Allí Donde Nacen Los Sueños 4.º

Capítulo 4

La Huida

Oscuridad. Me desprendo de la oscuridad atraído por el sonido de risas lejanas. Abro los ojos, desconcertado, y exclamo: —¡Me he dormido!— Me incorporo rápidamente, sintiendo la extraña urgencia de llegar a una cita. Me pongo en pie, mirando con incomodidad el color de mi piel: —“No recuerdo que fuera tan blanca”— pienso, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la vista y quedo boquiabierto ante la escena: una esplendorosa plantación de girasoles dorados y gigantes se extiende ante mí. Enjambres de criaturas idénticas a Ébano revolotean como abejas, recolectando néctar y saltando de un girasol a otro, acompañadas por la musicalidad de sus risas. Desperezándome, me froto los ojos para asegurarme de que no sigo dormido.

Un rocío vaporoso desdibuja la presencia de una barrera a lo lejos y dificulta ver unas figuras humanoides acurrucadas en las copas de los girasoles. Una brisa ligera acaricia mi rostro y susurra al oído antes de partir: —“Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, encontrarás la salida”—. Limpio las gotas de rocío de mi cara y repito en voz baja: —Las corrientes de aire… encontrar la salida…—.

—¡Oh, no! ¡Tenía que haberme ido de los Campos! ¡Qué desastre! ¡Por qué me habré dormido!— me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despierto y consciente de la realidad en la que ahora habito.

Intranquilo, me desentumezco el cuello con las manos mientras descubro fortuitamente una bóveda con una oscura apertura en el centro. Esta, semi oculta tras los vapores del lugar, se contrae y dilata al ritmo de las corrientes de aire, arrastrando la humedad condensada en la atmósfera y haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano. Luego, la brisa la aleja hacia los límites del vergel, dejando un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado bajo mis pies.

El arrullo trae a mi mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas que me abraza llena de felicidad, aunque no consigo recordar el motivo de tanta dicha.

Nuevamente, las risas me sacan de mis pensamientos, reemplazando mi pasado sesgado por la presencia de dos extrañas criaturas que se aproximan. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas, susurrándose entre ellas con zumbidos mientras se tapan las bocas con sus intimidantes manos. Luego, reanudan sus risas y menean sus caderas al ritmo de las mismas, alertando al resto del enjambre de mi presencia.

—Esto me da muy mala espina…— me digo, retrocediendo unos pasos, lo que provoca que las criaturas huyan en direcciones opuestas. Deteniéndose a una distancia prudencial, me observan coordinadamente. Abren sus bocas desmesuradamente y emiten un desagradable y agudo grito sostenido que penetra como agujas en mis tímpanos, haciéndome retorcer de dolor.

Indefenso, pierdo el equilibrio y caigo al vacío, comprendiendo al instante que estaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Extiendo mis brazos desesperadamente para agarrarme a lo que sea posible.

Afortunadamente, consigo aferrarme a una de las enormes hojas, que se pliega por mi peso y me deposita sano y salvo en un suelo irregular cubierto de raíces agresivas que se disputan el espacio.

Tan pronto como toco el suelo, salgo corriendo como alma que lleva el diablo, sin rumbo definido, entre tallos gigantes. Abriéndome paso torpemente entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural, mientras sobre mi cabeza, a gran altura, el crujir de los tallos y el nervioso revoloteo de las criaturas acompañan mi huida.

Tardo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan y el suelo cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos se eleva en una pendiente ascendente hacia una zona más verde donde se aprecia claramente el nacimiento de la cúpula.

Subo la pendiente con cautela y al final encuentro una explanada cubierta de margaritas de tamaño natural. Un descanso para los sentidos después de tanta anormalidad. Me deleito mirando las flores hasta detenerme en una figura tumbada junto a ellas. Me apresuro a terminar mi ascenso para ir a su encuentro.

A poca distancia, me detengo en seco al comprobar que se trata de una de las criaturas aladas que he estado eludiendo. Aparentemente abatida y vulnerable, desconfío. Me aproximo midiendo cada uno de mis movimientos y, al estar junto a ella, noto que está de parto.

Al verme, se sobresalta, hablándome en una lengua incomprensible y agitando los brazos para que me vaya.

