miraba furtivamente hacia el supuesto final de este viaje, pero esquivaba la mirada cegado por la luz solar que se proyectaba sobre mi sudoroso rostro, una promesa deslumbrante y calurosa que atraía y repelía a la vez, instándome a seguirla a ciegas, inclinándome subyugado como un alma perdida en busca de esperanza.

Ahí estaba yo, impulsándome con torpeza al ascender, rompiéndome las uñas al apoyar mis dedos en ínfimos recovecos para no precipitarme al vacío, sudando la gota gorda para no perder el equilibrio en este vaivén ascendente. Daba lo mejor de mí para cumplir con el reto con cierta dignidad, eludiendo los podios de vanidades que solo conducen a la amargura. Porque nada es eterno. Todo cambia, excepto la naturaleza humana. Las personas, atrapadas en un bucle sin fin, siglo tras siglo, generación tras generación, sufren y olvidan para volver a padecer como si nunca hubieran vivido.

Ahí estaba yo, preguntándome qué pintaba en el reino de las almas huecas cuando la mía estaba llena de sueños. ¿Qué divinidad cruel me desterró a este lugar de eterna descompensación, donde los que tienen más oprimen a los que tienen menos? Sumido en un mar de incógnitas y embriagado por mis fantasías, clavaba mis dedos como garras en una superficie vertical, trepando hacia una cima que me reclamaba a gritos, pero que no lograba alcanzar.

Ahí estaba yo, incontables horas más tarde, finalizando la proeza. Haciendo el último esfuerzo por ubicarme sobre el muro, sacudiéndome el polvo del ascenso, secándome el sudor de la frente e intentando recuperar el aliento. Recompensado por la visión de un horizonte azul levitando sobre un mar de esponjas blancas, conservaba el equilibrio en esta estrecha superficie como un equilibrista inexperto. Al mirar a mi alrededor, solo veía la atmósfera mencionada. Trepar al cielo no es tarea fácil. Debería haber algo más que nubes superpuestas sobre un fondo celeste, porque, por muy bella que sea esta estampa, si no aporta más contenido, el objetivo alcanzado descompensa, dejándote más vacío de espíritu que cuando comenzaste.

—¡Janti Danti! ¡Janti Danti!—gritó una voz tras de mí.

Me volví hacia la fuente de la llamada y me encontré con un espejo que me devolvía mi reflejo. —¡Caramba! ¡Pero si soy un huevo con extremidades y faz atolondrada!—exclamé sorprendido.

Retrocedí, perdí el equilibrio y rodé por la cima del muro, precipitándome al vacío.

Ahí estaba yo, roto en mil pedazos, con mis sueños esparcidos por doquier e incapaz de recomponerme. Vi surgir de las sombras a cientos de criaturas diminutas que se apoderaban de mis sueños y se los llevaban felices a sus cubículos, privándome del único sustento que daba sentido a mi vida. Incapaz de evitar este expolio, sentí unos golpecitos en mi hombro que me trajeron de vuelta a la realidad, acompañados de una voz que decía:

—Caballero, el tiempo del examen se ha agotado. Por favor, deposite los impresos en la mesa junto a la salida, antes de partir.

Ahí estaba yo, más ido que perdido en el momento y lugar menos indicados.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 10.º

Capítulo 10

La Reina Madre

Una vez dentro de la esfera, la niña se sienta en su regazo y, sin perder la espontaneidad, pregunta con una chispa de preocupación en la mirada:

— ¿Por qué no se puede salir?

— No te asustes, preciosa. Solo bromeaba. Tú sí puedes salir, pero no por el portal por el que entraste – le responde la Reina.

— ¡Ah, bueno! – dice la pequeña, y casi sin respirar continúa: – ¿Y ahora qué?

— Si lo deseas, puedo contarte cómo llegué aquí – propone la Reina Madre.

— ¡Vale! – asiente la niña.

— Pues que así sea – sentencia la Reina antes de comenzar a narrar su historia.

— Hace mucho tiempo…

— ¿Empiezas como si fuera un cuento? – interrumpe la niña.

— ¿No te gustan los cuentos? – pregunta la Reina sin dejar de sonreír.

— ¡Me encantan los cuentos! – responde la pequeña entusiasmada.

— Bueno, en ese caso, continuaré:

Hace mucho tiempo, eones atrás, las Melíferas proliferábamos por todo el universo gracias a la capacidad de nuestras alas para transformar la materia. Por ejemplo, podíamos convertir la oscuridad en luz y usarla para transformar la materia inorgánica en orgánica. Estos procesos liberaban oxígeno en la atmósfera, favoreciendo nuestro ciclo biológico y garantizando nuestra perpetuidad en un escalafón privilegiado de la escala evolutiva.

Durante siglos, fuimos las únicas poseedoras de esta capacidad, por lo cual se nos consideraba imprescindibles en el ciclo de la vida. Sin embargo, con el tiempo surgieron nuevas entidades biológicamente menos complejas, que también podían llevar a cabo esta transformación de manera más simple, relegándonos al olvido.

Marginadas por nuestro entorno natural, caímos inexorablemente en la extinción, viéndonos obligadas a migrar a lugares excesivamente cálidos donde nos era imposible adaptarnos. Empezamos a enfermar progresivamente. Innumerables Melíferas, cuyos cuerpos putrefactos se resecaban al sol, sirvieron de pasto para las especies carroñeras. La mayoría permitían que el destino las alcanzara sin oponer resistencia.

En aquel entonces yo era joven y arrogante. No estaba dispuesta a morir. Había que sobrevivir a toda costa. Para proteger a mi Reina Madre, me uní a un grupo de valientes con las que resistí durante años las inclemencias de las zonas cálidas, aferrándome obstinadamente a la vida.

Esta situación duró más tiempo del que puedo recordar. Un día, cuando el sol nos flagelaba con una ola de calor mortífero, la Reina exhaló una bocanada de aire y se desplomó. Abatidas por su pérdida, el reducido grupo de Melíferas que aún permanecíamos a su lado, nos dispersamos.

Deambulé día y noche sin rumbo por aquellos parajes secos y homogéneos. Sin esperanza, hallé refugio en una fría gruta. Me dejé caer sobre su abrupto suelo y deseé morir, maldiciendo mi suerte. Así permanecí hasta que el sueño y el agotamiento se apoderaron de mí.

No sé qué me impulsó a despertar. Al abrir los ojos, descubrí una extraña luz en forma de esfera, levitando entre estalactitas fosilizadas. Brillaba como un sol minúsculo de color azul blanquecino. Movida por la curiosidad, me acerqué para tocarla, pero antes de que pudiera siquiera rozarla, alguien oculto entre las sombras interrumpió ese momento mágico con una voz profunda y fría que retumbó en mi cabeza: – “¿Te gusta lo que ves?…”

Alertada, me volví para enfrentar a quien hablaba. Una Melífera que se precie no se amedrenta ante nada. — “¿Es hermosa, verdad?…” — Sin bajar la guardia, pregunté: – ¿Qué es?

— “Es mi compensación. Tras nutrirme innumerables veces de los sueños de los durmientes, he conseguido hacerme lo suficientemente fuerte como para generar mis propias brechas en el Nexus. Ahora soy libre para viajar en el espacio y en el tiempo, más allá de sus barreras. Mi gratitud hacia mis benefactores involuntarios será eterna. Les brindaré las mejores imágenes de las infinitas posibilidades que se presentan actualmente para mí…”

Oculto en las sombras, su monólogo pausado me aburría. Quizá esperaba hallar en mí un confidente digno, alguien capaz de entender la grandeza de su proeza. Pero yo no le escuchaba. Concentrada en localizar su ubicación, sondeaba todos los recovecos de la gruta con la clara intención de deshacerme de su compañía, no grata, al estilo poco ortodoxo de las Melíferas.

