Capítulo 4
La Huida
Oscuridad. Me desprendo de la oscuridad atraído por el sonido de risas lejanas. Abro los ojos, desconcertado, y exclamo: —¡Me he dormido!— Me incorporo rápidamente, sintiendo la extraña urgencia de llegar a una cita. Me pongo en pie, mirando con incomodidad el color de mi piel: —“No recuerdo que fuera tan blanca”— pienso, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la vista y quedo boquiabierto ante la escena: una esplendorosa plantación de girasoles dorados y gigantes se extiende ante mí. Enjambres de criaturas idénticas a Ébano revolotean como abejas, recolectando néctar y saltando de un girasol a otro, acompañadas por la musicalidad de sus risas. Desperezándome, me froto los ojos para asegurarme de que no sigo dormido.
Un rocío vaporoso desdibuja la presencia de una barrera a lo lejos y dificulta ver unas figuras humanoides acurrucadas en las copas de los girasoles. Una brisa ligera acaricia mi rostro y susurra al oído antes de partir: —“Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, encontrarás la salida”—. Limpio las gotas de rocío de mi cara y repito en voz baja: —Las corrientes de aire… encontrar la salida…—.
—¡Oh, no! ¡Tenía que haberme ido de los Campos! ¡Qué desastre! ¡Por qué me habré dormido!— me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despierto y consciente de la realidad en la que ahora habito.
Intranquilo, me desentumezco el cuello con las manos mientras descubro fortuitamente una bóveda con una oscura apertura en el centro. Esta, semi oculta tras los vapores del lugar, se contrae y dilata al ritmo de las corrientes de aire, arrastrando la humedad condensada en la atmósfera y haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano. Luego, la brisa la aleja hacia los límites del vergel, dejando un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado bajo mis pies.
El arrullo trae a mi mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas que me abraza llena de felicidad, aunque no consigo recordar el motivo de tanta dicha.
Nuevamente, las risas me sacan de mis pensamientos, reemplazando mi pasado sesgado por la presencia de dos extrañas criaturas que se aproximan. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas, susurrándose entre ellas con zumbidos mientras se tapan las bocas con sus intimidantes manos. Luego, reanudan sus risas y menean sus caderas al ritmo de las mismas, alertando al resto del enjambre de mi presencia.
—Esto me da muy mala espina…— me digo, retrocediendo unos pasos, lo que provoca que las criaturas huyan en direcciones opuestas. Deteniéndose a una distancia prudencial, me observan coordinadamente. Abren sus bocas desmesuradamente y emiten un desagradable y agudo grito sostenido que penetra como agujas en mis tímpanos, haciéndome retorcer de dolor.
Indefenso, pierdo el equilibrio y caigo al vacío, comprendiendo al instante que estaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Extiendo mis brazos desesperadamente para agarrarme a lo que sea posible.
Afortunadamente, consigo aferrarme a una de las enormes hojas, que se pliega por mi peso y me deposita sano y salvo en un suelo irregular cubierto de raíces agresivas que se disputan el espacio.
Tan pronto como toco el suelo, salgo corriendo como alma que lleva el diablo, sin rumbo definido, entre tallos gigantes. Abriéndome paso torpemente entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural, mientras sobre mi cabeza, a gran altura, el crujir de los tallos y el nervioso revoloteo de las criaturas acompañan mi huida.
Tardo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan y el suelo cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos se eleva en una pendiente ascendente hacia una zona más verde donde se aprecia claramente el nacimiento de la cúpula.
Subo la pendiente con cautela y al final encuentro una explanada cubierta de margaritas de tamaño natural. Un descanso para los sentidos después de tanta anormalidad. Me deleito mirando las flores hasta detenerme en una figura tumbada junto a ellas. Me apresuro a terminar mi ascenso para ir a su encuentro.
A poca distancia, me detengo en seco al comprobar que se trata de una de las criaturas aladas que he estado eludiendo. Aparentemente abatida y vulnerable, desconfío. Me aproximo midiendo cada uno de mis movimientos y, al estar junto a ella, noto que está de parto.
Al verme, se sobresalta, hablándome en una lengua incomprensible y agitando los brazos para que me vaya.
—Tranquila, no voy a hacerte daño— digo rápidamente —¿Necesitas ayuda?— insisto.
Aterrada, me mira como si hubiera profanado un ritual. Dudo, sin saber si irme o quedarme. Ella, aprovechando mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con su grito, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero no se rinde.
Asumiendo que no soy bienvenido, empiezo a alejarme con la sensación de no estar haciendo lo correcto. —Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera— pienso, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecerme, se abalanza sobre mí a la velocidad del rayo. No hunde sus garras en mi piel por milímetros, porque otra criatura de su especie, surgida de la nada, se interpone y le asesta incontables zarpazos en mitad de la embestida. Mi atacante, sin amedrentarse, le devuelve el ataque con saña. Ambas se enzarzan en una lucha sangrienta. Paralizado por el miedo, no sé dónde ponerme para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.
En medio del combate, la embarazada expulsa un huevo que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Corro tras él con la intención de protegerlo. Cuando lo alcanzo, ya ha eclosionado y un bebé albino de aspecto humanoide yace inerte sobre la vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me detengo, porque su cuerpo comienza a convulsionar y crece hasta alcanzar la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo, alucinado, y de repente, una de las combatientes me aparta bruscamente. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente y le rompe el cuello.
Abandonándolo sin más, se vuelve hacia mí y grita: —¡Te dije que salieras de los Campos! ¿Así cómo voy a ayudarte?— ¡¿Ébano?!…— pregunto, sorprendido. —¡Sígueme!— ordena, echándose a andar. La sigo sin rechistar, reprimiendo el impulso de comprobar si queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen a nuestros pies.
Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto silencio.
Frente al muro, que se eleva diluyéndose con los vapores de la atmósfera, veo maravillado una sucesión de monumentales esculturas en alto relieve.
Ébano alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella y encontramos un enorme portal gótico en la entrepierna de la estatua, relleno de una sustancia líquida que desciende a modo de cascada.
Mi compañera, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: —No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…
Llegué aquí del mismo modo que tú. Desperté en el corazón del reino de las Melíferas. Me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo aquí que apenas recuerdo de dónde vengo.
Este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.
De repente, se acerca al portal y toca su superficie, haciendo nacer ondas que desaparecen al fundirse con el contorno gótico.
—¿Por qué los mataste?— me atrevo a preguntar.
—Solo la Reina Madre puede engendrar— responde despreocupada, sin dejar de jugar con el portal.
Se aproxima a mí sin dejar de mirarme, me besa en los labios y me indica el portal, haciendo brotar sus alas. —Esa es la salida— comenta antes de alejarse.
Sin mediar palabra, me aproximo al portal, hundo mi mano en sus aguas y soy absorbido en un parpadeo.