—Tranquila, no voy a hacerte daño— digo rápidamente —¿Necesitas ayuda?— insisto.

Aterrada, me mira como si hubiera profanado un ritual. Dudo, sin saber si irme o quedarme. Ella, aprovechando mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con su grito, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero no se rinde.

Asumiendo que no soy bienvenido, empiezo a alejarme con la sensación de no estar haciendo lo correcto. —Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera— pienso, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecerme, se abalanza sobre mí a la velocidad del rayo. No hunde sus garras en mi piel por milímetros, porque otra criatura de su especie, surgida de la nada, se interpone y le asesta incontables zarpazos en mitad de la embestida. Mi atacante, sin amedrentarse, le devuelve el ataque con saña. Ambas se enzarzan en una lucha sangrienta. Paralizado por el miedo, no sé dónde ponerme para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.

En medio del combate, la embarazada expulsa un huevo que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Corro tras él con la intención de protegerlo. Cuando lo alcanzo, ya ha eclosionado y un bebé albino de aspecto humanoide yace inerte sobre la vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me detengo, porque su cuerpo comienza a convulsionar y crece hasta alcanzar la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo, alucinado, y de repente, una de las combatientes me aparta bruscamente. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente y le rompe el cuello.

Abandonándolo sin más, se vuelve hacia mí y grita: —¡Te dije que salieras de los Campos! ¿Así cómo voy a ayudarte?— ¡¿Ébano?!…— pregunto, sorprendido. —¡Sígueme!— ordena, echándose a andar. La sigo sin rechistar, reprimiendo el impulso de comprobar si queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen a nuestros pies.

Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto silencio.

Frente al muro, que se eleva diluyéndose con los vapores de la atmósfera, veo maravillado una sucesión de monumentales esculturas en alto relieve.

Ébano alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella y encontramos un enorme portal gótico en la entrepierna de la estatua, relleno de una sustancia líquida que desciende a modo de cascada.

Mi compañera, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: —No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…

Llegué aquí del mismo modo que tú. Desperté en el corazón del reino de las Melíferas. Me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo aquí que apenas recuerdo de dónde vengo.

Este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.

De repente, se acerca al portal y toca su superficie, haciendo nacer ondas que desaparecen al fundirse con el contorno gótico.

—¿Por qué los mataste?— me atrevo a preguntar.

—Solo la Reina Madre puede engendrar— responde despreocupada, sin dejar de jugar con el portal.

Se aproxima a mí sin dejar de mirarme, me besa en los labios y me indica el portal, haciendo brotar sus alas. —Esa es la salida— comenta antes de alejarse.

Sin mediar palabra, me aproximo al portal, hundo mi mano en sus aguas y soy absorbido en un parpadeo.

Procesando…
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Allí Donde Nacen Los Sueños 3.º

Capítulo 3

La Brecha

Oscuridad, fría y silenciosa, plagada de estrellas. Escasos pigmentos gaseosos, diseminados y distantes, añaden un leve toque de color a esta nebulosidad desabrida. Una armonía primigenia, en la que el único cambio perceptible lo provoca la intrusión de algún cometa ocasional. Salvo hoy, cuando una súbita sacudida en la membrana del espacio profundo profana este lienzo ancestral, dando lugar a la repentina aparición de una barcaza estelar.

Nébula-578, en su ronda número 7499, ralentiza su marcha imponente. Ajusta, con precisión matemática, la velocidad de crucero a las nuevas e inhóspitas corrientes espaciales. Mientras tanto, los tripulantes, ajenos a su meticuloso ritual de recopilación y transmisión de datos, viajan dormidos en sus cápsulas de animación suspendida.

Tras adaptarse rápidamente al nuevo entorno, la nave se centra en realizar varias tareas rutinarias en el cuadrante. Unas horas más tarde, localiza un potente destello en una coordenada donde supuestamente no debería haber nada. Siguiendo los protocolos establecidos, reconfigura los controles de navegación y se dirige hacia la supuesta anomalía.

En breve, avista una enorme brecha en el espacio, de la que emanan incontables rayos electromagnéticos. Sin detener su marcha, activa el código de reanimación en las cápsulas de criogenización. Luego amplía al máximo su escáner, haciendo un barrido más detallado de la escena, detectando algunos cuerpos inertes que se cruzan en la trayectoria de los rayos.