Afinando mis sentidos, me repetía: – “Sigue hablando, sigue hablando…”

Anulando todo sonido que pudiera distraerme, localicé su posición con excelente precisión. Tan clara la tenía, que casi podía adivinar su silueta en la oscuridad. Sin dilación, me abalancé sobre la presa con mis garras y colmillos listos para desgarrar.

El impacto fue terriblemente doloroso. Mi frente sangraba. Aturdida, lancé varios zarpazos al vacío hasta comprender que no había nada a lo que golpear. No conseguía entender lo sucedido. Era imposible errar un ataque tan claro. A no ser… que allí no hubiera nada. Aterrada, pregunté: – ¡¿Quién eres?!

— “No malgastes energía, las criaturas Súmmum somos intangibles.”

Retrocedí consciente de que no era rival para él. — ¿Qué quieres de mí? – me atreví a decir con un hilo de voz.

— “No estoy aquí por ti.” — respondió con indiferencia.

— ¿Pues qué te ha traído a este lugar?

— “Su luz. Su deliciosa luz”.

— ¿Qué tiene de delicioso la luz?

— “¡Todo! Para mí, todo. Soy un ser de la oscuridad, la luz es mi nutriente, la necesito para vivir.”

— Si tanto te gusta, ¿por qué te escondes? Sal fuera, date un festín.

— “¡Oh, sí, ojalá pudiera, pero no es posible! La cantidad que puedo asimilar es mínima. Normalmente, me nutro de la luz que emanan los sueños de los durmientes. No obstante, en uno de mis múltiples viajes, una de mis brechas me transportó aquí. Quedé maravillado y, a la vez, saciado, por lo que decidí volver siempre que me fuera posible.”

— ¡Muéstrate! – le desafié, hastiada de oír su verborrea.

Entonces, de las sombras surgió una criatura de piel albina, lisa y limpia, sin un solo vello en el cuerpo. Carecía de rostro. En su faz solo había unas cuencas en las que flotaban unas luces a modo de pupilas color rojo encendido. — ¿Qué eres?

— “Ya te lo he dicho, soy una criatura Súmmum que se ha liberado de sus cadenas. Ahora estoy en todas partes y en ninguna. No hay secretos para mí. Todas las mentes están a mi disposición, inclusive la tuya. Sé que eres la última superviviente de tu especie. Siento tu coraje, tus ganas de vivir y, a la vez, tu desesperación al no poder burlar a la muerte. Sé que me matarías sin contemplaciones si pudieras, y que abandonarte a tu suerte sería lo más sensato por mi parte. No obstante, tu belleza y tus cualidades como depredadora me fascinan. Es la primera vez que me cruzo con una forma de vida como la tuya. No puedo evitar sentir una ferviente admiración. Dicho sentimiento me hace vulnerable, pero no me importa. He decidido dejarme arrastrar por ellos y ayudarte a encontrar un lugar mejor en el que puedas perpetuar tu raza.”

— ¡Déjate de rodeos! No me sobra el tiempo. Si quieres que te entienda, has de ser más concreto.

— “Te ofrezco un mundo donde podrás tener una segunda oportunidad.”

— ¿Cómo se llega a ese lugar?

— “Para nacer, primero has de morir. Te explico. Mi función en el orden de las cosas es reubicar almas perdidas a cambio de un poco de luz de vida latente en el aura de sus mortajas. Dicha función me otorga la capacidad de desplazar un alma de un sitio a otro siempre que ésta abandone su receptáculo. Podría recoger tu alma y depositarla en el Nexus, un lugar en el que las almas abandonan su estado etéreo tomando forma corpórea.”

— ¿¡Deseas que muera!? ¡Te aseguro que no moriré sin luchar!

Mi amenaza provocó en él una carcajada sincera. Luego aclaró: – “No esperaba menos de ti. La cuestión es que no te queda mucho tiempo de vida. Tú lo sabes y yo lo sé. Lo que te ofrezco no es tan descabellado. Deja que sea yo quien recoja tu alma antes de que el ángel oscuro se adueñe de ella y te aseguro que vivirás para siempre.”

Guardé silencio durante un buen rato, sopesando los pros y los contras. Era evidente que esa criatura sabía demasiado sobre mí. Quizá fuera verdad que estaba unida a todas las mentes, aunque me costaba creerlo. La cuestión era que, ciertamente, mis horas estaban contadas. Solo me quedaba esperar a que llegara el fin.

—¿Qué decides, guerrera? —inquirió, interrumpiendo mis cavilaciones con una impaciencia que no había notado hasta el momento.

—¿Y si rechazo tu oferta?

—Me iré sin más. No puedo transportar tu alma si no me das tu consentimiento. Has de estar dispuesta a abandonar tu mortaja.

—En ese caso… acepto —respondí sin darle más vueltas.

Tan pronto como terminé de hablar, experimenté una intensa sensación de vacío. El tiempo se ralentizó en una caída vertiginosa que me despojó del cuerpo y me sumió en las sombras. Una voz serena y distante me arrulló en mi lúgubre descenso hasta que el silencio se adueñó de todo. Justo en ese momento, recuperé la conciencia y me aventuré a abrir lentamente los ojos.

Oscuridad. Solo vi oscuridad. Horrorizada, tomé conciencia del engaño. Esa extraña criatura me había transportado a un lugar carente de vida, frío y oscuro. Flotando a la deriva en las profundidades de la nada, sentí cómo se encogía mi alma. Desolada, creí morir. Pero, por azar del destino, mis facultades innatas para transformar la materia acudieron en mi auxilio. Se activaron tras percatarse de la hostilidad del entorno, creando una burbuja de oxígeno en cuyo núcleo me sentí a salvo. Pero no por mucho tiempo. La energía liberada en el proceso despertó a la oscuridad de su letargo. Ésta, aplastada contra las barreras gaseosas de mi refugio, empezó a bullir, expeliendo unas pompas pastosas que al eclosionar liberaron cientos de minúsculas larvas blancas. Movidas por una imperiosa necesidad de consumir luz, se abalanzaron ansiosas sobre mí, envolviendo mi receptáculo.

Instintivamente, mis alas, abiertas de par en par, absorbieron los componentes oscuros del agresor, devolviéndolos transformados en una cegadora y ardiente andanada de energía lumínica. Incineraron a la avanzadilla de larvas, colisionaron violentamente contra el punto de inflexión que nos separaba y generaron chispas en un número indefinido de partículas que flotaban inertes en el entorno. Electrones y neutrones comenzaron a unirse formando átomos y, estos, a su vez, moléculas. Se formó una masa de componentes más pesados que se aglutinaron hasta crear una costra rocosa extremadamente caliente sobre la superficie de la burbuja gaseosa que me envolvía.

Agotada, me detuve para tomar aliento. Levité en mi núcleo protector y me percaté de lo holgada que había quedado la esfera en el ardor de la contienda. Las rocas que la envolvían se habían cristalizado debido a las altas temperaturas generadas, creando una barrera que la oscuridad no podía atravesar y concediéndome una tregua que me permitió caer rendida en un profundo sueño.

Nuevas e incontables larvas blancas reemplazaban a las que morían intentando acceder al interior. Impactaban en el exterior como una lluvia de granizo, en una segunda y definitiva oleada que parecía no acabar. Nuevamente, de forma instintiva y a modo de defensa, se activó la capacidad de mis alas para transformar la materia. Generé un cóctel primigenio de gases que, tras un tiempo atrapados en el interior de mi prisión, dieron lugar a una especie de atmósfera. Facilitaron la aparición de agua, que propició el nacimiento de organismos que, a su vez, fueron modificando el ambiente, evolucionando y reproduciéndose hasta conformar el Nexus que ahora conoces.

Durante la segunda andanada permanecí sumida en un profundo letargo. Al despertar, quedé maravillada con la belleza del lugar que había surgido de la nada. Aturdida aún por el largo descanso, me llevé la mano a la sien, cerré los ojos y dejé escapar una bocanada de aire. Acto seguido, decidí explorar el nuevo mundo que se mostraba ante mí. Pero… ¡Horror! No pude. Atónita, lo intenté una y otra vez, hasta comprender que había quedado confinada en el núcleo del Nexus.