Ya próxima al suceso, constata que esos cuerpos son naves abatidas. Activa las alarmas e invierte los propulsores para detener su avance, pero no lo consigue. Incrementa a demanda la potencia de los reactores de tracción, mientras en los paneles de la cabina de mando se encienden un centenar de luces rojas, alertando una peligrosa subida de los niveles de radiación. Las cápsulas de los tripulantes se abren por pares, siguiendo un orden cronológico en paralelo, como si los hechos que acontecen no las afectarán en absoluto.

Con los reactores a plena potencia, la barcaza estelar comienza a vibrar violentamente, evidenciando que el arrastre gravitatorio de la brecha la supera. Aun así, persiste en su empeño, cruzando el límite de sus capacidades en un acto de heroísmo impropio de una máquina, redirigiendo toda la energía existente hacia los propulsores. Pero estos, incapaces de soportar más, explotan generando enormes grietas en su casco. El frío espacial no duda en penetrar, petrificando a los tripulantes, que se despertaban del letargo en mitad de su proceso de reanimación.

Por azar del destino, una de las cápsulas no llega a abrirse. En ella, una testigo muda no da crédito a sus ojos: “¿Será verdad lo que estoy viendo o es una ensoñación?”, se pregunta sobresaltada.

La nave, a pesar de sus numerosas probabilidades para hacer frente a estos imprevistos, se ve colapsada por el exceso y la rapidez de los mismos. El frío espacial, ahora asentado en sus placas y procesadores, merma sus capacidades, impidiéndole detectar las señales de vida procedentes de la única cápsula intacta.

La Oficial Científica, Eva.M52, atrapada en su interior, se afana en teclear una serie de códigos en la pantalla táctil situada en la tapa de su cápsula. Desesperada, intenta acceder al ordenador central para liberarse, pero este no responde. Impotente, se deja llevar por un ataque de histeria que la hace gritar, patalear, llorar y finalmente reír con ironía; recordando, con lágrimas en sus mejillas, cuánto deseaba en la Academia Espacial vivir situaciones límite como esta en el espacio profundo.

Nébula-578, irreversiblemente dañada, envía mensajes de ayuda en todas las frecuencias hasta ser alcanzada por uno de los tentáculos electromagnéticos de la brecha, sumándola al instante al conjunto de cuerpos inertes adheridos a la telaraña encendida de este tétrico cementerio espacial.

Eva siente descender los generadores de energía de la nave. El silencio y la oscuridad sepulcral que les siguen encogen su alma. Viéndose perdida, se deja abrazar por la resignación. Suspira angustiada y acaricia con suavidad su vientre, lamentando enormemente que la vida concebida en él se vea truncada de esta manera.

Así pues, pasa sus últimas horas de lenta agonía hablando con su hijo no nacido. Le cuenta, con ternura, todas las cosas que podrían haber hecho juntos, lo feliz que podría haber sido y lo mucho que le entristece haberle expuesto a estos peligros. Cuando ya no tiene nada más que decir, tararea una nana hasta quedarse aletargada.

Siente que se le va la vida. Pero antes de que sus ojos vidriosos se apaguen, ve, a través del cristal de su cápsula, una forma borrosa que se le aproxima.

Demasiado sedada para cuestionar nada, oye una voz en su cabeza que le dice: “¡No queda tiempo! ¿Quieres venir conmigo?” “¿Qué sentido tiene? Si abres la cápsula, moriré igualmente”, piensa ella. “Sentí tu dolor. He hecho un gran esfuerzo plegando el plano de la realidad para llegar a ti. En segundos seré reclamado por mi lugar de origen. ¡Decide! ¿Quieres venir conmigo?”, apremia. “¿Y mi hijo? ¿Qué será de la criatura que crece en mí?”, interroga sin gesticular palabra. “¡No hay tiempo!”, persiste en apurar la voz en su mente.

Un tenso silencio expectante la abruma. Duda, ama a su hijo, quiere vivir. Finalmente, ruega: “¡Sí! ¡Por favor! ¡Sí! ¡Sácame de aquí!”