—¡Eres fabulosa! Sabía que no me defraudarías —me dijo el ser paliducho y rastrero mientras aplaudía, orgulloso de sí mismo.

—¡Tú sabías que esto pasaría! ¡Me mentiste! —le imputé, encolerizada. Aunque a él, más que ofenderle, parecía alegrarle, animándole a seguir hablando.

—Así es. No ha sido fácil, lo admito. Omití algunos detalles, pero no te mentí. Dije que te traería al Nexus y así lo he hecho.

—¿De qué Nexus me hablas? ¡Antes de que llegara aquí no había nada! ¡Lo que ahora ves ha surgido con mi llegada! —le reproché encolerizada, pero aquel ser nunca se alteraba. Solo me observaba y hablaba con una monotonía que exasperaba.

—Esa era la idea. La oscuridad es la antesala de la luz. Es un campo en el que se cultivan sueños y yo soy el jardinero encargado de recolectar y plantar las semillas que dan lugar a esos sueños. No todas las almas brotan como la tuya. Las entidades en cuestión han de reunir ciertas características que no son fáciles de hallar. A mi modo de ver, tu capacidad para transformar la materia es de un valor incalculable, y el hecho de que hayas aceptado mi propuesta me llena de satisfacción. La luz que brota de ti me servirá de abono para cultivar nuevas maravillas.

—¡Te odio! ¡Cuando me libere pagarás caro tu atrevimiento!

—Es posible. He cumplido con mi parte. Ahora te toca a ti cumplir con la tuya.

—¡Maldito! ¡Deja de hablar con acertijos!

—Tranquila, si he de serte sincero, no tengo ningún interés en ti en particular. Una entidad que se hace llamar Madre se las apañó para contactarme y proponerme un suculento pacto. Yo te traía al Nexus y ella, a cambio, me permitía quedarme con toda la luz que generases. Cómo iba a negarme. Simplemente no podía. No entiendes lo que significa la luz para mí.

—¿Por qué quería esa tal Madre que yo estuviera aquí?

—Solo sé que tu presencia mantiene abierto el portal al Nexus. El porqué lo desconozco. Lo que sí te puedo asegurar es que, tarde o temprano, todo esto va a generar consecuencias. Y auguro que no van a ser buenas para nadie.

—Si eso es cierto, ¿por qué no me liberas?

—Tengo mis motivos. Ahora he de irme. Volveré siempre que pueda a nutrirme de tu luz.

Así, sin el más mínimo remordimiento, desapareció por una brecha en el plano de la realidad. Me dejó sola y atrapada en la esfera, pidiéndole a gritos que me liberara hasta caer rendida, sin voz y sin fuerzas…

La Reina Madre detuvo de forma repentina su relato. Se quedó en silencio con la mirada perdida durante un rato. Luego, miró con ternura a la niña que se había dormido en su regazo. Acarició su cabello pelirrojo y le dijo en voz baja:

—Cuando despiertes comenzarás una nueva vida, mi pequeña elegida.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 9.º

Capítulo 9

Los Súmmum

Oscuridad, solo veo oscuridad. Una oscuridad a la que empiezo a acostumbrarme. Inerte, desciendo en ella, cabeza abajo, con los brazos en cruz, preso de una caída libre que parece no tener fin. Así, desvalido, me dejo arrastrar hasta que una luz cegadora tira enérgicamente de mí.

De repente, abro los ojos al máximo y me levanto apresurado de un suelo frío y húmedo. Tambaleándome, mareado, busco un punto de referencia que me ayude a recuperar la estabilidad. Abrumado por un intenso olor a vegetación y sacudido por sonidos de insectos, aves y otras criaturas indistinguibles, soy inesperadamente agarrado por un borrón blanco que surge del difuso mar de colores que enturbia mi visión. Fijo la mirada en él, y lentamente, las cosas empiezan a tomar forma ante mis ojos, revelando el aspecto de mi misterioso benefactor.

Frente a mí, sujetándome por los hombros, aparece una curiosa criatura de aspecto humanoide, piel albina y pupilas rojas centelleantes, flotando enigmáticas en sus huecos oculares como único rasgo facial.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? —me animo a preguntar, ya que no parece haber nadie más a quien interrogar.

—¿Inconsciente? No estabas inconsciente —responde directamente en mi mente, haciéndome sentir una incómoda punzada en la sien que me desequilibra momentáneamente.

—¡Uf! No me hables tan alto, aún me estoy recuperando —me quejo, mientras la criatura deja de sostenerme y retrocede unos pasos, observándome en silencio.

—¿Qué te hace creer que no estaba inconsciente? —insisto, sospechando de su respuesta.

—Porque no lo estabas. Surgiste de la nada, justo donde estás ahora. Lo importante es que has llegado —aclara con cierto entusiasmo.

—¡¿Me esperabas?! —dejo escapar, sorprendido.

—Por supuesto, ella está a punto de llegar —revela burlona, llevándose las manos a las caderas y dando un grotesco paseo, bamboleando sus escuálidas nalgas.

—No te entiendo —insisto.

—No tienes que entender, solo esperar —puntualiza con aire quisquilloso.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar? —pregunto, armándome de paciencia. En este lugar, todos parecen un poco locos.

—Conmigo —responde antes de contraatacar con otra pregunta—: ¿eres realmente lo que aparentas ser?

—Creo que me he perdido, ¿de qué estamos hablando?

—Aparentemente, eres un Súmmum, igual que yo.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Ve esa charca, donde muere el riachuelo. Mírate en ella y entenderás.

Así lo hago, y para mi sorpresa, el rostro que se refleja en las aguas es idéntico al de la criatura albina, salvo por un detalle: yo tengo boca y ella no. —Esto es muy confuso, tenía la certeza de ser humano.

—Si te sirve de consuelo, todos llegamos al Nexus creyendo ser lo que no somos. No te preocupes, pronto saldremos de dudas, ella está a punto de llegar.

—¿Y debo quedarme aquí a esperarla?

—Sí, es lo propio. Siendo un Súmmum, debes acompañarla al Sendero de las Almas.

—¿Pero qué es un Súmmum?

—Somos criaturas etéreas que aprovechamos las brechas que abren los sueños en esta realidad.

—Yo no hago tal cosa y tampoco soy etéreo.

—No actúas así porque has entrado en el Nexus y aquí nada es etéreo.

—¡Vaya! Parece que sabes mucho del tema.

—No tiene mérito, solo transmito lo que sé. Aquí todos nos conocen. Algunos creen que el Nexus existe porque existimos nosotros. Una idea extravagante, lo sé. Otros piensan que el Nexus y los Súmmum forman un círculo simbiótico. Personalmente, me resulta inconcebible.

—Quisiera saber más, si no te importa.

—Tu ansia de conocimiento me conmueve. Sin duda, mereces que haga un inciso en mis tareas para ilustrarte debidamente. Un buen educador empezaría por los orígenes. Los Súmmum nacemos en las tinieblas del borde exterior del Nexus, donde se extingue toda forma de vida. Esta cualidad nos permite atravesar el manto de la Nada, algo inimaginable, pues, salvo la Oscuridad que habita en ella, nadie más puede cruzar sus fronteras…

—¿La Oscuridad?

—Veo que aún la temes. Es nuestro enemigo natural, un depredador que ansía los nutrientes luminosos que sustraemos de los sueños. No te preocupes, mientras permanezcas dentro del Nexus estarás a salvo.

—Pero si la Oscuridad es dueña de las sombras, ¿cómo voy a eludirla?

—Aunque uno nunca está exento de peligro, recuerda que tus capacidades ahora rinden al cien por cien y que las sombras no son lo suficientemente fuertes para arrastrarte hacia la Oscuridad. En tu lugar, me tomaría un cauteloso respiro.