Acto seguido, siente que la cogen de la mano y un poderoso remolino los arrastra a una velocidad vertiginosa por un túnel de luz cegadora. Apenas puede girar la cara para ver quién o qué la guía en este viaje. Solo puede mirar atrás y ver cómo la nave se pierde en un círculo negro que disminuye hasta desaparecer. Se percata, entonces, de una pequeña figura que les sigue a cierta distancia.

Unos ligeros tirones en el ombligo le hacen mirar y descubrir que de él brota una cuerda dorada y transparente que se extiende hacia la figura. Su instinto le dice que ha abandonado su cuerpo y que el alma de su hijo es la que les sigue, enlazada al otro lado de la cuerda. Desbordada por la alegría, usa la mano que le queda libre para ir enrollando la cuerda en su muñeca, con la esperanza de atraerlo hacia ella lo máximo posible. Pero repentinamente, la cuerda desaparece llevándose al niño con ella. “¡NOOOO!”, grita quedando en estado de shock. Pero el ser que la transporta, indiferente, no detiene su marcha.

Procesando…
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Allí Donde Nacen Los Sueños 2.º

Capítulo 2

La Criatura Oscura

Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapultan al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la sien y pienso: “¡Uf! ¡Qué pesadilla!”.

Tardo unos segundos en estabilizarme. Alzo la mirada, incapaz de enfocar nada, y me detengo en un par de pupilas rojas que me observan fijamente.

Retrocedo de inmediato al ver una extraña criatura arrodillada frente a mí, con un paisaje exuberante de fondo.

—¿Quién eres? —balbuceo sin obtener respuesta.

Inalterable, aparta su larga melena verde con una mano de dedos afilados, dejando al descubierto un semblante negro en el que apenas se distinguen los rasgos.

—¿Hablas mi idioma? —pregunto, intentando entablar comunicación.

Sonríe, mostrando unos dientes blancos como el marfil y un par de colmillos afilados. Con la extraña certeza de haberla visto antes, continúo intentando limar asperezas.

—¿Me has besado? ¿Por qué lo hiciste?

Sus pupilas centellean y, sin perder la sonrisa, responde con una voz metálica:

—¿No te ha gustado?

Yo no respondo. La estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando su incomodidad. Avergonzado, desvío la mirada y pregunto con aspereza:

—¿Qué eres?

Con una sonrisa pícara, acerca sus labios a los míos y susurra:

—Soy lo que tú quieras que sea. —Se aleja con una risa burlona, dejando un embriagador aroma a flores silvestres.

Abatido por los insólitos acontecimientos, guardo cautela. No percibo hostilidad en la criatura, aunque todo en ella sugiere que es un depredador. Pienso que quizá solo esté jugando conmigo antes de atacarme.

Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa con compasión y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía:

—No soy una amenaza para ti, si es eso lo que te preocupa.

Es evidente que capta mi miedo, pero no se aprovecha de ello.

—No, no es eso —digo apresuradamente—. Estoy desorientado. ¿Dónde me encuentro?

—Te hallas en el Nexus, la fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de tránsito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo.

Me cuesta entender lo que dice. Una migraña insoportable me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia.

—¡No consigo recordar nada! —protesto atolondrado.

—No recuerdas nada porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vacío de tu vida anterior —me explica con calma.

—¡¿Estoy muerto?! —grito asustado.

—Quizá sí o quizá no, es difícil saberlo —añade.

—¡¿Pero qué clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto o no lo estoy! ¡No hay término medio! —respondo alterado.

La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los párpados caídos, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición y me pregunta:

—¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?

Un incómodo silencio surge entre los dos. Suspiro, pasándome la mano por la cabeza. Observo su delgadez y su mediana estatura, y me percato de la feminidad de sus formas. Desde el principio intuí que la criatura era hembra, aunque su torso plano sin pechos me hizo dudar. Incluso pensé que quizá solo fuera una niña, pero las curvas de su cuerpo descartaron esa teoría. Al margen de su aspecto sobrenatural, debo admitir que es hermosa y parece preocupada por mí. Este razonamiento me hace sentir mal por haber reaccionado de forma tan descortés. Así que tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa:

—Lo siento, no pude evitar sentir pánico. La idea de estar muerto no es precisamente reconfortante.