—¿Estás seguro?

—¡Por supuesto! Pero no nos desviemos del tema. Como Súmmum, debes saber que, desde el momento en que tomamos conciencia de nuestra existencia, nos abalanzamos sin reparos sobre cualquier luz que se cruce en nuestro camino. Estas se manifiestan cuando el mundo de los sueños rasga el velo de nuestra oscura realidad en el borde exterior del Nexus, generando brechas por las que la luz se vierte en forma de destellos. La simple visión de uno de ellos dispara nuestros instintos, pues sabemos que es la ubicación de una mente pensante y, por tanto, una fuente segura de nutrientes.

—Pero, si la oscuridad es nuestro entorno natural, ¿cómo puede ser nuestro enemigo?

—Así son las cosas. No conviene prolongar nuestra presencia en la Oscuridad una vez adquirimos consciencia. Si no nos movemos rápido, podría succionar hasta la última gota de luz que hayamos sustraído, borrando nuestros recuerdos y devolviéndonos a la nada…

(Empiezo a arrepentirme de haberle animado a hablar. Para no tener boca, se desenvuelve de maravilla. Pero dadas las circunstancias, no me queda otra que escuchar.)

—Sí, fuera del Nexus somos muy vulnerables —continúa—. Hay dos cosas que siempre debemos tener en cuenta. La primera, si nos excedemos en nuestra estancia en una mente pensante, corremos el riesgo de ser contaminados por la identidad del sujeto. Incluso podríamos contribuir a que se contamine con recuerdos ajenos que hemos succionado de otras entidades. La segunda, nuestra capacidad de almacenamiento mental es limitada. Para recordar algo, debemos olvidar otra cosa. Si no somos lo suficientemente fuertes para soportar la presión de los recuerdos, podríamos perder la cordura. Nos corromperíamos, dejaríamos de alimentarnos de sueños y nos alimentaríamos de pesadillas, aliadas de las sombras. Sería un viaje sin retorno a la Oscuridad, arrastrando también a la mente pensante ocupada.

—¡Eso es espantoso!

—Sí lo es. Pero cálmate, los tiempos de saltar de mente en mente, sustrayendo el elixir anhelado y enlazando una mente con otra han quedado atrás. Esta es otra vida…

—¡¿Qué clase de broma es esta?! ¡Me has soltado toda esa verborrea solo para decirme que aquí, en el Nexus, no tengo de qué preocuparme!

—Bueno, tú me has preguntado —finaliza encogiéndose de hombros.

—¡NO LE ESCUCHES! ¡SOLO BUSCA CONFUNDIRTE! —grita Ébano, surgida de la nada.

—¿Es ella la que tenía que llegar? —pregunto.

—No… —responde el Súmmum.

De repente, un destello surge de la nada, abriendo una brecha en el plano de esta realidad. De ella cae una mujer desnuda de larga melena pelirroja. Tras colisionar con el suelo, se incorpora, escupiendo algunas briznas de hierba. Nos mira enfurecida.

En un visto y no visto, el Súmmum da un poderoso salto y se lanza dentro de la brecha antes de que esta se cierre, dejándome un doloroso mensaje en mi cabeza: —¡Ahora sé quién eres!

Ébano deja escapar una maldición y se lanza tras él, consiguiendo entrar en la brecha por los pelos.

Una vez cerrada la brecha, se hace el silencio. Miro a la mujer y ella me devuelve la mirada, tan desconcertada como yo. De pronto, siento crujir mi piel como si fuera cáscara de huevo. Me miro y veo cientos de grietas por todo mi cuerpo. Intento quitar algunas costras de mi mano, descubriendo que debajo mi piel es sonrosada. Rápidamente, me lanzo a la charca para quitarme la fina carcasa que me cubre, ante la mirada atónita de la pelirroja.

Cuando salgo del agua y observo su superficie cristalina, hallo reflejado el rostro de un joven de melena ondulada negra. Me giro para hablar con la mujer, y ella grita sorprendida: —¡Te conozco!

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 8.º

Capítulo 8

El Único

La señora Santa se retuerce en su lecho, atrapada por una pesadilla recurrente que invade su psique como raíces virulentas, contaminando hasta las fibras más finas de sus enlaces neuronales. Cada noche se ve más inmersa en ella, incapaz de liberarse. Agita sus brazos en busca de una fuente de luz, un destello de esperanza que la libere de ese horrible reino al que se ve irremediablemente abocada. Empapada en sudor, abre los ojos desorbitados y emite un angustioso grito de terror. Al instante, sus seguidoras de confianza irrumpen en el aposento. Consternadas por el evidente deterioro psíquico de la elegida, se apresuran a protegerla de sí misma. Ella, aturdida, pero despierta, ordena con tono áspero que la dejen sola. Lo hacen sin rechistar, salvo una, que se le acerca reverente y le susurra al oído:

— Nuestra señora Santa, ha de saber que la cuidadora de la bestia la espera en la capilla poligonal.

Un aire de satisfacción ilumina levemente su rostro, dibujando una mueca en la comisura de sus labios. Sin pronunciarse, observa cómo sus seguidoras abandonan la estancia. 

Una vez se silencian los pasos tras el leve zumbido de las puertas mecánicas, se pone en pie animada, recordando el placentero momento vivido al hacer gala de su poder ante la estirada mosquita muerta de El Pilar del Cielo. 

Transcurrida una hora, se presenta en la capilla poligonal, acompañada de su séquito habitual. 

Sara la aguarda con sosiego, ensimismada en la apreciación de un bello fresco en una de las paredes. En él, se observa a un ser similar a Damián precipitándose al vacío, superpuesto sobre varios rostros femeninos en el centro de un coro de manos, dando a entender que lo acogen de algún modo. 

— Un hallazgo fascinante – murmura, sujetando sus gafas de pasta por una de las patas, mientras analiza la textura de los trazos con la nariz casi pegada a la obra.

La señora Santa, convencida de que está desprevenida, arremete verbalmente con arrogancia:

— ¿Te interesas por el arte o por las leyendas antiguas? 

Sara, haciendo gala de la inexpresividad que la caracteriza, no se inmuta y sugiere sin despegar la mirada del fresco:

— Conviene que hablemos a solas.

Esto la descompone, ya que en su primer encuentro, era evidente que su mera presencia la contrariaba. Tras una pausa, ordena a sus Harimaguadas que se retiren con un gesto aburrido de su mano, sin perder de vista a su misteriosa visita. 

Una vez solas, Sara rompe el hielo:

— Qué hermoso era bailar desnudas bajo la lluvia.

El comentario se ensarta en el pecho de la señora Santa como una daga afilada. Pálida, hace un amago de volverse en busca del apoyo de sus protectoras, pero recuerda que hizo que se retiraran. Terriblemente incómoda, siente palpitar su corazón de un modo denigrante para su estatus y, arrastrada por la cólera, agria el rictus de enfado en su rostro.

Sin variar la modulación serena de su voz, Sara continúa:

— ¿No soportas ser vulnerable? Cálmate, todas lo somos.

— ¡No voy a calmarme! ¡Exijo que aclares tu insinuación! – exclama la señora Santa, encolerizada.

— No insinúo. Era hermoso bailar juntas bajo la lluvia, pero después de tantas renovaciones ya no lo recuerdas.

La señora Santa observa detenidamente el rostro de Sara, sin hallar en él nada familiar. 

— Ese es uno de mis recuerdos más íntimos. Siempre dancé sola, nunca en compañía. ¿Qué intentas conseguir con este juego?

— No tiene sentido seguir hablando – finaliza Sara, acercándose a ella y deteniéndose a un palmo de su rostro. La señora Santa retrocede un paso, desconcertada, pero Sara avanza igualmente, manteniendo la distancia íntima mientras le hace saber:

— Lamento que no me recuerdes. No obstante, deseo que sepas que tus secretos siempre han estado a salvo conmigo.

Luego, cogiéndole la mano con ternura, deposita en ella una mini-cápsula de información y se aleja, dirigiéndose a la salida. Antes de abandonar la capilla, se vuelve y pregunta:

— ¿Aún sigues con tus pesadillas?

La señora Santa se ve incapaz de gesticular palabra. Si la intención de la mosquita muerta era devolverle el mal trago que le hizo pasar en El Pilar del Cielo, podía darse por satisfecha. Pero Sara no muestra signos de disfrutar su humillación, y añade:

— Lamentablemente, San, nunca te dejará en paz. Te recomiendo que visiones la mini-cápsula en la más estricta intimidad. Me pediste que te la entregara una vez hubieses vuelto de tu decimoquinta renovación, y así lo he hecho.

— ¿Y quién me asegura que no la has visionado? – interroga la señora Santa, observando la mini-cápsula en la palma de su mano. Solo obtiene un silencio prolongado como respuesta. Alza la mirada con una chispa inquisidora en sus pupilas, dispuesta a taladrar el rostro imperturbable de la mosquita muerta, pero ella ya no está.

En tanto, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, Damián se debate en un mar de incógnitas que arremeten contra él, haciendo añicos su sosiego. Desde la desaparición de Madre, su situación se ha tornado peligrosamente. Las Harimaguadas no le gustan, y Sara no le tiene aprecio. Por primera vez en su vida siente pánico.

— ¡Madre! ¡Madre! ¿Por qué me has abandonado? – grita, dejándose caer de rodillas, incapaz de apaciguar el nudo que le oprime el pecho. No comprende por qué se siente tan mal. Abrumado por esta sobrecarga de emociones desconocidas para él, se despoja de su kimono blanco y se mete en la ducha termal, permitiendo que el agua a presión le rocíe con fuerza mientras intenta despejar su castigada mente.

La puerta hexagonal se abre, pero para su sorpresa, no es Sara quien entra. Raudo, sale de la ducha y se esconde en una zona poco iluminada.

— ¿Hola? – pregunta una voz femenina.

— ¿Quién eres? – interroga Damián desde las sombras.

La atmósfera se enrarece con un tenso silencio, moderado por la voz tímida y atolondrada de la visitante:

— No me haga daño. Me han ordenado que le entregue su dosis diaria de licor de vida.

Damián, dando unos pasos tímidos, sale de su refugio, desnudo y empapado. Con gotas de agua descendiendo por su cuerpo, ajeno al pudor, clava sus ojos claros en la portadora del licor. 

La carga erótica de la escena genera en la susodicha un shock inesperado. Ruborizada y temblorosa, comienza a gritar sin tregua, dejando caer la bandeja con el licor al suelo. Temiendo un castigo, se encoge patéticamente en una esquina, doblando su histeria. 

Damián, percatándose de que obstruye con su cuerpo el cierre automático de la puerta, suma ese detalle al desconcertante comportamiento de la misma y huye veloz de su dorada prisión. Se pierde en un sinfín de pasillos diáfanos y solitarios, con el eco de sus pies descalzos y su acelerada respiración como única compañía. 

Por azar, llega a un corredor con una posible salida. Al final del mismo, se planta ante una puerta hexagonal de mayor tamaño que se abre al captar su presencia. Sin dudarlo, sale por ella, colisionando con algunas personas al otro lado. La luz solar lo ciega momentáneamente. Oye gritos de histeria a su alrededor. Siente que los que le rodean se apartan de él como si portase un virus letal. Se detiene para recuperar el aliento, consciente de que es observado. 

Una vez sus ojos se adaptan a la luz, se arma de valor. Aturdido, se descubre en el centro de un círculo de mujeres que le rodean, guardando una distancia de seguridad. Alza la vista, hallando hileras de pasillos abalconados, ascendiendo por los edificios colindantes, desde los cuales es igualmente observado por más mujeres. Mire donde mire, solo hay mujeres observándole.

— ¿Hembras? ¡Aquí solo hay hembras! – deja escapar con asombro.

Un silencio opresor se adueña del momento. Cientos de rostros femeninos clavan sus miradas en él, transluciendo emociones confusas. Anticipándose a lo que pudiera pasar, se afana en hallar el modo de abrirse camino entre ellas y escapar. Una de las presentes, oculta entre el resto, se dirige a él telepáticamente:

— “¡No te muevas!”

— “¿Madre? ¿Has vuelto?” – pregunta Damián con un atisbo de esperanza.

— “No debiste abandonar El Pilar del Cielo”, le reprocha la voz.

— “Pero Madre, me sentía solo y tú…”, se justifica Damián antes de que ella lo interrumpa bruscamente.

— “Llámame Novoa. Es tarde para explicaciones. Ahora voy a acercarme a ti”.

Abriéndose paso entre la multitud, una mujer esbelta y morena, de labios carnosos y ondulada melena negra, se adelanta imperturbable. Se acerca a él, y alzando cautelosamente el brazo, acaricia su velluda barbilla con la mano, declarando en voz alta:

— ¡He aquí un hombre!

Esta desafortunada revelación genera gritos histéricos y exclamaciones de asombro y desprecio radical.

— “¿Qué está pasando?”, pregunta Damián, horrorizado, a su interlocutora.

Ella, regalándole la expresión de compasión más sincera y hermosa que él haya visto, se acerca más y, apoyando sus cálidas manos en sus desnudos hombros, continúa hablándole telepáticamente:

— “Sé más discreto, solo tú puedes oírme”.

— “¿Por qué tengo la sensación de que me has sentenciado a muerte?”, le amonesta Damián.

— “Al contrario, aquí y ahora, eres una anomalía, y las anomalías son eliminadas sin contemplaciones. Al decirles lo que eres, he ganado tiempo a tu favor. Nunca han visto a nadie de tu sexo, salvo en los tratados de la vieja historia. Mientras la curiosidad las embelesa, tienes una oportunidad para elegir”, aclara Novoa con tranquilidad.

— “¿Para elegir qué?”, pregunta Damián, intuyendo la respuesta.

— “El modo de morir, por supuesto. Para mí eres una bendición, un regalo que estas criaturas no están preparadas para apreciar. Oí tu reclamo y vine a ayudarte, pero tu ansia de libertad ha complicado las cosas. Ya no puedo protegerte. Tal como lo veo, solo te queda elegir entre morir a manos de estas arpías o quitarte la vida tú mismo”.

Damián mira unos segundos al exceso de mujeres que lo rodean, asumiendo a golpe de vista que no hay puntos débiles en el férreo círculo que forman. Deja escapar un suspiro descorazonador, que lo sumerge en un contradictorio sentimiento de sosegada resignación. Esto lo induce inexplicablemente a abrazar a la mujer morena, embriagado por un desconcertante sentimiento de gratitud. En dicho acto, se toma la libertad de dejarse embriagar por el grato aroma que ella desprende, susurrándole con un sutil pensamiento:

— “Dame un rumbo y pondré fin a esto”.

— “Gírate, cierra los ojos y corre”, le sugiere Novoa antes de despegarse de él y, simulando indiferencia, zambullirse en el mar de hostilidad que lo retiene.

Ahora, más que nunca, comprende los motivos por los que Madre lo mantenía apartado en su refugio. Es tarde para arrepentimientos. Tomó una decisión y, muy a su pesar, ha de ser consecuente con ella. Viendo que las atónitas y encolerizadas mujeres tardan en salir del asombro que las paraliza, se da la vuelta y corre lo más rápido que puede en la dirección aconsejada. Mientras, sus despóticas observadoras, incapaces de reaccionar ante lo que consideran un acontecimiento inimaginable, se limitan a gritar histéricas, apartándose de él por miedo a ser rozadas.

Así, nuestro desafortunado personaje corre a ciegas sin obstáculos, en línea recta, hasta colisionar con un barandal, sobre el que se deja caer, precipitándose al vacío.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 7.º

Capítulo 7

La Esfera

Como una muñequita de papel desplazándose sobre una cartulina negra, una niña asustada corre por una superficie inexistente, en una realidad inconclusa, en un punto indeterminado de la fría oscuridad.