Su rostro se ilumina, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento:

—¿Cómo te llamas? —pregunto, sonriendo.

—Ébano —declara con orgullo.

Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya, el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un flujo de imágenes confusas en mi mente, posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado:

—¡Estás en mi mente! El recuerdo se muestra turbio, como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú. En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé qué significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.

Ella vuelve a reír.

—No hay mucho que entender —comenta mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se despliegan en un entramado perfecto, formando dos enormes alas similares a hojas de parra.

Me quedo perplejo.

—¡Tú no puedes existir! —exclamo.

—¿Por qué no? —replica ella, frunciendo el ceño.

—¡Porque eres producto de mi imaginación! —sentencio, convencido.

—Soy algo más que eso —masculla molesta.

—¡Debo estar soñando! Creía haber despertado de la pesadilla, pero sigo atrapado en ella. ¿Qué me está pasando? —me lamento en voz alta.

—No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estás aquí y eso debería bastarte. Sé que no sirve de consuelo, pero has de admitir que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa te queda? Ya habrá tiempo para plantearse otras cuestiones. Dime, ¿qué recuerdas?

A pesar de no estar en mi mejor momento, noto que sus palabras encierran contradicciones. Además, su voz ha dejado de ser metálica a medida que se ha desinhibido, sorprendiéndome con una refrescante tonalidad femenina.

—No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.

—¿Estás seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria, ¿cómo puedes recordarme? —Calla, me analiza y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue—: Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida.

Sus palabras me alarman.

—¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas? —pregunto con el corazón en un puño.

—¡No me estás escuchando! —me reprocha.

—¡Es que no vas a ayudarme! —pregunto desesperado, sin entender por qué me siento tan vulnerable.

—¡Ya te he ayudado! —responde, clavándome la mirada.

—¿Qué quieres decir? —insisto.

—¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! —aclara, desviando la mirada con gesto incómodo.

El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir:

—No fue un mal sueño…

La criatura se pone en pie, y si quedaba alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos, bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez y, asintiendo con la cabeza, recalca:

—Sí, todo fue real.

Aunque debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!

—¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! —me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal.

La veo desaparecer en el horizonte, y me desplomo de espaldas sobre el lecho de musgo dorado, sin oponer resistencia al sopor que me embarga.

Oscuridad, solo veo oscuridad…

Procesando…
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Allí Donde Nacen Los Sueños 1.º

Capítulo 1

El Despertar

Oscuridad. Allí donde miro, solo veo oscuridad. Como si un inmenso y tupido manto lo cubriera todo. Envuelto en él, intento desplazarme a tientas, buscar algo que me aporte estabilidad. No siento el suelo bajo mis pies. Pataleo en vano, consumiendo tiempo y energía sin obtener nada. No sé dónde me encuentro ni cómo he llegado aquí. Floto a la deriva en un espacio vacío, sin luz ni calor, con una resistencia similar a la del agua. A pesar de mi malestar, respiro, lo que me indica que no estoy sumergido, aunque parece que sí.

Suspendido en el vacío, oigo susurros que inducen al sosiego. Un macabro arrullo en los oídos de este insecto atrapado en un jugo dulzón, bajo cuya superficie se esconde una naturaleza cruel.

Los susurros se vuelven voces que me invitan a cerrar los ojos y sumergirme en el olvido. Aunque la sugerencia es atractiva, no me persuaden. Contrariadas ante mi firmeza, las voces se sincronizan y aumentan el tono.

Mi corazón se acelera. Siento sus latidos golpear con fuerza contra mi pecho. Me cuesta respirar. ¡Necesito salir de aquí! Con los ojos desorbitados, escudriño el vacío y, consciente de la futilidad de mis intentos, reanudo mi pataleo hasta perder la noción del tiempo.

A punto de desfallecer, mi olvidado sentido del tacto me transmite la certeza de haber rozado algo. Esa nimiedad reaviva en mí la chispa de la esperanza.

Procurando mantener la calma, cambio de estrategia. Abandono las pataletas y me desplazo con lentitud, como si nadara contra corriente.