En su mente aún resuenan los ecos de las últimas palabras que intercambió con su madre:

— ¡Corre, pequeña, corre y no mires atrás! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – ¡NO! ¡MI CIELO! ¡NO! ¡AHORA CORRE!

Sin aliento, cae de rodillas, respirando aceleradamente mientras mira a su alrededor en busca de alguna señal que le sirva de referencia para huir de las tinieblas. Desafortunadamente, no halla nada. Desalentada, se tumba en el suelo frío y oscuro, tarareando una melodía que aprendió de su madre y fantaseando, como solo los niños saben hacer, con la compañía de su progenitora, en un universo de risas y afecto, más allá de este reino desolador.

En un momento dado, ve por el rabillo del ojo un destello diminuto, casi imperceptible, desvanecerse en la distancia. Receptiva, gira la cara y clava la mirada en la densa oscuridad. Espera unos tensos segundos y, ¡voilá!, el destello vuelve a aparecer. Sin titubear, se pone en pie y, sin apartar la vista del objetivo, reanuda su carrera rumbo a su encuentro.

Acelera su marcha desbordando ilusión e ingenuidad ante la expectativa de libertad. Sin embargo, al acercarse, la posibilidad se evapora, revelándole que el origen del destello no es más que una enorme esfera cristalina que levita suspendida en las tinieblas.

Decepcionada, se derrumba llorando amargamente por todo lo acontecido. — ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! – grita, desahogando la tensión que la carcome por dentro.

— ¿Qué sucede, criatura? ¿Te has perdido? – pregunta una voz femenina dulce y melodiosa procedente del interior de la esfera. La niña, inmóvil como si así no pudiesen verla, cesa su llanto al instante. — No te asustes, no voy a hacerte daño – aclara la voz. — ¿Quién eres? – interroga la pequeña. — Soy una prisionera, la semilla que dio origen a este lugar, el núcleo del Nexus, la Reina Madre de las especies que han brotado en él – responde la voz sin pausas. — ¡Cuántas cosas! – murmura la niña con asombro y añade: – Yo tuve una mamá, pero un hombre malo la mató… — Lo lamento – interrumpe la voz como si estuviera al corriente, y prosigue: – ¿Por eso vagas sola por mi reino? – ¡Sí! – responde la niña desconcertada. — Yo también estoy sola – confiesa la voz. — Pero eres una mamá y las mamás tienen hijos – deduce la niña con suspicacia, intentando, en vano, averiguar quién se esconde en el interior de la esfera. — Sí, así es, pero yo no puedo concebir hijos como quisiera y eso me hace sentir muy sola – se reprocha la voz con profunda tristeza. — No estés triste, eres buena y dulce, si quieres puedes ser mi mamá – concluye la pequeña, dejando de tantear a su interlocutora. — ¡Ja, ja, ja…! – ríe la voz. — Tu inocencia es una delicia, para mí sería un honor tenerte como hija. ¡Ven! Entra conmigo en la esfera. — Ante el entusiasmo de la invitación, la pequeña duda y, frunciendo el ceño, pregunta: – ¿No me harás daño, verdad? – No, no te lo haré – asegura la voz con simpatía. — ¡Vale! – acepta la niña, y agrega: – Deja que te vea antes de entrar. — De acuerdo… — dice la voz mientras la esfera se enciende como una bombilla, exhibiendo en su interior a una mujer desnuda de una belleza sin igual. Sentada en posición de loto, despliega dos enormes y coloridas alas con forma de hojas de parra.

Sin dejar de observar a la niña con unos hermosos ojos rasgados de pupilas rojas, le pregunta con ternura: – ¿Te gusta el aspecto de esta Reina Madre? – Y la pequeña responde encantada: – ¡Sí! Eres muy bonita, me gusta mucho tu melena negra y tu piel blanca, es como el color de la luz. — ¡Ja, ja, ja…! – vuelve a reír la Reina, mostrando unos enormes y afilados colmillos. — No sabía que la luz tuviera color – comenta a su nueva hija. — ¡Pues ahora lo sabes! – sentencia la pequeña, orgullosa de sí misma. — ¡Creo que tienes mucho que aprender! ¡Pero no te preocupes, he decidido quedarme contigo, ahora no estarás sola, yo cuidaré de ti! – continúa la niña, haciendo que las risas de la Reina se eleven y retumben en lo alto como si estuvieran bajo una bóveda. — Es usted muy gentil, señorita, y le estoy muy agradecida por ello – responde la Reina halagada. — ¡Lo sé! – finaliza la niña, metida en su papel de infanta, antes de preguntar: – ¿Cómo entro en la esfera? – Pues, entrando… ¡Dame la manita! – responde la Reina, extendiendo el brazo hacia ella. Encogiéndose de hombros, la niña atraviesa la pared de la esfera con su brazo como si esta no existiera, y estrecha su mano con la pálida mano de dedos afilados de la Reina, quien tira de ella con suavidad, ayudándola a entrar.

Una vez dentro, su entorno cambia. Sentada en el regazo de la Reina, lo observa todo sin perder el más mínimo detalle. Lo que creía que sería un espacio esférico, reducido y claustrofóbico, se muestra ante ella como una enorme y esplendorosa sala circular. Formada por doce portales góticos, de cuyos arcos brota una sustancia líquida que desciende a modo de cascada de agua cristalina. Divididos entre sí por gruesas columnas corintias que se elevan suntuosas, desdibujándose por momentos en un ligero vaho aromático omnipresente en la estancia. Sobre sus relucientes ábacos, sostienen una gigantesca cúpula románica cubierta de coloridos frescos de una belleza celestial.

— ¿Quiénes son? – pregunta la niña, con la mirada clavada en ellos. — Melíferas, cientos de ellas, felices en su entorno natural, desempeñando funciones propias de sus vidas cotidianas. Ecos de un pasado glorioso hoy perdido en la alborada de los tiempos – responde la Reina con la mirada ausente. — ¿Y esas fuentes que nos rodean? – continúa la niña sin perder la espontaneidad. — Son los doce portales del Nexus. Tú, pequeña mía, has entrado por ese, el portal de la Oscuridad – le cuenta la Reina, señalando un portal en el que la sustancia líquida brota turbia. Maravillada, la niña susurra sin cerrar sus enormes ojos verdes: – Si ese es el portal de entrada, ¿cuál será el de salida? – La Reina, arrullándola entre sus brazos, le aclara: – ¿Qué te hace pensar que hay una salida?

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 6.º

Capítulo 6

El Experimento

Damián Beta 0.1, vestido solo con un kimono blanco, observa la mega acrópolis Centauro desde una de las enormes ventanas de “El Pilar del Cielo”, el edificio más alto de la ciudad. Desde allí, se entretiene viendo a cientos de figuras diminutas moverse por las vías peatonales de la urbe. No puede evitar preguntarse cómo sería vivir abajo, inmerso en ese bullicioso hormiguero de entidades ocupadas en sus quehaceres cotidianos.

— ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como yo? — se pregunta intrigado.
— “No, no son como tú” — le responde una cariñosa voz en su cabeza.
— ¡¿Madre?! ¡¿Has vuelto?!
— “No, aún sigo en la incursión espacial. Me desconcierta tu apremio para que retorne. Sabes de sobra que siempre estoy contigo.”
— Espiritualmente sí, pero físicamente no. Añoro estrecharte entre mis brazos.
— “Eres una criatura extraña. No negaré que experimento agrado al oír tus palabras; sin embargo, ese apego a mi parte física hace que te repela.”
— ¿Por qué? ¿Tú no sientes deseos de estar junto a mí?
— “No, ¿por qué habría de sentirlo?”
— Tus palabras me hieren — termina diciendo Damián, dejando escapar un profundo suspiro.