La ausencia de luz y el entorno insólito entorpecen mi incursión. A pesar de ello, sigo avanzando hasta colisionar con una barrera. Extiendo el brazo y palpo con timidez su superficie, blanda, rugosa y cálida. Intuyo que es de materia orgánica, lo cual me perturba.

Curiosamente, las voces cambian de actitud y se tornan imperativas. Ajeno a sus apremios, me deslizo paralelamente a la barrera, esperando hallar alguna grieta que me libere.

Sumido en este periplo, buceo cauteloso procurando eludir la densidad de la sustancia que parece aumentar. No es que el líquido se esté condensando; simplemente me fallan las fuerzas.

Con el tiempo, me percato de que la barrera parece no tener fin. Quizá esté dando vueltas en círculo, pero no puedo saberlo con certeza.

Las voces se tornan en gritos frenéticos y ensordecedores que pasan del acoso verbal a la intimidación. Siento la necesidad de taparme los oídos, pero es inútil, como si los gritos brotaran de mi cerebro.

—¿Por qué reaccionan así?—

—¿Tal vez esté cerca de la salida?—

Mis cavilaciones se interrumpen por un dolor agudo en el pecho que me paraliza y me hace perder la conciencia. Siento un descenso, y la algarabía de gritos disminuye, dando paso al silencio. Fundido con la nada, el dolor desaparece, la respiración se detiene y la luz de mis ojos se apaga. El silencio y la ausencia de sensaciones parecen frenar el tiempo. Mi cuerpo inerte flota a la deriva en esta oscuridad.

Del silencio brota una voz nueva, suave y dulce:

—Tranquilo. Todo va a salir bien.—

Con el eco de esas palabras vuelvo en mí lentamente. Abro los párpados y… ¡La oscuridad sigue ahí!

De repente, todo se acelera. Me bombardean imágenes de mi pasado más inmediato, dejándome en el mismo lugar en el que me hallaba antes de desvanecerme, pero ahora las barreras se ciernen sobre mí.

Al perder la conciencia, el oscuro paraje menguó hasta retenerme en una burbuja que sigue disminuyendo el espacio a mi alrededor.

El pánico se apodera de mí. Apoyo brazos y piernas en las paredes con la ingenua intención de detenerlas. Mis miembros se hunden en su superficie como si fuera de goma. Esta elasticidad me sobrecoge. La membrana que me envuelve acelera su contracción con la intensidad de mis estímulos.

No consigo mantenerme erguido. Flexiono las piernas y presiono con manos y codos, pero solo acabo de rodillas, sin que la esfera deje de menguar.

Tras incontables intentos fallidos, termino en posición fetal, completamente aprisionado. Quiero gritar, pero el pánico y la falta de espacio me lo impiden. La membrana elástica y carnosa está tan pegada a mí que parece que somos una sola cosa.

Como una anaconda, ciñe el envoltorio hasta no poder más. Los codos se me clavan en las costillas, la caja torácica se resiente y los pulmones pierden espacio. La presión alcanza límites insospechados.

—¡Debe haber un modo de salir de aquí!—

Los huesos comienzan a crujir, armonizando este espectáculo macabro. Estoy agotado y aturdido. Un sonido seco en mi nuca anuncia el golpe de gracia. Se repite el estado de paz interior. Vuelvo a caer en el pozo sin fondo e imploro:

—¡Déjenme morir!—

Milagrosamente, después de haberlo deseado y perdido toda esperanza, diviso una luz distante, minúscula, parecida a una estrella. A pesar de la lejanía, su tracción gravitatoria me atrapa y me atrae hacia ella.

La situación acelera mi caída libre, ganando velocidad a medida que el vacío que me separa de esa luz disminuye. Dejando tras de mí una estela de vida sin vivir que se desintegra.

La luz minúscula crece y se convierte en un sol descomunal. Su luz cegadora emite ondas cálidas que reconfortan mi cuerpo erosionado por las tinieblas.

Atrás queda un punto oscuro del que nada quiero saber. Ante mí, un nuevo horizonte se materializa en un agujero de luz tan poderosa que atraviesa mis párpados, obligándome a apartar la cara.

Poco o nada puedo decir. Los acontecimientos se desarrollan a demasiada velocidad. Ese remolino de luz incandescente se abre como una boca gigante que me engulle con la mayor de las simplezas.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.