Apesadumbrado, se tumba en un amplio sofá de cuero blanco y formas curvas.
— ¿Cuándo me podré marchar, Madre?
— “Ya lo hemos hablado cientos de veces, no te puedes marchar.”
— Pero no lo comprendo. Deseo salir de aquí. Quiero bajar a esas calles. Unirme a esas personas. Reír, ser feliz con ellas.
— “Eres un soñador, Damián. Eso no va a pasar. De hecho, si supieran que estás aquí, te matarían.”
— ¿Tan horrible soy?
— “¡Ja, ja, ja! No eres horrible, eres diferente.”

Tras él, se abre una puerta automática hexagonal, y entra una mujer de elegante figura, piel pálida y mirada gélida, vestida con un ceñido batín blanco.
— No te cansas de hablar solo — le comenta con desdén a Damián.
— ¿Por qué me odias tanto, Sara? — pregunta, incorporándose y quedándose cómodamente sentado en el sofá.
— Porque eres una aberración. Tú no deberías existir. Si por mí fuera, ya estarías muerto.
— Gracias, Sara. A mí también me agrada verte — añade Damián con ironía.
— No seas necio. Agradece el hecho de que me digne a pasar por aquí a traerte tu dosis diaria de licor de vida.
— ¡Licor de vida! Vaya una forma de disfrazar un mejunje imbebible.
— ¡Desagradecido! Ese mejunje, como tú lo llamas, es el mayor hallazgo de la ciencia de nuestro siglo. ¿Quién podía imaginar en los pasados milenios que un sencillo compendio de nutrientes básicos aportaría los complementos necesarios para brindar longevidad y juventud a toda una generación?
— Sí, sí, lo sé. No me repitas otra vez esa cantinela de la generación elegida – interrumpe Damián, deseando que ella se marche.
— “Sé paciente. Solo hace su trabajo. No conviene alterar al personal”— le amonesta tiernamente Madre con un susurro. Aprovechando la circunstancia, Damián le pregunta a Sara:
— ¿Has oído esa voz?
— ¿Qué voz? Yo no he oído nada. ¿Te burlas de mí?
— No me hagas caso. Quizá el estar encerrado aquí me esté volviendo loco.

Los ojos de Sara parpadean y, por unos segundos, un vestigio de compasión parece anidar en su mirada. Sin embargo, sin dar muestras de ello, deposita el recipiente con el licor de vida en una superficie circular que levita junto al sofá y se retira con el ligero sonido de su calzado acolchado, sin despedirse.

— “Veo que empiezas a mostrar inteligencia” – alude Madre.
— ¿Acaso dudabas de ella? ¿Cómo es que yo puedo oírte y ella no? – interroga Damián.
— “Porque al nacer te implanté un microchip en el cerebro.”
Sorprendido con dicha revelación, pregunta con la voz ahogada:
— ¿Qué soy yo para ti?
— “Un experimento… ¡Debo dejarte!… ¡Han saltado las alarmas y…!”

Repentinamente, la voz de Madre desaparece. Queda solo un silencio asfixiante, acompasado por el acelerado palpitar de su corazón.
— ¡MADRE! ¡MADRE! ¿SIGUES AHÍ? — grita asustado sin obtener respuesta. Un zumbido electrónico capta su atención, y dirige la mirada hacia una pequeña esfera de cristal oscuro en una de las esquinas del techo de la sala. Extiende el brazo, coge el recipiente con el licor de vida y lo lanza con fuerza, estrellándolo contra la esfera, mientras grita:
— ¡DEJA DE ESPIARME!

Derrotado, se deja caer nuevamente sobre el mullido sofá. Una lágrima solitaria escapa de uno de sus ojos y recorre lentamente su mejilla antes de precipitarse al vacío. Con la mirada perdida, murmura:
— Te equivocas, no soy un experimento, soy una persona.
Luego, se sumerge en su reino de fantasías, su único consuelo en esta confortable prisión, de la cual ignora cómo llegó.

Transcurridas unas horas, unas voces alteradas al otro lado de la puerta hexagonal truncan su sosiego, haciéndolo levantarse alarmado. La puerta se abre y entra un grupo de mujeres encapuchadas, ataviadas con sotanas blancas, seguidas por la, hasta la fecha, inmutable Sara, notablemente alterada.

La comitiva, presidida por una mujer especialmente hermosa, luciendo una lustrosa y dorada cruz barroca con una llamativa gema roja en forma de corazón incrustada en el centro, se detiene en seco ante la inesperada apariencia física de Damián.
— ¿De dónde habéis sacado este engendro? — comenta la cabecilla con una expresión de repudio.

— No tenéis derecho a estar aquí. Estáis violando la intimidad de Madre — advierte Sara con moderación, conteniendo su malestar y evitando mirar a los ojos de la representante de la inesperada visita. La cual, le sermonea exaltada:
— ¡¿La intimidad de Madre?! ¡¿Pero qué blasfemia es esa?! ¡Hablas de ella como si fuera una entidad física! ¡¿He de recordarte que Madre es una fuerza espiritual que vela por el bienestar de nuestra fructífera comunidad?! ¡¿Insinúas que puedes oír su voz?! ¡¿Acaso eres tú la última persona con la que estableció contacto?!
— No… — contesta Sara, con un tono casi inaudible, notablemente intimidada.

La portavoz, regodeándose con la situación, se dirige hacia Damián sin titubear y, deteniéndose a una distancia prudencial, comenta a sus subordinadas, mirándolo de arriba abajo con desprecio:
— ¿Estáis seguras de que la última manifestación de Madre proviene de este lugar?
— Sin duda alguna, Ntra. Sra. Santa – le responde una de ellas.

Damián, que hasta el momento no se había pronunciado, pregunta:
— ¿Quiénes sois?
— ¡Madre Santa! ¡La abominación habla! — exclama escandalizada la Sra. Santa mientras sus seguidoras retroceden asustadas.

— Son las Harimaguadas, las elegidas por la entidad Madre para transmitirnos sus designios. Por favor, no las provoques – le susurra Sara, posicionándose discretamente a su lado.
— ¡Que no vuelva a hablar! No sé qué está pasando aquí, pero pienso llegar al fondo del asunto. ¡Sedad a la bestia y precintad la fachada hasta nueva orden! – sentencia fuera de sí la Sra. Santa. Y antes de que Damián pueda replicar, siente un latigazo en el cuello, se lleva la mano instintivamente al punto de dolor y extrae un pequeño dardo azul antes de perder el sentido.

Sumido en la oscuridad, cae a un pozo sin fondo. En el descenso sin fin, alguien lo abraza por la espalda, deteniendo su caída.
— “¡Hola! ¿Estás bien?” — murmura una voz femenina en su oído.
— ¡Ah! Eres tú, la chica oscura de alas verdes.
— “Sí, no sufras. Pronto te sacaré de aquí.”
— Claro, bello sueño, lo que tú digas.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Allí Donde Nacen Los Sueños 5.º

Capítulo 5

La Pesadilla

Eva grita varias veces, dolida por su pérdida, pero no logra calmar la angustia que la consume. Sin darse cuenta de que ya no es arrastrada por la misteriosa entidad, llora sin consuelo, hecha un ovillo sobre un frío suelo negro azabache. El absoluto silencio solo es roto por su llanto. Al tomar conciencia de ello, se calla. Se recompone poniéndose de pie, aunque el nudo que oprime su pecho no afloja. Mira a su alrededor, pero no ve más que oscuridad. Se siente distinta, ligera, ingrávida. Incómoda, se mira y exclama ruborizada:

— ¡Estoy desnuda!

— “¡Silencio!” — Oye en su cabeza. Se gira, buscando con la mirada en todas las direcciones, hasta localizar una figura humanoide, igualmente desnuda, con una piel lechosa que reluce como un faro en medio de tanta oscuridad. Esta, de espaldas, se inclina con cautela como si estuviera observando furtivamente tras una esquina. Así lo piensa Eva, pero pronto lo descarta por absurdo. — Aquí no hay nada, solo oscuridad. — Reflexiona mientras se aproxima. Pero la entidad, aunque no tiene oídos, intuye su movimiento y gira velozmente su cara hacia ella con recelo. La mira con unas turbadoras luces rojas, que emulan pupilas flotantes en las huecas y oscuras cuencas de sus ojos, como luciérnagas danzando en sendos orificios.

Eva queda petrificada, sin atreverse a moverse, mientras el rostro plano de la criatura, ausente de rasgos faciales, salvo los ojos, se dirige hacia ella. Luego, atraído por algo más urgente, recupera su postura inicial, indiferente a su presencia.

— ¡Pero qué demonios…! — Masculla Eva, armándose de valor y acercándose nuevamente. Esta vez, la entidad no se inmuta, permitiéndole aproximarse casi hasta tocarla.

Poniéndose de puntillas, echa un vistazo por encima de su hombro mientras le pregunta: — ¿Qué miras?… — Pero no obtiene respuesta, inalterable en su conducta incomprensible.

Con cautela, apoya sus manos en el hombro desnudo de la criatura para no perder el equilibrio, retirándolas rápidamente como si hubiera tocado una bombilla encendida. Sin embargo, no experimenta quemazón, sino una especie de vahído, como un tirón al interior de la materia que le da forma.

— “¡No vuelvas a hacerlo!” — Le amonesta la criatura sin volverse a mirarla.

Cohibida, Eva asiente con la cabeza y prueba a inclinarse igual que él, asomándose esta vez por el lateral de su brazo derecho.

Al principio no ve nada, pero pronto se materializa una imagen, una ventana a otro lugar. Dentro, un individuo con un traje de neopreno negro afila un reluciente juego de cuchillos de carnicero. — Esto no me gusta. — Advierte Eva, retrocediendo por temor a ser vista. — ¿Por qué estamos aquí? — Interroga en un susurro a la criatura. — “Tu rescate me ha debilitado, necesito alimento” — Le responde sin apartar la vista del individuo en la proyección.

Inquieta por el giro de los acontecimientos, Eva sigue indagando con cautela: — ¿Alimento? ¿Qué clase de alimento? ¡No tienes boca!

— “¿Boca? No necesito esa desagradable apertura en la cara. Yo me alimento de lo que ves ahí.” — Le responde señalando con el dedo a la proyección.

— No te entiendo. — Susurra Eva.

— “Me nutro de la luz que proyectan los durmientes en la oscuridad, eso que vosotros llamáis sueños. Localizo las brechas en el velo del Nexus, absorbo toda la luz que puedan darme y continúo mi camino. Nada fuera de lo normal. ¡Ahora deja de hacer preguntas, necesito concentración!”

— ¡Uf! ¡Qué antipático me ha salido el caballero andante! — Se comenta con ironía mientras se sienta en el suelo, cruzando los brazos e intentando cumplir con lo que le pide.

Adormecida por el aburrimiento, deja escapar un bostezo y vuelve a asomarse por el lateral de la entidad, movida por la curiosidad. En un vistazo rápido, percibe unas jaulas de hierro de mediana estatura tras el individuo que afila cuchillos. Estas acaparan su atención de inmediato. La sensación de aburrimiento se esfuma y su mirada se agudiza, esforzándose en descubrir lo que se mueve en su interior. Una pequeña mano infantil se deja ver por uno de los barrotes de la tenebrosa prisión. Eva se sobresalta; infinidad de ideas terribles pasan por su cabeza y sentencia con un palpitar doloroso en el pecho: – ¡Tenemos que hacer algo! – La criatura se vuelve repentinamente hacia ella, agarrándole el brazo con violencia y le grita: – “¡No vas a intervenir! ¡Es mi alimento! ¡Lo necesito! ¡Sin él, no podré salir de esta oscuridad!” – Pero Eva, sin escucharle, replica: – ¡Va a matarlos! ¡Hay que detenerlo! – La criatura, zarandeándola un poco, insiste: – “¡Lo que ves no es real! ¡Solo es un sueño!”

El llanto histérico de un niño los interrumpe. Ambos miran al asesino, que en ese preciso instante está sacando a una de sus víctimas de la jaula. Eva, aprovechando la distracción de la entidad, se zafa de su zarpa y corre como una exhalación al rescate del pequeño.

— “¡No!” – Grita la criatura en su cabeza. Eva se tambalea, dolorida como si le hubieran dado un mazazo en la sesera, pero en un acto de valentía transforma su dolor en fuerza, se estabiliza y arremete con una dura embestida contra el desprevenido sádico.

El hombre suelta al niño y cae aparatosamente contra una pared, perdiendo el conocimiento. Eva, sin desperdiciar un segundo, abre las jaulas y lanza a los niños uno por uno al otro lado de la brecha. Cuando se hace cargo del último, este, pillándola desprevenida, la abraza con fuerza diciendo: — ¡Gracias, Mamá, sabía que me encontrarías! — Sorprendida por la dulzura de esas palabras, se siente desmoronar, pero reprimiendo la emoción observa al niño. Ve el rostro candoroso de una niña pelirroja, que con sus inmensos ojos verdes sigue abrazándola. Conmovida, Eva le devuelve el abrazo, recordando al hijo que perdió. Seducida por la magia del momento, es bruscamente interrumpida por una sombra que eclipsa la escena con sus sórdidas palabras: — ¡Zorra! ¡Me has robado los juguetes! — Le grita un individuo alto y delgado, con el rostro desfigurado por la ira. Eva, cogiendo a la niña en brazos, huye al otro lado de la brecha. Cae de bruces contra el suelo azabache, atrapada por una mano que la agarra del tobillo. — No vas a ir muy lejos, pajarito. Nadie le roba los juguetes a San sin pagar un precio. — Le dice con una cínica y babeante sonrisa. Eva suelta a la niña: — ¡Corre, pequeña, corre y no mires atrás! – Pero la niña llora: – ¡Pero quiero estar contigo! — Eva grita: — ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE! — Propina varias patadas en la cara de su agresor con la pierna libre. La niña corre y se pierde en las sombras. Sintiendo que le falta sangre en el tobillo y que las fuerzas le flaquean, Eva mira a la criatura albina en busca de ayuda. Pero este, ajeno a los hechos, se retuerce de placer, riendo sin parar a carcajadas histéricas. Ante semejante panorama, Eva se siente perdida.

Cuando vuelve a mirar al hombre del traje de neopreno, asume que es su fin. Este, recuperado de las patadas, empuña un enorme cuchillo dispuesto a abrirla en canal.

— ¡NOOOO…! – Grita, contrayéndose y cubriéndose la cara.

De pronto, se hace el silencio. Eva deja de contener la respiración y aparta las manos de su cara. Desconcertada, se mira el tobillo, hallando la mano sesgada del sádico aún agarrada a él. Nerviosa, sacude la pierna varias veces hasta apartarla y, acto seguido, se limpia el tobillo con expresión de desagrado.

Con esfuerzo, se pone en pie y, al girarse, se topa de frente con el ser albino, sobresaltándose. 

—¡Ha sido intenso! Tenemos que repetirlo… —comenta satisfecho.

Eva lo interrumpe bruscamente:

—¡¿Qué?! ¡Apártate de mí, monstruo! ¡Me mentiste! ¡Dijiste que no era real!

—Bueno, aquí, en el Nexo, sueño y realidad son una misma cosa —aclara, encogiéndose de hombros.

Al oír esto, envenenada por la ira, Eva se abalanza sobre él. Pero, en lugar de colisionar con su pecho, penetra en la materia que lo forma, sin que él tenga tiempo de impedirlo. Se encuentra, sin más, tumbada boca abajo en un suelo cubierto de césped.

Refunfuñando, escupe algunas briznas y se incorpora contrariada, encontrándose, para colmar su irritación, ante dos de esos cargantes seres albinos, estupefactos con su llegada.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.